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sobre Orellana la Vieja
Famosa por su Costa Dulce y playa con Bandera Azul; destino turístico de primer orden para deportes náuticos y pesca
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El agua del embalse lame las piedras de la orilla con un sonido distinto al del mar: más pausado, casi blando. Es lo primero que notas al acercarte a Orellana la Vieja por la carretera comarcal, cuando el pueblo aparece entre encinas y los tejados de teja roja se amontonan contra el cerro. Desde arriba, antes de entrar, da la sensación de que las casas bajan en pendiente hacia el agua pero se quedan a medio camino, como si prefirieran mirarla de lejos.
El agua que lo cambió todo
Orellana la Vieja vive de frente al embalse. No siempre fue así. Hasta mediados del siglo XX aquí había dehesas, pequeñas huertas y caminos que hoy están bajo el agua. Cuando se levantó la presa, el paisaje cambió por completo y el pueblo quedó mirando a un horizonte nuevo, ancho y azul en los días claros.
En primavera la luz rebota en la superficie del embalse con una intensidad que obliga a entrecerrar los ojos. Cerca de la orilla se oyen chapoteos de carpas y el roce de las cañas de pescar al colocarlas en el suelo. A primera hora de la mañana todavía queda olor a tierra húmeda y tomillo aplastado bajo las botas. Algunos vecinos siguen viniendo a pescar a esas horas tranquilas, cuando apenas sopla aire y el agua parece una lámina de vidrio.
El castillo sobre el cerro
Las calles suben hacia el castillo con pendientes que se notan en las piernas. En algunos tramos aún queda empedrado antiguo, irregular, de esos que obligan a caminar despacio y mirando al suelo.
Arriba está el Castillo‑Palacio de los Altamirano, levantado en el siglo XIV y hoy protegido como patrimonio histórico. Desde las murallas el embalse ocupa casi todo el campo de visión. En los días de calma el agua se queda completamente lisa y el cielo se refleja con un tono gris azulado muy limpio.
Por la tarde las piedras del castillo guardan el calor del sol. Si te apoyas en ellas todavía están tibias. A veces se oye el chillido de alguna grajilla que anida entre las grietas y poco más; el viento suele ser lo único que rompe el silencio.
Cuando el pueblo sale a la calle
Hay momentos del año en que Orellana cambia de ritmo. Uno de los más conocidos es La Enramá, que suele celebrarse en torno a la Pascua. Los vecinos cubren algunas calles con ramas de olivo y eucalipto, formando túneles verdes bajo los que pasa la procesión. El olor es fuerte, fresco, y se queda pegado en la ropa.
En verano la plaza Mayor se llena por la noche. Las sillas salen a la calle, los niños corren entre mesas y la conversación se alarga hasta tarde porque el calor del día tarda en marcharse. Desde algunos puntos altos del pueblo se ven las luces reflejadas en el embalse, muy quietas cuando no sopla viento.
También suele celebrarse una procesión vinculada a la Virgen del Carmen en la que varias barcas acompañan a la imagen por el agua, algo que aquí tiene sentido porque el embalse forma parte de la vida diaria del pueblo.
Caminos junto al embalse
En los alrededores hay varios senderos que bordean el agua o se internan en pequeñas manchas de pinar y matorral mediterráneo. Cuando el nivel del embalse está alto, algunas penínsulas quedan rodeadas casi por completo y el paisaje cambia bastante respecto a los meses secos.
Caminando un rato aparecen zonas tranquilas donde apenas llega el ruido del pueblo: juncos, alguna garza levantando el vuelo y el sonido constante de las ranas cuando cae la tarde. En marzo y abril el suelo se llena de romero y otras aromáticas en flor, y el aire tiene ese olor dulce que traen las abejas trabajando alrededor.
Conviene llevar agua y protección para el sol si vas a caminar por aquí. La sombra no siempre abunda y en verano el calor aprieta desde media mañana.
Lo que se come en las casas
Los huevos embizcochados son uno de esos platos que aparecen en muchas mesas del pueblo. Se preparan con pan asentado, pimientos secos y tocino de papada, todo ligado con huevo. El resultado es contundente, de los que piden pan al lado.
En invierno se ven mucho las sopas de pimiento y tomate, servidas muy calientes en cuencos de barro. Encima se rompe un huevo que se cuaja con el propio calor del caldo.
Para el desayuno son habituales los bollos dormíos, dulces planos con aroma de anís que suelen mojarse en café con leche mientras la mañana todavía está fresca.
Cómo y cuándo acercarse
La primavera suele ser el momento más agradecido para conocer Orellana la Vieja. El embalse acostumbra a tener buen nivel, los caminos están verdes y la temperatura permite caminar sin el calor duro del verano.
En agosto el ambiente cambia bastante porque llegan muchos veraneantes y segundas residencias se llenan. El pueblo tiene más movimiento y más ruido por la noche.
Si vienes en coche, lo más cómodo suele ser dejarlo en la parte alta y seguir a pie. Las calles del centro son estrechas y con pendientes, y el empedrado no siempre se lleva bien con los coches bajos.
Al marcharte, cuando subes de nuevo hacia la carretera, el embalse queda un momento entero en el retrovisor. Un azul ancho que parece quedarse quieto mientras el coche se aleja. Durante unos segundos da la sensación de que el agua sigue ahí, mirando al pueblo desde abajo.