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sobre Acebo
Pueblo serrano famoso por sus encajes de bolillos y sus piscinas naturales; rodeado de naranjos y olivos en un entorno verde
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El silencio en Acebo, antes de que salga el sol, tiene peso. Las calles empedradas brillan, húmedas, y el aire huele a tierra fría y a leña apagada. Solo se oye el golpe seco de una puerta al cerrarse o el arrastre de una persiana. Los tejados de pizarra forman una línea quebrada contra el cielo que empieza a clarear.
Este pueblo de la Sierra de Gata extremeña, con poco más de quinientos habitantes, vive con la mirada puesta en el monte. Olivares, huertas pequeñas y laderas de castaños marcan su contorno. Las calles son estrechas, trazadas para buscar la sombra en julio y el resguardo en enero.
La torre cuadrada de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles sobresale por encima de todo. Suele datarse en el siglo XVIII. Su piedra es sobria. Si caminas sin prisa, en las fachadas cercanas aparecen otros detalles: rejas de forja gruesa, balcones de madera oscurecida por la lluvia y algún dintel con marcas de herramientas manuales.
Por la mañana, en la plaza, el día se pone en marcha sin estridencias. Algún vecino cruza con una bolsa del pan, otros conversan unos minutos apoyados en una pared. No hay prisa.
Senderos del monte
A pocos pasos del último edificio empiezan los caminos. La sierra aquí tiene un relieve amable, con laderas cubiertas de robles y castaños.
En octubre, el suelo se cubre de hojas secas y erizos abiertos. Es común ver a gente del pueblo con cestas de mimbre, sobre todo tras un día de viento. También es temporada de setas, pero aquí se informa uno antes de coger nada; el monte se respeta.
Estos senderos no son exigentes. Muchos siguen viejas veredas agrícolas y pasan cerca de arroyos donde el agua corre sobre piedras lisas, cubiertas de musgo. En primavera, ese sonido se cuela entre los árboles al caer la tarde.
Si vas atento, puede que veas un corzo cruzando entre la maleza o el planeo lento de un buitre sobre las copas. No es un espectáculo garantizado, pero el monte aquí respira.
El alivio del agua
Cuando el calor aprieta de verdad, la gente busca los arroyos. En los alrededores hay charcas y pozas naturales que se usan desde siempre para refrescarse. No son instalaciones; son parte del paisaje: agua clara entre piedras, raíces al descubierto y sombra irregular.
Conviene ir pronto o cuando el sol pierde fuerza. A mediodía, caminar por los tramos sin arbolado resulta agotador.
El pulso de las fiestas
Las fiestas grandes giran en torno a la Virgen de los Ángeles, en agosto. Entonces el pueblo cambia: hay procesiones, música en la plaza y un trasiego inusual. Muchas casas abren sus puertas a familiares que vuelven por unos días.
Con el otoño llegan otros encuentros, alrededor de la castaña, la miel o los embutidos. Reúnen a vecinos y gente de pueblos cercanos. No son siempre iguales cada año, pero sirven para hablar de cómo ha ido la cosecha o del estado del monte.
Recorrer las calles
Si el tiempo es corto, basta con perderse por las callejas que nacen de la plaza. La calle Mayor y las que se retuercen a su alrededor conservan algunas de las construcciones más antiguas: fachadas de granito y entramados de madera oscura.
Hay que acercarse para verlo: un escudo familiar desgastado en una viga, los herrajes oxidados de un portón enorme o el arco pequeño de un horno doméstico que aún se usa.
La luz más interesante llega al final de la tarde. Entonces las piedras toman un color dorado y el pueblo recupera su quietud.
Una cuestión de ritmo
Primavera y otoño son buenos momentos para caminar por el monte. La temperatura acompaña y el paisaje está activo.
En julio o agosto se puede venir, pero es mejor salir al amanecer o al atardecer. Las horas centrales acumulan mucho calor, sobre todo en las calles más expuestas.
Se llega en coche desde Cáceres en algo más de una hora, por carreteras comarcales que serpentean entre otros pueblos serranos. Al entrar en Acebo, es sensato dejar el vehículo en las afueras y continuar a pie: el casco antiguo tiene callejones angostos donde un coche solo estorba.
Acebo no tiene una lista de monumentos obligatorios. Funciona cuando se pasea sin un plan rígido, cuando uno se fija en el grosor de una pared o en cómo la luz filtra entre los castaños. Aquí las cosas transcurren a otra velocidad.