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sobre Eljas
Pueblo de 'A Fala' con un castillo fronterizo y calles empinadas llenas de historia
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Aparca en la zona habilitada a la entrada del pueblo. Las calles son empinadas y estrechas; el coche solo te dará problemas. Eljas se recorre en poco tiempo, pero conviene venir a primera hora o al atardecer para evitar las horas centrales de calor en verano.
El navegador suele saltar a red portuguesa al cruzar el puente sobre el río. Es normal. La frontera es una línea imaginaria que el río Erges —Eljas aquí— dibuja entre colinas.
Un pueblo de ladera
El casco antiguo se agarra a la pendiente. Casas de mampostería, tejados de pizarra oscura. En otoño es común ver castañas secándose en los balcones. Hay una calle principal que hace de espina dorsal y unos pocos callejones que suben.
La pedanía de El Soto está a un par de kilómetros. Allí viven cuatro familias, quizás cinco.
Lo que queda del castillo
Sube hasta los restos del castillo por el camino señalizado. No es una visita monumental: quedan algunos muros derruidos y la base de lo que fue una torre.
Lo incendiaron durante un conflicto con Portugal y nunca se reconstruyó. La razón para subir es la vista: desde arriba se domina todo el valle del río y las lomas cubiertas de robles y castaños. En verano el verde intenso da paso a un paisaje más seco.
La iglesia de Nuestra Señora de la Asunción suele estar cerrada fuera del horario de culto. La fachada es de piedra gris, sobria. Si encuentras la puerta abierta, dentro hay un retablo barroco que merece un vistazo rápido.
La fala no es portugués
Aquí se habla fala, una lengua propia con tres variantes locales. La de Eljas tiene una cadencia particular, más musical.
Si escuchas una conversación entre vecinos mayores, sonará casi como gallego-portugués, pero con giros y palabras únicas. En comercios y bares te atenderán en castellano sin problema, pero entre ellos cambian a fala con naturalidad absoluta.
Muchos jóvenes emigraron hace décadas hacia Cataluña o Madrid. En agosto regresan y durante unas semanas el sonido de la fala recupera fuerza en las calles.
Fiestas y cocina sin adornos
Las fiestas importantes giran alrededor del Ofertorio (una ofrenda comunitaria) y las Candelas de San Blas, donde aún suben caballos por las cuestas empedradas hasta la plaza.
La comida es la misma que en toda Sierra de Gata: sencilla. La quesadilla local no lleva queso; es un dulce hecho con masa fina rellena. El girixi-girixo es una sopa humilde. El allu (ajo) con patatas surge cuando hay poco más en la despensa. En el escudo municipal hay un lagarto porque dicen que aquí se comió hasta no hace tanto tiempo.
Ven temprano para pasear tranquilo. Deja el coche donde empiezan las cuestas. Y si oyes fala por la calle, no trates de entenderla; solo escucha cómo suena este rincón donde España casi roza Portugal