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sobre Hernán-Pérez
Pueblo olivarero con importantes hallazgos arqueológicos de la Edad del Bronce
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Antes de que el sol termine de asomar por la sierra, una persiana se levanta con un golpe seco en una calle de Hernán Pérez. El sonido rebota entre las fachadas de granito. A esa hora el aire aún huele a humedad y a leña vieja. Las sombras ocupan media calle y el pueblo se mueve despacio, como si todavía no tuviera claro si empieza el día o no.
Hernán Pérez está en la Sierra de Gata, a algo más de cuatrocientos metros de altitud. El casco urbano es pequeño y compacto. Calles cortas, algunas en cuesta, que acaban casi siempre en una placita o en un cruce sin tráfico. El granito manda en los muros. Se ve en los dinteles, en los poyos junto a las puertas, en las esquinas gastadas por décadas de pasos. Muchas casas conservan tejados de teja curva y puertas pesadas de madera. El conjunto se recorre en poco tiempo, aunque conviene hacerlo temprano o al caer la tarde: en verano el calor aprieta a partir del mediodía.
En el centro se levanta la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Su origen se sitúa en el siglo XVI, aunque ha tenido reformas con el tiempo. El campanario de ladrillo sobresale sobre los tejados y sirve de referencia cuando te mueves por las calles. A sus pies hay una plaza sencilla. Algunos árboles dan sombra irregular y los bancos muestran la pintura levantada por el uso. Los cables eléctricos cruzan por encima como líneas tensas.
Caminos y monte alrededor del pueblo
Alrededor de Hernán Pérez el terreno ondula en colinas suaves de granito. La piedra aparece a veces desnuda, redondeada por siglos de lluvia y frío. En las zonas más húmedas crecen castaños y robles. En otoño el suelo queda cubierto de hojas oscuras que crujen al pisarlas.
De las últimas casas salen caminos de tierra. Algunos bajan hacia pequeños valles donde corren arroyos estrechos entre musgo y helechos. Otros enlazan con pueblos cercanos de la sierra. Son trayectos sencillos si se caminan con calma, aunque conviene llevar buen calzado: hay tramos pedregosos y pendientes cortas que se notan.
Entre los árboles no es raro ver rastros de animales. Huellas en el barro o ramas movidas en silencio. Por la zona se mueven jabalíes y corzos, aunque verlos depende mucho de la hora y de la paciencia. También se oyen rapaces sobrevolando los claros del monte.
Cuando llegan las primeras semanas frías del otoño, muchos vecinos salen al campo a por setas. Boletus, níscalos y otras variedades aparecen en los bosques cercanos si el año viene húmedo. Aquí la gente suele saber bien lo que recoge; aun así, conviene no tocar nada que no se identifique con seguridad.
En las casas todavía se cocina con lo que da el entorno. Verduras del huerto, carne de caza menor cuando la hay, embutidos hechos en invierno. En los meses fríos es fácil reconocer el olor de las castañas asándose en alguna chimenea. Sale por las ventanas y se queda flotando en la calle.
Algunas costumbres siguen marcando el calendario del pueblo. En junio se celebra San Juan Bautista, con procesión y hogueras al anochecer. En invierno, la matanza del cerdo continúa siendo un momento compartido entre familias y vecinos. Durante esos días se preparan embutidos y otros productos que luego se guardan para todo el año.
Hernán Pérez es un pueblo pequeño, de esos donde todavía se oyen conversaciones desde las ventanas abiertas al caer la tarde. Un lugar de detalles mínimos: pintura descascarillada en una puerta azul, un gato cruzando la plaza cuando ya casi no pasa nadie, el sonido de una campana que tarda unos segundos en apagarse entre las casas. Aquí todo ocurre despacio, pero ocurre.