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sobre Villarta de los Montes
El pueblo más oriental de Badajoz en plena Reserva de la Biosfera; rodeado de bosques y caza mayor
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A primera hora, cuando el sol todavía no aprieta, Villarta de los Montes huele a tierra húmeda y a leña vieja. Algún coche pasa despacio por la calle principal y el sonido rebota en las fachadas encaladas. Este pequeño municipio de La Siberia extremeña —apenas unos cientos de vecinos durante el año— vive con un ritmo tranquilo, marcado más por el campo que por el reloj.
Las calles son cortas y con algo de pendiente. Casas de teja árabe, puertas de madera oscura y macetas que alguien riega temprano. En el centro se levanta la iglesia de San Bartolomé, de aspecto sobrio, con un campanario que apenas sobresale sobre los tejados. No hay grandes recorridos urbanos: en media hora puedes cruzar el pueblo de un lado a otro, pero merece la pena hacerlo despacio, fijándose en los detalles pequeños —las rejas antiguas, las paredes con cal gastada, alguna sombra fresca donde sentarse un momento.
La dehesa alrededor del pueblo
Lo que realmente define Villarta empieza en cuanto sales de las últimas casas. La dehesa se abre en todas direcciones: encinas muy viejas, troncos retorcidos y cercas de piedra que delimitan las fincas. En días tranquilos se escuchan cencerros a bastante distancia, como si el sonido llegara rodando por las lomas.
Los buitres suelen aparecer a media mañana, aprovechando las corrientes de aire caliente. Vuelan alto y despacio. También se habla mucho del lince ibérico en esta parte de La Siberia; verlo es otra cosa, requiere suerte y muchas horas de campo.
En primavera el suelo se llena de hierba y flores bajas. A finales de verano, en cambio, el paisaje se vuelve más seco y el olor cambia: polvo, tomillo aplastado bajo las botas, encina calentada por el sol.
Caminos sin señalizar
Alrededor del pueblo salen varios caminos agrícolas. No están pensados como rutas turísticas ni tienen paneles explicativos; son caminos de trabajo que usan los ganaderos y la gente del campo. Precisamente por eso conservan un aire bastante limpio.
Conviene llevar agua y algo de orientación básica, sobre todo si te alejas del núcleo. El terreno no es complicado, pero las distancias engañan y la sombra escasea en algunos tramos.
Los momentos más agradables suelen ser el amanecer y el final de la tarde, cuando la luz cae de lado sobre las encinas y el paisaje se vuelve más rojizo.
Aves y silencio
La Siberia es conocida entre quienes vienen con prismáticos. En los cielos de la zona se mueven con frecuencia buitres negros y leonados, y en determinadas épocas aparecen especies migratorias que cruzan la península siguiendo estas sierras suaves.
Incluso sin saber de aves, el lugar tiene algo que engancha: largos ratos sin apenas ruido, solo viento entre las ramas y algún animal moviéndose entre la hierba.
Comer como se ha hecho siempre
La cocina local sigue girando alrededor del cerdo y de lo que da la dehesa. En muchas casas se preparan platos sencillos: magro de cerdo, migas cuando refresca o gazpacho en los días de más calor.
En fechas señaladas todavía aparecen dulces tradicionales como perrunillas o pestiños, que suelen hacerse en casa o en hornos de pueblo. Nada sofisticado: recetas antiguas y bastante contundentes.
Fiestas y vida del pueblo
Las fiestas dedicadas a San Bartolomé suelen celebrarse en agosto, cuando regresan muchos vecinos que viven fuera durante el año. El ambiente cambia unos días: verbenas, reuniones en la calle y más movimiento del habitual.
El resto del tiempo, Villarta mantiene un ritmo muy tranquilo, con la vida cotidiana girando alrededor del campo y de las tareas de temporada.
Cómo llegar y cuándo ir
Desde Badajoz hay algo más de 150 kilómetros por carretera, normalmente siguiendo la N‑430 hacia el este antes de desviarse por carreteras secundarias que atraviesan La Siberia. El trayecto se alarga fácilmente más de dos horas, sobre todo en los últimos kilómetros, donde la carretera serpentea entre dehesas.
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradecidos para caminar por la zona. En verano el calor aprieta bastante al mediodía; si vienes en esa época, lo más llevadero es salir temprano y dejar los paseos largos para la tarde.
Villarta de los Montes no tiene grandes reclamos ni pretende tenerlos. Es más bien un lugar para parar, mirar alrededor y entender cómo es la vida en esta parte tranquila de Extremadura, donde el paisaje manda y el tiempo pasa un poco más despacio.