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sobre Cordobilla de Lácara
Situado en un entorno de dehesa y monte bajo; destaca por albergar uno de los dólmenes más importantes de la península
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A las cinco de la tarde, en los campos que rodean Cordobilla de Lácara, la luz entra de lado entre encinas dispersas y rastrojos de cereal. El aire huele a tierra caliente. Apenas pasa un coche por la carretera cercana. El silencio solo se rompe cuando alguna urraca levanta el vuelo desde un poste.
Este pueblo de unos 815 habitantes, en la comarca de Tierra de Mérida - Vegas Bajas, vive pegado al campo. Las colinas suaves, los cultivos de secano y las manchas de dehesa marcan el paisaje. Mérida queda relativamente cerca, así que muchos pasan por aquí después de recorrer los restos romanos de la capital.
Calles blancas y una historia tranquila
El casco urbano es pequeño. Calles cortas, algunas con ligera cuesta, donde las fachadas encaladas devuelven la luz con un tono casi plateado cuando el sol está alto. Muchas casas conservan portones anchos y patios interiores que apenas se intuyen desde la calle.
La iglesia parroquial aparece entre las viviendas sin demasiado protagonismo. Piedra, líneas sencillas y un campanario que se ve desde varios puntos del pueblo. Parece el tipo de edificio que ha ido cambiando poco a poco con los años.
La plaza suele estar en calma, sobre todo por la mañana. A esa hora se oye alguna persiana levantarse y el eco de pasos sobre el pavimento. No hace falta mucho tiempo para recorrer el centro.
Caminos entre dehesas y cultivos
Al salir del pueblo el terreno se abre enseguida. Caminos de tierra que serpentean entre parcelas agrícolas y pequeñas zonas de dehesa con encinas separadas entre sí. En primavera la hierba cubre el suelo y aparecen flores pequeñas junto a las cunetas. En verano domina el amarillo seco y el polvo fino que se levanta al pasar.
Son caminos sencillos, sin señalización turística. Los usan agricultores y vecinos para moverse entre fincas. Si te apetece caminar, basta con seguir alguno durante un rato y luego volver sobre tus pasos.
Conviene evitar las horas centrales del día en verano. El sol cae de lleno y apenas hay sombra. A primera hora de la mañana o al final de la tarde el paseo cambia mucho.
Una cocina ligada al campo
La cocina de la zona sigue muy ligada a lo que se cría o se cultiva alrededor. Cerdo de la dehesa, embutidos curados lentamente y platos de cuchara que se preparan en casa desde hace generaciones.
Las migas aparecen a menudo en reuniones familiares o en días señalados. A veces se acompañan con uvas cuando es temporada. También son habituales los potajes espesos, de esos que se hacen a fuego lento y llenan la cocina de olor a pimentón y ajo.
No es una cocina complicada. Es directa y contundente.
La luz de primera hora
Quien madruga un poco encuentra un paisaje distinto. Al amanecer, algunas mañanas aparece una neblina baja sobre los campos. El sol tarda en atravesarla y durante unos minutos todo queda en tonos rosados y grises.
Al caer la tarde ocurre lo contrario. Las sombras de las encinas se alargan sobre la tierra clara y el relieve suave del terreno se nota más. Es un buen momento para caminar por los alrededores o simplemente sentarse un rato a mirar cómo cambia la luz.
La del mediodía, en cambio, es dura. Si llevas cámara o te gusta observar el paisaje, es mejor esperar.
Mérida a un paso
Mérida queda a poca distancia en coche. Eso hace que mucha gente combine ambos lugares el mismo día: mañana entre teatros romanos y museos, tarde en un entorno más tranquilo.
El contraste se nota enseguida. En Mérida hay tráfico, grupos, movimiento constante. Aquí el sonido dominante vuelve a ser el viento entre las encinas o algún tractor que regresa al atardecer.
Si buscas grandes monumentos quizá te vayas rápido. Pero si apetece parar un rato y mirar alrededor sin prisa, el pueblo tiene ese ritmo lento que todavía se mantiene en muchas zonas rurales de Extremadura.