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sobre Montemolín
Pueblo histórico con castillo árabe y cuna de la Orden de Santiago en la zona; incluye las pedanías de Pallares y Santa María
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Montemolín es de esos pueblos que no intentan impresionarte a la primera. Me recuerda a cuando entras en casa de alguien mayor del pueblo: todo parece tranquilo, incluso un poco silencioso, pero en cuanto te fijas empiezan a aparecer detalles por todas partes. En el caso del turismo en Montemolín, la gracia está justo ahí: en caminar sin prisa y dejar que el lugar se explique solo.
Tiene algo más de mil habitantes y se levanta a unos 600 metros de altura, en plena comarca de Tentudía. No es un sitio montado para el visitante. Aquí la vida sigue su ritmo normal: gente que se saluda en la calle, coches que pasan despacio por las cuestas y plazas donde siempre hay alguien sentado charlando. Si vienes esperando espectáculo, quizá te parezca tranquilo de más. Si te gusta observar cómo funcionan los pueblos de verdad, entonces la cosa cambia.
La historia en cada pared
Al caminar por el casco antiguo empiezas a ver pistas de lo que ha pasado aquí durante siglos. Algunas casas conservan escudos en las fachadas, otras tienen esas ventanas pequeñas con rejas de hierro que parecen hechas para el verano extremeño: poca luz directa y mucha sombra.
La iglesia de Nuestra Señora de la Consolación ocupa uno de los puntos centrales del pueblo. Es de esas iglesias sólidas, de pueblo grande de la zona, sin demasiados adornos por fuera. Por dentro mantiene ese ambiente tranquilo que suelen tener los templos donde la gente sigue entrando a diario, no solo cuando llegan visitantes.
A cierta distancia está el monasterio de Tentudía, en la sierra. Mucha gente que pasa por la comarca sube hasta allí por las vistas y por la historia que arrastra el lugar desde la Edad Media. Desde arriba se entiende bastante bien cómo es este territorio: sierras suaves, dehesas y pueblos separados por bastantes kilómetros de campo.
En el centro de Montemolín la plaza sigue funcionando como punto de reunión. No tiene nada grandilocuente, pero basta sentarse un rato para ver cómo pasa el día: alguien que cruza con bolsas, un grupo hablando en un banco, el sonido de alguna puerta que se abre.
Y en cuanto sales un poco del núcleo urbano aparece la dehesa. Encinas bastante espaciadas, ganado moviéndose despacio y caminos de tierra que parecen hechos para caminar sin mirar el reloj.
Caminos para recorrer a paso lento
Desde Montemolín salen varios caminos rurales que conectan con el paisaje típico del sur de Badajoz. No esperes grandes infraestructuras ni rutas muy preparadas. Aquí lo habitual es tirar por pistas agrícolas o senderos que los vecinos llevan usando toda la vida.
La subida hacia la sierra de Tentudía es la caminata más clara si te gusta andar. Tiene pendiente en algunos tramos, así que conviene tomárselo con calma. A cambio, cuando ganas altura el paisaje se abre bastante: dehesa, pequeñas lomas y esa sensación de amplitud que tienen estas zonas de Extremadura.
Si vas en bici de montaña, el terreno también se presta. Carreteras secundarias, tráfico escaso y bastantes kilómetros de campo alrededor.
Tradiciones que siguen marcando el calendario
En pueblos de este tamaño las fiestas siguen teniendo bastante peso. En agosto se celebran las dedicadas a Nuestra Señora de la Consolación, patrona local. Son días de actividad en la calle, actos organizados por los vecinos y ese ambiente típico de verano en los pueblos: gente que vuelve unos días, familias que se reencuentran y la plaza con más movimiento de lo habitual.
La Semana Santa también se vive con bastante participación. Las procesiones recorren las calles del centro y mantienen un tono sencillo, muy ligado a las hermandades del propio pueblo.
A lo largo del año aparecen además otras celebraciones populares que giran alrededor de la historia local y del antiguo castillo que domina el cerro cercano. No son eventos masivos; más bien momentos en los que el pueblo se junta y el visitante que llega esos días ve cómo funciona realmente la vida aquí.
Al final, Montemolín funciona mejor cuando no se intenta verlo todo de golpe. Das una vuelta, te asomas a las cuestas del casco antiguo, sales un rato hacia la dehesa… y poco a poco le vas cogiendo el punto. Es ese tipo de sitio que, cuando te marchas, te das cuenta de que te ha gustado más de lo que parecía al llegar.