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sobre Nuñomoral
Municipio que agrupa varias alquerías en el valle del Hurdano; esencia de Las Hurdes
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A las cinco de la tarde, en la calle Mayor, el sol cae en ángulo y las paredes de piedra y pizarra devuelven tonos ocres. Apenas se oye nada. Alguna oveja que pasa, un gallo a lo lejos. El turismo en Nuñomoral empieza muchas veces así, con esa quietud de media tarde en un pueblo que ronda los mil habitantes y se estira por una ladera de Las Hurdes.
Las casas se adaptan al terreno sin demasiadas concesiones. Tejados de pizarra, muros gruesos, calles que suben y bajan con pendientes cortas pero constantes. Aquí casi todo parece pensado para resistir el invierno y el calor del verano más que para llamar la atención.
El casco y la iglesia
Nuñomoral no funciona como un conjunto monumental cerrado. Es más bien un pueblo que se ha ido ajustando al terreno con los años. Las calles son estrechas y en algunos tramos apenas entra un coche.
La iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción marca el centro. Su campanario de piedra se ve desde varias calles y sirve un poco de referencia cuando uno se pierde entre cuestas. El interior es sobrio. Muros claros, pocas distracciones.
Al caminar despacio aparecen detalles pequeños: balcones de madera oscura, macetas apoyadas en alféizares bajos, bancos de piedra pegados a las fachadas. En invierno muchas de estas casas dejan escapar olor a leña por las chimeneas.
El río Hurdano
A pocos minutos del centro se oye el agua. El río Hurdano pasa cerca y forma algunas pozas entre rocas redondeadas. En verano el agua suele estar fría incluso cuando el calor aprieta en el valle.
Las orillas tienen alisos, sauces y helechos. Si vas temprano, antes de que el sol caiga de lleno, el aire mantiene un punto húmedo y huele a tierra mojada. En otoño los castaños de las laderas cambian de color y el río baja más oscuro entre hojas secas.
Caminos por las laderas
Desde el pueblo salen varios caminos hacia las laderas cercanas y hacia otras alquerías de la zona. Algunos discurren entre castañares viejos. El suelo suele estar cubierto de hojas y piedra suelta, así que conviene llevar calzado con suela firme.
En verano es mejor caminar por la mañana. A partir del mediodía el sol cae fuerte sobre la pizarra y el calor se queda atrapado en las pendientes. En cambio, a primera hora solo se oyen mirlos y el crujido de las ramas secas.
No es raro encontrar huellas de jabalí o corzo en los tramos más apartados.
Fiestas y comida de casa
Las fiestas patronales suelen celebrarse en agosto, cuando mucha gente que vive fuera vuelve al pueblo. Durante esos días la plaza y las calles cercanas recuperan movimiento. Conversaciones largas, sillas sacadas a la puerta y niños corriendo entre las casas.
En la cocina manda lo que da el entorno. Cabrito en celebraciones, embutidos de la matanza, platos donde aparecen las castañas cuando llega el otoño. Muchas familias siguen preparando conservas y curando carne para el invierno, aunque cada vez menos.
En los meses fríos el olor a humo y a embutido curándose aparece en muchas cocinas.
Cómo llegar y cuándo ir
Desde Cáceres el trayecto ronda los ochenta kilómetros por carreteras que serpentean por Las Hurdes. No son vías rápidas. Hay curvas y cambios de rasante, así que el viaje se alarga un poco más de lo que parece en el mapa.
Aparcar suele ser sencillo si dejas el coche en las calles bajas del pueblo. Las zonas más altas tienen pendientes y tramos estrechos.
Primavera y otoño son los momentos más agradables para caminar por la zona. En verano el calor aprieta a mediodía. En invierno aparecen nieblas que cubren las laderas y dejan el valle en silencio durante horas.
El casco urbano se recorre rápido. En menos de una hora puedes cruzarlo varias veces. Pero si decides bajar al río o salir hacia los caminos que conectan con otras alquerías cercanas, el tiempo empieza a ir más despacio. Aquí las distancias se miden más por las cuestas que por los kilómetros.