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sobre Torrecilla de los Ángeles
Localidad agrícola en la Sierra de Gata conocida por sus vinos y aceites
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Llegué a Torrecilla de los Ángeles después de perderme por los caminos que van de Robledillo hacia Ladrillar. El GPS me decía que girara a la izquierda, pero el camino parecía terminar en un cortijo con dos perros que me miraban como si fuera el repartidor de pizzas que les debe una desde 2019. Total, que acabé entrando al pueblo por la parte de arriba, donde las casas se agarran a la ladera como pueden. Y lo primero que pensé fue: esto sí que es un pueblo de la Sierra de Gata de los de verdad.
Un pueblo que sigue a su aire
Torrecilla de los Ángeles no parece haber pasado por esa fase de “vamos a dejarlo todo mono para las fotos”. Aquí las casas siguen siendo de pizarra oscura, con madera en los voladizos y tejados que a veces parecen inclinados más de lo que uno esperaría.
Y las calles… bueno, calles es una forma generosa de llamarlas. Muchas son cuestas que alguien decidió empedrar hace siglos. Caminar por aquí es como hacer sentadillas con paisaje: subes dos tramos, te paras a mirar la sierra, sigues otro poco.
La iglesia de la Asunción aparece casi sin darte cuenta mientras subes o bajas. No es de las que dominan todo el horizonte; simplemente está ahí, integrada en el pueblo. La fábrica es del siglo XVI y tiene una portada lateral bastante curiosa. Si te acercas a la torre verás una pieza con inscripción romana reutilizada en el muro. Ese tipo de detalles que te recuerdan que, en estos pueblos, las piedras llevan pasando de mano en mano durante siglos.
Cuando medio pueblo se mete en la misma historia
Una de las cosas que más se comentan de Torrecilla de los Ángeles es la representación de la Pasión de Cristo durante la Semana Santa. No hablo de cuatro figurantes y un escenario: participa muchísima gente del pueblo.
Para que te hagas una idea, es de esos eventos donde acabas viendo a tu vecino vestido de romano y al rato a alguien del grupo de teatro haciendo de apóstol. Se organiza entre los propios vecinos y se representa por las calles, aprovechando las cuestas y las plazas. Más que un espectáculo montado para fuera, da la sensación de que es algo que el pueblo hace para sí mismo… y quien esté allí ese día, lo ve.
Fuego después de Semana Santa
Otra tradición curiosa es la Fiesta del Capazo. Se celebra el sábado después de Semana Santa y gira alrededor de un roble al que se le colocan capazos encendidos.
La primera vez que lo escuchas suena un poco surrealista: fuego, un árbol y medio pueblo alrededor. Pero allí tiene todo el sentido del mundo. Es una de esas celebraciones que mezclan tradición religiosa, costumbre antigua y ganas de juntarse.
También está la romería de la Virgen de la Bienvenida, que suele reunir a bastante gente en la ermita situada en el cerro cercano. Es ambiente de campo: familias enteras subiendo, gente que se conoce de toda la vida y ese ritmo tranquilo que tienen las romerías de sierra.
Lo que se come por aquí
En la zona es fácil acabar probando platos muy ligados a la matanza y a la cocina de casa. Uno que mencionan mucho por aquí es la ovejuela con chorrituelo, que suena casi a chiste cuando lo lees por primera vez.
En realidad es un plato contundente, de los que nacieron para aguantar jornadas largas de campo. Nada de presentaciones modernas ni platos enormes con comida en miniatura. Aquí lo importante es que esté bueno y que caliente el cuerpo.
El cerro de los Santitos
Por encima del pueblo está la ermita de San Marcos y San Marcelino, que muchos llaman simplemente “los Santitos”. Desde allí se abre bastante la vista sobre la Sierra de Gata.
No es una excursión larga, pero el camino pica un poco. Arriba suele haber ese silencio que solo tienen los sitios donde el viento se oye más que los coches. Si te sientas un rato, ves cómo los pueblos de la zona aparecen entre robles, olivos y laderas de pizarra.
El consejo de un amigo
Si vas a Torrecilla de los Ángeles, tómalo con calma. No es un sitio de ir corriendo de monumento en monumento. Pasea, sube y baja las cuestas, mira las casas con calma.
Si coincide con alguna de sus fiestas, mejor todavía: el pueblo cambia completamente cuando se junta la gente en la calle.
Y si te animas a subir a los Santitos, hazlo sin prisa. Cuando llegues arriba y mires alrededor entenderás bastante bien cómo es esta parte de la Sierra de Gata: pueblos pequeños, mucha montaña alrededor y la sensación de que aquí las cosas siguen funcionando a su ritmo. El suyo, no el del mapa.