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sobre Casas de Don Pedro
Puerta de entrada a la Siberia Extremeña; municipio agrícola y ganadero cerca del río Guadiana y zonas de pesca
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A esa hora en que el sol todavía no calienta, el agua del embalse de García de Sola parece una lámina gris azulada. Huele a pino húmedo y a tierra fría. De vez en cuando se oye el batir de alas de una cigüeña o el crujido de grava bajo las botas. El día empieza despacio en esta parte de Casas de Don Pedro, en la comarca de La Siberia, donde el agua y la dehesa mandan más que cualquier reloj.
El pueblo ronda hoy algo más de mil trescientos habitantes. Calles rectas, fachadas blancas que reflejan la luz dura del mediodía y persianas que se bajan cuando llega el calor. Nada busca llamar la atención.
El centro del pueblo, a media mañana
La iglesia de San Sebastián aparece en uno de los lados de la plaza. Es un edificio sobrio, de muros claros y sombra corta cuando el sol está alto. Alrededor hay bancos de piedra donde la gente se sienta un rato antes de seguir con la compra o el paseo.
A media mañana la plaza tiene movimiento tranquilo. Puertas abiertas, alguna conversación que se escapa hacia la calle, el sonido metálico de una persiana subiendo. Las casas mantienen ese aire práctico de los pueblos de la zona: rejas negras, patios interiores y macetas que solo se ven si la puerta queda entreabierta.
El camino hacia el embalse
Desde el pueblo se llega al embalse de García de Sola en pocos minutos en coche. El paisaje cambia rápido. Aparecen pinares, caminos de tierra y claros desde los que el agua se abre como un espejo largo.
En días despejados se ven aves sobre las orillas tranquilas. Cigüeñas, garzas y otras que se quedan quietas entre los juncos. Unos prismáticos ayudan, porque muchas veces están lejos y el silencio engaña: parece que no hay nada hasta que algo se mueve.
Conviene mirar el estado de los caminos si ha llovido. Algunas pistas de tierra se ablandan y no siempre hay señales claras.
Pasear junto al agua
Hay senderos sencillos cerca de la orilla. No tienen grandes desniveles. La tierra suele ser rojiza y el pinar da sombra en algunos tramos, aunque no en todos.
Caminar aquí tiene algo repetitivo y agradable: agua quieta a un lado, monte bajo al otro, y el viento moviendo las copas de los pinos. A ratos se oyen motores lejanos de barcas o el chapoteo de algún pez.
La pesca mantiene cierta tradición en el embalse. Carpas y black‑bass aparecen con frecuencia en conversaciones de quienes pasan la tarde junto al agua, siempre con los permisos correspondientes.
Días de fiesta en el pueblo
En agosto suelen celebrarse las fiestas patronales. Las calles cambian un poco: luces, música que llega desde la plaza y grupos de vecinos charlando hasta tarde cuando baja la temperatura.
La Semana Santa se vive de forma más contenida. Las procesiones recorren calles estrechas y el sonido de los pasos se mezcla con el eco de las paredes blancas.
En mayo aparecen las cruces adornadas en algunos patios y rincones. Es una tradición que todavía se mantiene en varias casas.
Cuándo ir y cómo moverse
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por la zona. La luz es más suave y el campo tiene color. En verano el calor aprieta pronto; si se quiere pasear conviene hacerlo temprano o esperar a última hora de la tarde.
En invierno pueden aparecer nieblas cerca del agua y el aire se vuelve frío, sobre todo cuando sopla viento desde el embalse.
Se llega por carretera desde Villanueva de la Serena o desde la zona de Herrera del Duque. Una vez en el pueblo, lo más práctico es moverse en coche para acercarse al embalse y a los caminos de alrededor. Las distancias no son grandes, pero el sol cae fuerte en muchas horas del día.
Casas de Don Pedro se entiende mejor así: un paseo corto por las calles, luego el horizonte ancho del agua y del pinar. El mismo silencio del principio del día vuelve al caer la tarde. Cambia la luz, nada más.