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sobre Talarrubias
Centro de servicios de la Siberia occidental; próximo a los grandes embalses y con ermita de la Virgen Coronada
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Hay un momento, justo cuando sales del pueblo y la carretera se pega al embalse, en que el agua parece un espejo roto. No es poético, es literal: el viento de la sierra parte la superficie en triángulos plateados que se mueven todos a la vez, como si alguien hubiera tirado una moneda a una máquina tragaperras gigante. Ese suele ser el primer síntoma de que has llegado. En el turismo en Talarrubias el agua aparece todo el rato, a veces de frente y a veces de reojo, pero siempre cerca.
El pueblo que compró su libertad
Talarrubias no es de esos lugares que se descubren por casualidad. Está en medio de un mapa lleno de agua: los embalses de Puerto Peña, Orellana, La Serena y Zújar quedan relativamente cerca y cambian bastante el paisaje de la zona. Con tanto azul alrededor, el GPS a veces te hace dar rodeos como si estuvieras buscando aparcar en el casco histórico de una ciudad.
Antes de bajarte del coche conviene saber una historia que aquí se recuerda bastante: en el siglo XVII el pueblo pagó una suma importante para dejar de depender de Puebla de Alcocer. Imagínate la escena: vecinos reuniendo dinero para comprar su propio margen de maniobra. Es una de esas anécdotas que ayudan a entender el carácter del sitio.
La iglesia de Santa Catalina, con su torre barroca levantándose sobre el caserío, domina buena parte del pueblo. Muy cerca está la llamada Casa del Patio, vinculada a un antiguo convento franciscano. El interior conserva una cúpula muy ornamentada que sorprende porque no te la esperas en un edificio tan sobrio por fuera.
Agua por los cuatro costados
Lo de los embalses no es solo paisaje: condiciona bastante la vida alrededor. Puerto Peña, por ejemplo, tiene kilómetros y kilómetros de orilla y cambia mucho según la época del año. En primavera, cuando todavía corre algo de aire y no aprieta el calor, el agua parece un campo de trigo líquido y las garzas se quedan quietas en la orilla como si alguien las hubiera colocado allí.
Por la zona hay recorridos señalizados que mucha gente hace andando o en bici, pensados sobre todo para observar aves. No esperes un parque natural lleno de miradores espectaculares, pero sí ese tipo de paseo tranquilo en el que vas mirando el agua, los juncos y el cielo más que el móvil.
Si vas con niños —o con ganas de chapuzón, que viene a ser lo mismo— cerca del embalse hay una pequeña playa de interior conocida como El Sabinar. Es bastante sencilla: arena, agua y cada uno con su toalla. Algunos días sopla viento y te obliga a sujetar bien la sombrilla. Una vez vi a un hombre correr detrás de la suya con una pala de playa como si estuviera cazando mariposas; nadie sabía muy bien si ayudar o mirar.
Migas, achicorias y el arte de rebañar
La cocina aquí no va de platos ligeros. Las migas serranas aparecen a menudo: pan asentado, ajo, buen aceite y lo que toque acompañar. En algunos bares del pueblo a veces cae una tapa con la bebida, aunque eso cambia según el día y quién esté en la cocina.
Luego están las achicorias fritas, que en la zona se preparan de forma parecida a otras verduras silvestres de Extremadura. Crujen bastante y tienen ese punto amargo que engancha más de lo que parece.
En meses fríos es fácil encontrarse con caldereta de cordero, de las que se comen despacio y con pan al lado. Y para algo dulce, las candelillas: pasta de almendra enrollada que parece un cigarro de chocolate. Consejo rápido: mejor comerlas sentado en una mesa. En el coche suelen acabar deshaciéndose por todas partes.
Fiestas que no suelen salir en los folletos
El carnaval aquí empieza con una tamborrada que suena como si alguien hubiera metido una lavadora dentro de un tambor gigante. Los disfraces muchas veces salen de lo que hay por casa, y esa improvisación tiene bastante gracia. Recuerdo ver a un vecino disfrazado de embalse con una bañera de plástico colgada al cuello.
A principios de mayo, durante la Fiesta de la Cruz, algunas calles se llenan de pequeñas reuniones delante de las casas. La gente saca mesas, algo de comer y bebida. Los mayores se sientan a charlar mientras los niños van y vienen pendientes de los caramelos que a veces caen desde los balcones.
La romería de la Virgen Coronada se celebra hacia septiembre y mueve bastante gente de la zona. Parte del camino se hace andando desde la ermita, aunque siempre hay quien aparece en el último tramo como si llevara caminando toda la mañana. Con el calor que suele hacer por aquí, tampoco seré yo quien juzgue.
Consejo de amigo: un día tranquilo en Talarrubias
Si llegas por la mañana, empieza por el centro del pueblo y acércate a la Fuente Trifón. Es una fuente cubierta, con una especie de bóveda que le da aire de cueva antigua. No es enorme ni espectacular, pero tiene ese punto curioso que hace que te detengas un rato.
Desde allí puedes caminar hacia la zona de la ermita de San Roque por pistas y caminos que salen del pueblo. No es una excursión exigente; más bien un paseo para estirar las piernas y ver cómo el paisaje va abriéndose hacia el agua.
A la hora de comer, lo más sensato es sentarse en el pueblo y pedir algo de cocina local: migas, alguna carne guisada o pescado de embalse preparado en escabeche, que por aquí es bastante habitual.
Por la tarde hay dos planes fáciles. Si aprieta el calor, acercarte al embalse y darte un baño en la zona del Sabinar. Si no, caminar por los alrededores del pueblo, donde hay pequeñas rutas y parajes con cuevas y formaciones de roca que la gente de aquí conoce bien. Algunas tienen restos arqueológicos protegidos, así que se ven desde fuera, tras una reja.
Y al marcharte, cuando el coche vuelva a bordear el agua, es probable que mires por el retrovisor y veas el pueblo en la ladera con la torre de Santa Catalina sobresaliendo. Talarrubias no hace mucho ruido. Pero tiene ese tipo de calma que, cuando te das cuenta, ya te ha convencido para volver otro día.