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sobre Oliva de la Frontera
Localidad fronteriza rodeada de un inmenso mar de encinas; famosa por su Pasión Viviente en Semana Santa
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Las campanas de Santa Marina dan las ocho cuando el olor a leña y a pan recién hecho todavía flota entre las casas de Oliva de la Frontera. En el centro del pueblo la mañana llega despacio: alguna persiana se levanta, pasa un coche hacia las huertas y la luz empieza a subir por la ladera que rodea el casco urbano. Desde la plaza se ven los tejados de teja rojiza calentándose poco a poco, mientras un gallo canta desde algún corral que no se alcanza a ver.
El sabor de la frontera
A mediodía el aire cambia. Sale olor a ajo frito y a romero por las rendijas de muchas cocinas. En la calle Ancha no es raro cruzarse con alguien llevando una fuente tapada con un paño, todavía humeante.
Las migas que se preparan en Oliva de la Frontera suelen hacerse con pan asentado cortado en trozos y humedecido, luego salteado con panceta, chorizo y ajos. A veces aparecen uvas en el plato, algo que a quien viene de fuera le sorprende: ese punto dulce al lado de la grasa del cerdo tiene bastante sentido en una tierra donde las recetas siempre han ido tirando de lo que había a mano.
En las tabernas del pueblo es un plato que aparece sobre todo cuando refresca. Si preguntas por la receta, lo normal es que te digan que cada casa la hace a su manera.
Cuando el pueblo se viste de época
En primavera suele celebrarse la Pasión Viviente. Durante esos días, muchos vecinos participan en una representación que recorre varias calles del casco urbano y las laderas cercanas.
No es algo que ocurra solo en un escenario: las escenas van cambiando de lugar y la gente se mueve detrás. Aparecen soldados romanos, apóstoles, mujeres vestidas de negro. Cuando la comitiva cruza el arco de la Villa el ruido baja mucho; entre el público se oyen pasos, alguna tos, el roce de las telas.
Conviene llegar con tiempo porque el pueblo se llena y las calles más estrechas se quedan pequeñas. Mucha gente busca sitio en las cuestas que suben hacia el Calvario para ver mejor la escena final.
El arroyo que se escondió
Bajo el asfalto de la calle Real discurre un conducto abovedado de piedra. Por ahí corría el antiguo arroyo Oliva antes de que se canalizara para ganar espacio dentro del pueblo. Los mayores todavía recuerdan cuando el agua se oía desde algunos sótanos o patios.
A poca distancia, en la plaza de San Sebastián, hay dos figuras de bronce que suelen llamar la atención: los mochileros. Representan a los contrabandistas que durante décadas cruzaban la frontera con café portugués cargado a la espalda, caminando de noche por senderos poco marcados. Las esculturas llevan botas gastadas y la mirada baja, como si acabaran de llegar de una caminata larga.
Entre dehesas y encinas
Salir de Oliva de la Frontera es entrar casi de inmediato en la dehesa. Detrás del cementerio arranca un camino que sube hacia la Sierra de la Corte entre encinas y alcornoques. En otoño el suelo se llena de bellotas y el aire huele a jara y a tierra húmeda.
La subida no es larga y desde la parte alta se abre el paisaje del valle del Ardila. En los días claros la línea de Portugal aparece al fondo, muy baja, casi diluida en azul.
Por la mañana temprano es fácil cruzarse con gente que va con los cerdos y los perros. Levantan la mano para saludar y siguen andando. Aquí las conversaciones suelen ser breves.
Si prefieres algo más llano, hay caminos que siguen el curso del río Ardila. En verano algunos pozos se usan para bañarse y el agua suele estar fría incluso cuando el calor aprieta.
Cuándo ir y qué evitar
La primavera cambia bastante el paisaje de la Sierra Suroeste. Las dehesas se ponen verdes y el campo huele a flores y a hierba recién crecida. En esas semanas también suele celebrarse la feria de San Marcos, muy ligada al ganado y al ambiente agrícola de la zona.
En pleno verano el ritmo del pueblo se vuelve más lento. A mediodía casi no se ve a nadie por la calle y muchas persianas se bajan hasta bien entrada la tarde. Si vienes en julio o agosto, lo más llevadero es salir temprano y dejar las caminatas largas para última hora del día.
A comienzos de diciembre el pueblo suele llenarse más de lo habitual por unas jornadas dedicadas al antiguo contrabando. Hay recreaciones, puestos y bastante movimiento en el centro. Si buscas silencio en las calles, conviene elegir otra fecha.
Antes de salir hacia la carretera que conecta con Badajoz, merece la pena subir hasta el mirador del Calvario. Desde ahí el caserío queda recogido entre encinas y dehesas abiertas. Cuando sopla algo de viento, llegan a la vez el sonido de las campanas y el olor del campo húmedo. Es una de esas vistas que ayudan a entender cómo vive este pueblo, entre frontera y sierra.