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sobre Villalba de los Barros
Destaca por su imponente Castillo de los Duques de Feria; pueblo de tradición vinícola y aceitunera
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A las diez de la mañana, las calles de Villalba de los Barros todavía guardan algo de la humedad de la noche. El sol empieza a colarse por las ventanas entreabiertas y en la plaza ya se oyen conversaciones sueltas, una persiana que sube, el golpe seco de una puerta. El turismo en Villalba de los Barros no tiene mucho que ver con planes organizados: aquí todo gira alrededor de la tierra rojiza de Tierra de Barros y de las viñas que rodean el pueblo en casi todas las direcciones.
Los campos se extienden en parcelas amplias, a veces delimitadas por muros bajos de piedra. En muchos de ellos la vid manda desde hace generaciones, y ese paisaje agrícola acaba marcando también el ritmo del pueblo.
Calles blancas y la silueta de la iglesia
Villalba ronda los 1.400 habitantes y mantiene un trazado bastante compacto. Calles estrechas, casas encaladas, puertas de madera que en verano suelen quedar entornadas para que circule el aire. Algunas viviendas esconden patios interiores donde todavía se ven macetas, pozos antiguos o parras que dan sombra.
En el centro aparece la iglesia parroquial de Santiago Apóstol. La fábrica principal se levantó en el siglo XVI y se reconoce por la piedra de tono rojizo que contrasta con el blanco de las fachadas cercanas. El campanario no es especialmente alto, pero se ve desde muchas esquinas del casco urbano y sirve un poco de referencia cuando uno se pierde por las calles.
A media mañana, cuando las campanas suenan, el eco se mezcla con el ruido de algún coche que cruza despacio la plaza.
El barro trabajado a mano
El nombre de la comarca no es casual. La tierra arcillosa de la zona ha alimentado durante siglos pequeños oficios ligados a la alfarería, y en Villalba todavía quedan algunos talleres donde se sigue trabajando el barro.
No funcionan como espacios preparados para visitas. Son talleres de trabajo real: torno, polvo en el suelo, estanterías con piezas secándose. Si uno pregunta con educación, a veces dejan asomarse un momento para ver cómo gira el torno o cómo colocan las piezas antes de entrar en el horno.
Las formas suelen ser utilitarias: vasijas, platos, recipientes para cocina. Objetos pensados para durar y usarse, no tanto para decorar una estantería.
Caminos entre viñedos
Basta salir unos minutos del casco urbano para entrar en un paisaje dominado por viñas. Caminos de tierra anchos, bastante rectos, que suben y bajan suavemente entre parcelas.
Las viñas forman parte de la zona de producción de la Denominación de Origen Ribera del Guadiana. En primavera el verde es intenso y las cepas empiezan a cerrar las filas; en verano el suelo se vuelve más polvoriento y el aire huele a tierra caliente.
No son rutas largas ni técnicas. En una hora se pueden recorrer varios kilómetros sin apenas desnivel. Conviene llevar agua si se camina en los meses más calurosos, porque la sombra es escasa.
A veces aparece una cruz de piedra junto al camino o una pequeña ermita aislada entre campos. Son elementos que recuerdan la relación antigua entre la vida agrícola y las devociones locales.
Lo que se come en las casas
La cocina de aquí es directa y bastante ligada a lo que da el campo. Migas hechas con pan asentado y ajo, gazpacho extremeño cuando aprieta el calor, guisos de caza menor —conejo o perdiz— cocinados lentamente en cazuelas de barro.
El vino forma parte de la mesa cotidiana. En muchas casas se bebe tinto de la zona, elaborado en bodegas familiares o cooperativas cercanas. No suele haber demasiados rodeos alrededor de la comida: platos sencillos, pan, vino y conversación larga.
Cuándo se mueve más el pueblo
A finales de julio suelen celebrarse las fiestas en honor a Santiago Apóstol. Durante esos días la actividad se concentra alrededor de la iglesia y de la plaza, con procesiones, música por la noche y bastante más movimiento del habitual.
En septiembre llega la vendimia. Según el año, algunos vecinos organizan actividades relacionadas con la recogida de la uva o con el mosto recién prensado, aunque los detalles cambian bastante de una edición a otra.
En carnavales también se ven comparsas y disfraces hechos en casa, con pasacalles que recorren las calles principales.
Cómo llegar y cuándo ir con calma
Villalba de los Barros está a unos 25 kilómetros de Badajoz. El acceso más sencillo es en coche, atravesando carreteras comarcales que cruzan campos abiertos y otros pueblos de Tierra de Barros.
Si te interesa caminar por los alrededores o fotografiar el paisaje, las primeras horas de la mañana y el final de la tarde son los momentos más agradecidos. En verano el calor del mediodía puede ser bastante duro y apenas hay refugio en los caminos.
Villalba no funciona como destino de grandes planes. Es más bien un lugar donde observar despacio: el viento moviendo las hojas de las cepas, el sonido del torno en un taller de barro, o la luz del atardecer pegándose a las paredes blancas de las casas. Cosas pequeñas, pero muy pegadas a la vida diaria del pueblo.