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sobre Plasencia
La Perla del Valle; ciudad monumental con dos catedrales y murallas; centro del norte extremeño
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Las ocho de la mañana en la Plaza Mayor y el sol entra rasante por uno de los arcos que conectan con la muralla, iluminando de golpe los sillares de piedra dorada. Un hombre cruza la plaza con una bandeja de desayuno: café con leche y dos medias tostadas que dejan un rastro de mantequilla en el aire frío de octubre. En alguna parte suenan las campanas de las dos catedrales, la Vieja y la Nueva, como si no se pusieran de acuerdo sobre qué hora es. Así suele empezar el día en Plasencia.
La ciudad que se mira en dos espejos
La fundó Alfonso VIII a finales del siglo XII con un nombre bastante explícito —“Ut placeat Deo et hominibus”, que agrade a Dios y a los hombres— y aún conserva algo de ese aire de ciudad pensada para quedarse. La muralla medieval, casi dos kilómetros de piedra con decenas de torres, rodea un laberinto de calles donde los palacios renacentistas conviven con casas de vecinos que todavía tienden la ropa en la ventana.
Lo primero que hace mucha gente es subir a algún tramo accesible de la muralla. Desde arriba se abre la ciudad: al fondo, cuando el día está claro, se intuye el verde del valle del Jerte; hacia un lado queda el parque de los Pinos, con pavos reales y cuervos discutiendo a voz en cuello; debajo, las calles estrechas donde huele a pan recién hecho y, a ratos, a pimentón de la Vera calentándose en alguna cocina.
Es un olor seco y ahumado que se queda grabado. Luego lo reconoces lejos de aquí, en cualquier tienda, y durante un segundo vuelves a estas calles.
Dos catedrales para una sola fe
Plasencia tiene dos catedrales pegadas una a la otra, algo que al principio desconcierta. La Vieja, empezada en el siglo XIII, es sobria, de piedra gruesa y luz tenue. Dentro suele oler a incienso antiguo y a humedad fría, como muchas iglesias que han pasado siglos respirando despacio.
La Nueva empezó a levantarse a finales del siglo XV. Es más ambiciosa: bóvedas altas, un coro de madera tallada lleno de figuras y gestos exagerados, y esa sensación de obra grande que nunca llegó a cerrarse del todo.
Entre ambas queda un patio tranquilo donde crecen naranjos. A ciertas horas el aire trae olor a hoja verde y a piedra húmeda. Allí se entiende bien cómo está hecha la ciudad: hacia un lado aparece la calle de la Sinagoga; hacia otro, edificios religiosos y palacios con ventanas góticas que miran a la calle con cierta distancia.
Si te quedas un rato quieto, lo que se oye es el aire moviéndose entre las naves y el eco de pasos sueltos.
El sabor de la dehesa
A la hora de comer, el centro empieza a oler a queso caliente y a carne a la brasa. En muchos mostradores aparece la Torta del Casar, ese queso blando que se abre por arriba y se come casi con cuchara. Tiene ese amargor leve del cuajo vegetal que no gusta a todo el mundo la primera vez.
En algunas tiendas tradicionales del casco antiguo todavía lo envuelven en papel de estraza. Más de un dependiente advierte que no conviene meterlo directamente en la nevera, que pierde textura.
La cocina tira mucho del producto cercano: ternera, cerdo ibérico, pimientos asados con ese sabor ahumado de encina. También aparecen guisos sencillos como el caldillo de bacalao, rojizo por el pimentón, que en días fríos se agradece.
Cuándo ir y cuándo apartarse
En primavera la ciudad se llena bastante cuando coincide con la floración blanca del Valle del Jerte. Muchos viajeros utilizan Plasencia como base para recorrer la comarca, así que los fines de semana el casco histórico se nota más movido.
Si lo que apetece es caminar con calma por la muralla o por las calles del centro, enero y febrero suelen ser meses tranquilos. Algunas mañanas la niebla se queda pegada a los tejados y la ciudad aparece poco a poco.
Agosto cambia bastante el ambiente. Las fiestas de la Virgen del Puerto traen música alta y mucha gente por las calles hasta tarde. Tiene su gracia si te gustan las ciudades en pleno bullicio, pero quien busque silencio probablemente estará más cómodo en otras fechas.
El acueducto y la tarde que se va
Al caer la tarde, el acueducto que se levanta en uno de los accesos a la ciudad se vuelve color ocre. Tiene más de medio centenar de arcos alineados y una longitud que impresiona cuando lo miras de lado, sobre todo con esa luz baja.
Debajo suele haber chavales jugando a la pelota o gente cruzando sin prestar demasiada atención al monumento. Ese contraste —piedra antigua y vida cotidiana pasando por debajo— es bastante propio del lugar.
Cuando vuelves al centro ya cerrada la noche, el aire huele a leña quemada en invierno o a terraza llena en verano. Alguna televisión encendida detrás del cristal, conversaciones que salen a la calle.
Aquí la lluvia no se recibe con mala cara: trae setas al monte cercano y ese verde profundo que rodea Plasencia buena parte del año. Funciona así: despacio, con el campo muy cerca marcando el ritmo.