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sobre Sierra de Fuentes
Cercano a la capital; alberga el Centro de Recuperación de Fauna Los Hornos
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Hay un momento, justo cuando dejas atrás Cáceres por la N‑521, en el que el paisaje empieza a cambiar el paso. Las gasolineras se espacian, desaparecen los carteles de urbanizaciones y de pronto estás rodeado de dehesa. Encinas, tierra abierta y ese silencio que en ciudad ya casi no recordamos. Ese momento suele coincidir con Sierra de Fuentes. Un pueblo que, si no sabes que está ahí, te lo pasas de largo. Y quizá por eso sigue teniendo ese aire de sitio que funciona a su ritmo.
El pueblo que se esconde a 11 kilómetros de Cáceres
Sierra de Fuentes es como ese compañero de trabajo que llevas años viendo todos los días y un día descubres algo que no sabías de él. Lleva toda la vida a tiro de piedra de Cáceres —apenas unos kilómetros— y aun así mucha gente de fuera no lo ubica en el mapa.
Aquí viven algo más de dos mil personas repartidas en varios barrios: El Risco, El Llano, La Mosca… nombres muy de la zona, de los que nacen más de cómo se habla que de un despacho.
Si te paras a mirar con calma, empiezan a salir detalles. La iglesia de Nuestra Señora de los Remedios, por ejemplo, tiene una torre que llama la atención porque está levantada sobre una roca. Es del siglo XVI y domina el pueblo desde arriba. Desde esa zona alta, cuando el día está claro, se abre bastante la vista hacia la vega del Almonte y el campo que rodea la localidad.
Cuando las piedras cuentan historias
La historia del lugar es larga, como pasa en muchos pueblos de los alrededores de Cáceres. Por la zona hubo presencia romana y más tarde distintos asentamientos a lo largo de la Edad Media. Después de la Reconquista, según cuentan las crónicas locales, se favoreció la llegada de pobladores ofreciendo tierras y ciertas facilidades para instalarse aquí.
De esa mezcla salieron muchas de las casas que todavía se ven en el casco urbano: muros de piedra de la sierra, encalados en algunos tramos, y calles que suben y bajan sin demasiada lógica urbanística. Más bien siguen el terreno.
El punto más alto del término es el Risco, con unos 660 metros de altura. No es una subida seria, pero sí lo suficiente para abrir el apetito si decides acercarte caminando. Por los alrededores también hay varias fuentes naturales —de ahí el nombre del pueblo— que tradicionalmente han sido puntos de agua para vecinos y ganado.
Las fiestas que devuelven al pueblo a los que se fueron
El 15 de mayo se celebra San Isidro y aquí todavía se mantiene ese vínculo con el campo. Hay romería, procesión y muchas familias pasan el día fuera del casco urbano, en el entorno de la sierra o en parcelas cercanas. También aparecen los tractores, que en estas fiestas forman casi parte del paisaje.
Pero cuando más gente vuelve al pueblo suele ser en septiembre, con las celebraciones del Santísimo Cristo del Risco. Es el momento en que regresan familiares que viven fuera y las calles se llenan bastante más de lo habitual. Cuadrillas, música, reuniones largas… ese ambiente de reencuentro que en los pueblos pequeños se nota enseguida.
Lo que notas cuando pasas unas horas aquí
Si vienes en primavera es difícil no fijarse en las cigüeñas. Hay muchas. Anidan en torres, postes, tejados… y el sonido de los picos golpeando —ese clac‑clac tan suyo— acaba formando parte del ruido de fondo del pueblo.
Sierra de Fuentes no gira alrededor de un gran monumento ni de un sitio concreto al que vaya todo el mundo. Es más bien un pueblo que sigue con su vida diaria. Gente que entra y sale de casa, conversaciones en la calle, coches aparcados donde cabe uno más.
Mi consejo: ven una mañana tranquila, da una vuelta sin rumbo por las calles que suben hacia la zona del Risco y luego baja hacia la parte más llana del pueblo. Si te cruzas con alguien mayor y le preguntas por el tiempo, es muy probable que te dé una explicación bastante más detallada que cualquier aplicación del móvil.
No es un lugar que te deje boquiabierto. Es más bien de esos sitios donde, después de un rato, notas que vas bajando el ritmo casi sin darte cuenta. Y eso, a once kilómetros de una ciudad como Cáceres, tiene su mérito.