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sobre Talaván
Pueblo con ermita destacada y miradores sobre el río Tajo
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El primer sonido es una puerta de garaje que se abre con un chirrido seco. Luego, el roce de una escoba sobre el adoquín. Desde las afueras llega el balido de una oveja, y otro más lejano que le contesta. La luz del amanecer, todavía horizontal, entra por el extremo este de la plaza y alarga las sombras de los bancos de piedra. El turismo en Talaván no empieza con un mapa, sino escuchando.
Este pueblo del Tajo-Salor, al norte de Cáceres, mantiene un compás distinto. Las calles no se recorren para ver algo concreto; se pasean para notar el cambio de temperatura entre el sol y la sombra de las fachadas encaladas.
Las calles antes del mediodía
La calle Mayor tiene pendiente. Sube entre muros de mampostería y revoco desgastado por la lluvia. Las ventanas son pequeñas, cuadradas. En los alféizares, a veces hay una maceta de geranios; otras, un bote de plástico con perejil. Las puertas de madera muestran desconchones y arañazos profundos, la huella del paso de carros, bicicletas y animales domésticos.
La iglesia de Nuestra Señora de la Asunción surge de repente en un recodo. Es de piedra sin adornos, con una torre cuadrada. Dentro, el aire huele a cera vieja y a piedra fría. A mediodía, cuando fuera la luz es blanca y plana, aquí dentro se agradece la penumbra.
El casco urbano se recorre pronto. Lo sensato es hacerlo por la mañana o cuando el sol empieza a caer. Entre las doce y las cuatro de la tarde, sobre todo en los meses centrales del año, el asfalto desprende calor y las aceras están vacías.
Donde acaban las casas
Al salir del último bloque de viviendas, el suelo cambia bajo los pies: asfalto a tierra compactada. El horizonte se ensancha de golpe. Encinas dispersas, alguna charca que refleja el cielo, caminos marcados por rodadas de tractor. El aire huele a tomillo y a tierra caliente si hace tiempo seco; a barro y humedad si ha llovido recientemente.
Si paras junto a una cerca metálica, al poco rato se oyen los cencerros. Suenan graves y cercanos, aunque los rebaños estén lejos. Arriba planean buitres o milanos, casi inmóviles contra el viento.
Para andar por estos caminos conviene madrugar en verano o esperar al atardecer. El sol pega con fuerza.
Piedras junto al agua
Quedan restos de molinos hidráulicos por los arroyos del término. No son monumentos visitables; son estructuras medio derruidas, invadidas por zarzas y juncos. Si das con uno, verás canales de piedra musgosa y huecos donde estuvo la rueda.
Están en fincas o junto a regatos que a veces llevan agua y a veces no. Son sitios silenciosos, solo con el rumor del viento en los chopos.
Mejor preguntar en el pueblo por su localización exacta. Los caminos de acceso pueden estar cerrados o embarrados.
Lo que se pone en la mesa
La comida aquí es sustancia. Migas con uvas o pimientos fritos en invierno. Guisos espesos de patata y garbanzos. Chorizo y lomo procedentes del cerdo que pasta bellota en la dehesa cercana.
No es una gastronomía para fotografiar. Es para comer con tenedor de cocina, en plato hondo.
El calendario del pueblo
El ritmo lo marcan dos fechas. La fiesta de la Virgen del Río, en verano, llena las calles de gente que vuelve por unos días. Se nota en los coches con matrícula de fuera aparcados junto a las plazas.
La Semana Santa es otra cosa: procesiones nocturnas que avanzan lentamente por calles tan estrechas que el sonido de los tambores no se dispersa; rebota contra las paredes.
Con las primeras lluvias del otoño empieza la montanera. Entonces se habla de cerdos, de bellota y de cómo va la temporada. El olor a humo dulce sale algunas tardes de chimeneas particulares.
Cómo llegar y cuándo parar
Desde Cáceres se tresa media hora larga por carreteras comarcales rectas que cortan la llanura. Son vías sin arcén ancho, donde a veces hay que apartarse para dejar pasar un tractor cargado.
Los mejores momentos para venir son aquellos en los que apetece caminar: primavera temprana u otoño avanzado. El verano exige adaptar los horarios al sol. El invierno tiene días gélidos y despejados, con una luz baja que perfila cada encina en la lejanía.
Talaván no tiene una lista de cosas para ver. Tiene horas del día que suenan distinto y un paisaje que empieza donde terminan las últimas casas.