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sobre Santibáñez el Alto
Pueblo fortaleza en la cima de la sierra con castillo y vistas panorámicas al embalse
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A primera hora, cuando todavía hay humedad en la piedra, Santibáñez El Alto suena a pasos sobre empedrado y a algún gallo suelto en las huertas cercanas. El castillo aparece por encima de los tejados como una sombra irregular. No hace falta buscarlo: desde casi cualquier calle acaba asomando.
El turismo en Santibáñez El Alto ocurre despacio, porque el pueblo está hecho de cuestas y esquinas cerradas. Está en la Sierra de Gata, sobre una loma que ronda los 650 metros de altitud, y apenas supera los trescientos ochenta vecinos. Granito, pizarra y madera forman un conjunto compacto que sigue la pendiente del terreno. La luz entra a tiras entre las fachadas y deja ver vetas en la piedra que llevan siglos ahí.
Las calles estrechas se enroscan alrededor de la parte alta. En días laborables, a media mañana o ya por la tarde, se oyen conversaciones que salen por las ventanas abiertas. El silencio no es total. Siempre hay algún motor a lo lejos, perros ladrando en las afueras o el viento moviendo las hojas de los castaños.
Qué ver en su trazado urbano
El casco histórico se recorre sin mapa. Basta con subir. Cada tramo de calle cambia un poco la perspectiva del valle.
La iglesia parroquial de San Benito marca uno de esos puntos donde el pueblo se abre. La torre se ve desde abajo, entre tejados. De cerca se aprecia mejor la mezcla de piedra oscura y muros gruesos, muy propios de esta parte de la sierra. Alrededor, las calles trepan con escalones irregulares y pequeños balcones que miran hacia los montes de castaños y robles.
La Plaza Mayor funciona como referencia, más que como gran espacio abierto. A ciertas horas hay vecinos sentados o entrando y saliendo de casa. Desde aquí salen varias calles que suben hacia la zona del castillo o bajan hacia los bordes del pueblo, donde empiezan los caminos rurales.
El castillo y la altura del pueblo
Arriba del todo quedan los restos del castillo de Santibáñez. El viento suele soplar con más fuerza aquí. Desde ese punto se entiende bien por qué el pueblo se levantó en esta loma: el paisaje se abre hacia la Sierra de Gata y hacia la raya portuguesa.
Los muros conservados dejan ver la estructura de la fortaleza y el uso defensivo que tuvo durante siglos en esta zona fronteriza. No es un recinto grande, pero la posición domina todo el entorno. Al atardecer la piedra se vuelve más clara y el valle se llena de sombras largas.
Caminos entre castaños y dehesa
A las afueras empiezan senderos que bajan hacia castañares bastante densos. En otoño el suelo se cubre de hojas secas y el aire se vuelve más fresco. El olor a tierra húmeda se nota enseguida en cuanto se deja atrás el casco urbano.
En pocos kilómetros el paisaje cambia. Aparecen zonas de dehesa con encinas y alcornoques dispersos. Es habitual ver ganado pastando y algún cercado de piedra. Desde Santibáñez salen caminos que conectan con otros pueblos de la Sierra de Gata, aunque conviene mirar el estado de las rutas antes de salir, sobre todo tras lluvias fuertes: el terreno arcilloso puede volverse resbaladizo.
Una vuelta tranquila por el pueblo
El núcleo urbano se recorre en poco tiempo, quizá una hora y media si se camina sin prisa y se sube hasta la zona del castillo. Lo interesante está en los detalles: portadas de piedra gastada, escudos en algunas fachadas antiguas, vigas de madera oscurecidas por los años.
Desde las calles más altas se ven bien los montes que rodean el pueblo. La luz de primera hora de la mañana o la de última de la tarde suele dibujar mejor los relieves del valle.
Algunas cosas a tener en cuenta
Santibáñez El Alto tiene cuestas constantes. El empedrado es irregular en muchos tramos, así que conviene venir con calzado cómodo. En verano el sol cae directo sobre la piedra durante las horas centrales y el calor se acumula rápido.
No es un pueblo grande ni lleno de monumentos. La visita suele funcionar mejor si se combina con algún paseo por los caminos de alrededor o con una ruta por otros pueblos cercanos de la Sierra de Gata. Aquí la gracia está en caminar despacio y mirar alrededor. La sierra se hace notar en cada esquina.