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sobre Talavera la Real
Importante localidad cercana a Badajoz y al aeropuerto; tradición agrícola y cuna de conquistadores
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Las cigüeñas llegan antes que los aviones. Amanecen posadas en las torres de la iglesia, inmóviles contra un cielo gris de invierno, mientras el primer reactor despega de la base aérea con un estruendo que retumba en la dehesa. Son las siete y pico y el turismo en Talavera la Real empieza entendiendo eso: aquí el día se abre entre dos ruidos distintos, el del vuelo militar y el de las alas grandes de las cigüeñas que llevan décadas instaladas en los tejados.
El rumor de las alas
Caminar por el pueblo es aprender a distinguir sonidos. El motor de un caza llega como un trueno que se va acercando; el batir de las cigüeñas es un golpe seco, casi de madera contra madera. Hay muchas. Nidos en los postes, en chimeneas viejas, en la torre de la iglesia de Nuestra Señora de la Granada.
Desde el atrio se ve bien la llanura. La campiña se abre plana, con campos que cambian mucho según la estación: en verano todo se vuelve polvo claro; en invierno la tierra roja oscurece y los sembrados dibujan manchas verdes. Las casas alrededor son bajas, encaladas, con portones de madera que a veces aún conservan números pintados a mano.
La iglesia ocupa el punto alto del casco antiguo. Está levantada sobre un pequeño cerro artificial —un tell, como dicen los arqueólogos— y por eso se reconoce desde lejos. La piedra tiene ese tono tostado que deja el sol después de siglos. Dentro suele haber silencio y olor a cera. La luz entra amarilla por los ventanales y cae sobre los bancos de madera gastados. No suele haber nadie explicando nada; a veces solo alguna vecina que entra a cambiar flores o a encender una vela.
La meseta donde despegan los cazas
La base aérea forma parte de la vida del pueblo aunque quede al otro lado de las vallas. Desde fuera se ven las pistas lejanas, los carteles en español e inglés y, de vez en cuando, el brillo de un avión girando en el aire.
Mucha gente de Talavera ha trabajado allí en algún momento, o tiene familia dentro. Otros hacen vida en Badajoz, que está muy cerca. Los horarios de los vuelos se acaban aprendiendo casi sin querer. Si pasas una tarde en la plaza es fácil que alguien mire al cielo cuando oye el rugido y diga algo como “ya empiezan a moverse”.
El ruido sorprende al principio, pero también marca el ritmo del día. Cuando paran los entrenamientos, el silencio vuelve de golpe y lo que queda es el sonido del campo alrededor.
Entre encinas y charcas
Basta salir unos minutos en coche para encontrarse con la dehesa. Caminos de tierra roja, encinas abiertas como paraguas y cercas que separan fincas grandes. En invierno y primavera el suelo se cubre de hierba y aparecen setas si la lluvia ha sido generosa. Los vecinos conocen bien dónde mirar, aunque no suelen dar muchas pistas.
También hay charcas estacionales —los “lagunazos”— que se llenan con las lluvias. En los meses fríos se ven aves acuáticas descansando allí. No hace falta ser ornitólogo: con unos prismáticos y un poco de paciencia aparecen siluetas que se mueven entre los juncos.
Conviene llevar calzado cerrado. La tierra parece firme pero a veces se hunde en barro, sobre todo después de varios días de lluvia.
Cuando baja el sol
Al atardecer el pueblo se vuelve más lento. En la plaza, bajo los árboles, los bancos se llenan poco a poco. Se oyen cartas sobre la mesa, conversaciones tranquilas, alguna moto que pasa despacio.
El olor de las cocinas llega a la calle cuando cae la noche. Guisos largos, carne de cerdo, salsas espesas que piden pan. En los bares del centro la gente suele pedir lo que haya preparado la cocina ese día, platos sencillos que salen en fuentes grandes.
Mientras tanto, las cigüeñas regresan a los nidos. Sus siluetas negras recortadas contra el cielo anaranjado son lo último que se mueve antes de que el pueblo se apague.
Cómo llegar y cuándo ir
Talavera la Real está a pocos minutos de Badajoz por la A‑5, así que mucha gente llega en coche en un trayecto corto y llano. Dentro del pueblo se aparca sin demasiadas complicaciones si te alejas un poco de la plaza.
El verano aquí es duro. En julio y agosto el calor se queda pegado al suelo y caminar a mediodía no tiene mucho sentido. Los meses más agradecidos suelen ser otoño, finales de invierno y primavera, cuando la dehesa está verde y las charcas tienen agua.
Si sales a caminar por los alrededores, lleva agua desde el pueblo. Una vez te metes en los caminos de campo es fácil pasar un buen rato sin ver ni una tienda ni una fuente.
Al anochecer, cuando los últimos aviones ya han aterrizado y las cigüeñas se acomodan en los nidos, Talavera la Real recupera su tamaño real: un pueblo tranquilo de la Tierra de Badajoz donde conviven dos sonidos muy distintos, el rugido lejano de los reactores y el chasquido seco de las alas sobre los tejados. Aquí el paisaje no intenta impresionar. Simplemente está ahí, abierto y horizontal, como lleva siglos.