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sobre Valencia del Mombuey
Localidad fronteriza con Portugal situada en la 'Raya'; entorno de dehesa y cultura de frontera
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A las tres de la tarde, el silencio en la plaza de Valencia del Mombuey es tan denso que se oye cómo el agua de la fuente salpica contra la piedra. Una abuela saca la silla a la acera y se queda mirando hacia el horizonte, donde el suelo plano de la comarca se rompe de pronto en una cresta de cerros azulados. Aquí no hay prisa. Ni siquiera el perro que duerme junto a la puerta de un bar parece tenerla: se da la vuelta tres veces sobre sí mismo y vuelve a tumbarse.
Calles que se van quedando en el campo
Valencia del Mombuey tiene esa forma de los pueblos que crecen despacio: calles de casas encaladas que poco a poco se convierten en caminos de tierra y acaban perdiéndose entre olivares, huertas y encinas dispersas. En verano el aire trae olor a tierra caliente y a romero seco, y el zumbido de los insectos se queda flotando sobre las tapias.
Si caminas sin rumbo por los alrededores acabarás encontrando alguno de los antiguos molinos circulares de piedra. Muchos están medio caídos, con las aspas desaparecidas hace décadas y las puertas combadas por la humedad. En el término municipal hay varios repartidos entre las fincas; algunos vecinos aún recuerdan cuando formaban parte del paisaje cotidiano del trabajo.
La iglesia de la Purísima Concepción se levanta en la parte alta, con una torre de ladrillo rojizo que cambia de tono según la hora del día. Dentro, la penumbra huele a cera y a madera vieja. Si coincide que suena la campana mientras estás cerca, el eco rebota contra los muros gruesos y se extiende por la plaza como una respiración larga.
La Piedra Pinchá y otros rastros antiguos
A un par de kilómetros del pueblo, siguiendo el curso del Ardila por caminos agrícolas, aparece la llamada Piedra Pinchá. El dolmen asoma entre jaras y pastos como un bloque inclinado, áspero al tacto, con líquenes claros pegados a la superficie. Tiene miles de años —de la prehistoria reciente de la zona— y sigue en pie en mitad del campo abierto.
Conviene ir temprano o al final de la tarde. La luz rasante dibuja mejor las grietas de la piedra y el entorno está casi en silencio, salvo por el agua del río y algún rebaño que pase.
Más al sur, en el cerro de Nijata, hay grabados rupestres repartidos por varias rocas. Para llegar toca caminar un buen rato por sendero entre brezos, jaras y pinos jóvenes. Las figuras no saltan a la vista: círculos, líneas, motivos geométricos hechos a base de pequeños golpes sobre la roca. Si no sabes exactamente dónde mirar, es fácil pasar de largo.
Una frontera que casi no se nota
Desde el entorno de la ermita de Santa Bárbara se entiende bien la posición del pueblo. Al caer la tarde empiezan a encenderse las luces de Amareleja, en Portugal, que queda a pocos kilómetros en línea recta. Muchas veces parece más cerca que otros pueblos de la comarca.
La frontera aquí es discreta: de día se reconoce por los caminos agrícolas y por los cambios en el paisaje; de noche, por las luces al otro lado. Durante el verano suele celebrarse un encuentro transfronterizo que reúne a gente de ambos lados, con puestos de artesanía, música y comida al aire libre. El ambiente se alarga hasta bien entrada la noche si el calor afloja.
Cuando cae la noche en la sierra
Este municipio forma parte de las zonas de la comarca reconocidas por la calidad de su cielo nocturno. Basta alejarse un poco del casco urbano para notarlo. En noches claras la Vía Láctea aparece como una franja lechosa que cruza el cielo de lado a lado.
En verano a veces se organizan observaciones astronómicas cerca de la ermita de Santa Bárbara o en otros puntos altos del término. Incluso sin telescopio merece la pena subir: primero se oyen los sonidos del campo —alguna cabra moviéndose, el viento en las encinas— y poco a poco los ojos se acostumbran a la oscuridad.
Lleva algo de abrigo aunque el día haya sido caluroso. Cuando el sol se va detrás de los cerros, la temperatura baja más de lo que parece.
Cuándo acercarse y qué tener en cuenta
La primavera suele ser el momento más agradecido para caminar por los alrededores: los caminos están firmes y el campo se llena de flores pequeñas entre la hierba. En septiembre, durante las fiestas del Cristo de las Penas, el pueblo cambia de ritmo y se llena de gente que vuelve por unos días.
En agosto hay más movimiento, sobre todo los fines de semana, cuando mucha gente se acerca a la piscina municipal o a pasar la tarde en la plaza.
Si piensas acercarte a Nijata o al dolmen, lleva agua y buen calzado. Son caminos sencillos pero con poca sombra en las horas centrales. Aquí las distancias engañan: el paisaje parece plano, pero el sol aprieta. Y conviene tomárselo con calma, como hace el propio pueblo.