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sobre Don Álvaro
Situado junto al río Guadiana cerca de Mérida; lugar de segunda residencia y ocio con bonitos paisajes de ribera
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El pueblo tiene la trampa perfecta: aparece después de unos cuantos kilómetros de carretera recta entre olivares, justo cuando empiezas a pensar que el GPS te ha jugado una mala pasada. De repente, un cartel de piedra con letras doradas: Don Álvaro. Parece una broma. ¿Quién le pone Don Álvaro a un pueblo? Suena como si alguien hubiera olvidado el nombre y dijera “pues este es don… Álvaro, sí”.
Y ahí está. Un municipio pequeño de Tierra de Mérida – Vegas Bajas, con algo más de ochocientos vecinos, casas encaladas que parecen competir por ver cuál aguanta mejor el sol del verano extremeño y un silencio que te hace escuchar hasta el motor del coche cuando lo aparcas. Si buscas turismo en Don Álvaro, la pregunta aparece rápido: ¿bajarse del coche o seguir camino hacia Badajoz? Te lo cuento como se lo diría a un colega.
El pueblo que se olvidó de crecer
Don Álvaro es de esos sitios donde el plano del pueblo parece dibujado hace siglos y nadie ha tenido prisa por cambiarlo. Calles estrechas que se enredan como el cable del cargador del móvil, un pequeño parque con bancos de azulejo y un kiosco que a veces da la sensación de estar más de adorno que otra cosa.
En la plaza hay casi siempre alguien sentado. Gente mayor, bata de casa, charla lenta. No te miran directamente. Te escanean. En pueblos así distinguen al que viene de paso del que tiene familia allí desde hace tres generaciones.
La referencia del casco es la iglesia de Santa María Magdalena. Se levanta un poco por encima del resto de casas, con esa piedra tostada por años de sol. La fábrica mezcla etapas y arreglos, como pasa en muchos templos de la zona, y la torre parece ligeramente vencida, lo justo para que te fijes. Si está abierta —suele ocurrir— el interior mantiene ese olor que todos reconocemos: incienso, madera vieja, humedad de muro grueso. Nada de audioguías ni paneles kilométricos. A veces hay alguien del pueblo pendiente de que todo siga en su sitio y poco más.
La ermita de San Blas y la historia que se cuenta
Luego está la ermita de San Blas, que suele aparecer en cualquier referencia rápida sobre Don Álvaro. A menudo se la menciona como “templaria”, aunque la historia aquí tiene más matices. El edificio suele fecharse hacia el siglo XIII y en algún momento quedó vinculado a la Orden de Santiago, que fue quien acabó controlando buena parte de este territorio tras la reconquista.
Arquitectónicamente es sencilla: arco apuntado en la entrada, muros gruesos, ventanas pequeñas. Ese tipo de construcción que parece hecha más para durar que para lucirse. Por dentro guarda elementos que recuerdan a parroquias rurales de la zona, con añadidos posteriores.
El problema práctico es que no siempre está abierta. En muchos pueblos pasa lo mismo: la llave la tiene alguien concreto y depende un poco del día. Si la encuentras cerrada, lo normal es preguntar por la plaza. Al final siempre aparece alguien que sabe quién tiene la llave o cuándo suelen abrir.
Y la curiosidad histórica: el nombre del pueblo viene de Don Álvaro de Luna, personaje poderoso en la Castilla del siglo XV. Pero que el lugar lleve su nombre no significa que él anduviera mucho por aquí. Más bien parece una de esas decisiones administrativas de la época: se reparten tierras, se firma un documento y el nombre queda para siglos.
La pausa del mediodía
A mediodía el ritmo baja bastante. Las persianas se echan, los perros buscan sombra y la plaza queda medio en silencio. El bar suele convertirse en el punto donde pasa algo de vida.
Aquí no esperes cartas largas ni inventos modernos. Pides un vino o una cerveza y aparece algo para picar: aceitunas, tortilla si ha salido del momento, alguna tapa sencilla. La televisión suele estar encendida con el volumen más alto de lo que uno pondría en casa, pero casi nadie le presta atención.
La terraza —si el calor lo permite— mira hacia la iglesia. Tres o cuatro mesas, conversación lenta y el tráfico justo para recordar que la carretera pasa cerca. En algún cruce del pueblo hay un semáforo que muchas veces funciona en ámbar intermitente; parece parte del paisaje más que un regulador de tráfico.
Pequeño consejo de amigo: aquí lo normal es pedir lo que haya. Preguntar demasiado por alternativas raras suele provocar miradas curiosas. Y con razón.
La vuelta alrededor del pueblo
Cuando el sol empieza a caer, Don Álvaro cambia de humor. Las paredes ya no queman y apetece caminar un poco. Dar una vuelta completa al casco no lleva mucho tiempo, quizá tres cuartos de hora si te entretienes.
Alrededor se extienden los olivares y algunos caminos agrícolas que salen del pueblo. Alguno está señalizado como ruta local, aunque en realidad siguen siendo caminos de campo de los de toda la vida. Si ha llovido, mejor ir con calzado que no te importe manchar.
Desde esos caminos se ve bien el perfil del pueblo: casas blancas bajas, la torre de la iglesia asomando y el cielo abierto de las Vegas Bajas. Es la típica foto que luego enseñas en casa y dices: “un pueblo pequeño cerca de Mérida”. Y todo el mundo entiende el ambiente sin más explicación.
Aquí no hay museos ni tiendas pensadas para visitantes. La vida del pueblo sigue su ritmo normal: la panadería, el ultramarinos, la gente entrando y saliendo de casa.
¿Compensa parar?
La pregunta final siempre es la misma: ¿merece la pena desviarse para ver Don Álvaro?
Si vas con prisa entre Mérida y Badajoz, seguramente no cambie tu día. Pero si te sobra un rato y te apetece parar en un pueblo que sigue funcionando como pueblo —sin decorado ni rutas marcadas cada diez metros— entonces tiene su gracia.
Aparcas, subes hasta la iglesia, te acercas a la ermita si está abierta, das una vuelta corta y te tomas algo en la plaza. En poco tiempo ya tienes la medida del sitio.
Y cuando vuelves a la carretera, pasa una cosa curiosa: el silencio del pueblo se queda un rato contigo dentro del coche. Como cuando sales de una siesta corta y todavía no sabes muy bien qué hora es. Eso, en medio de un viaje largo, a veces se agradece más de lo que parece.