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sobre La Garrovilla
Localidad de las Vegas Bajas próxima a Mérida; tradición agrícola y paso de la Vía de la Plata
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Hay un momento, justo cuando el tren va a entrar en la estación, en que ves la torre de la iglesia asomando entre los chopos y te preguntas si habrás llegado a un pueblo o al decorado de una película de Almodóvar. Luego bajas al andén y ves que no: La Garrovilla es bastante terrenal. Unos 2.300 vecinos, calles llanas y una estación que llama la atención porque es grande para el tamaño del sitio. Aquí pasa la línea hacia Lisboa y durante años se habló mucho del AVE. Da la sensación de que el pueblo siempre ha vivido con la idea de que por aquí se pasa camino de otro lugar.
El truco del ojo extremeño
La primera vez que vine fue por una ruta de las grullas. Me habían dicho que en invierno se juntaban muchas en el embalse de Los Canchales y pensé: cámara al hombro y a hacer de ornitólogo por un rato. Llegué temprano, me planté en el muro del pantano… y vi cuatro pájaros contados. Un par de fotos y a otra cosa.
Luego entendí el truco. La Garrovilla no entra por los ojos a la primera. Tienes que girarte hacia la vega y mirar un poco más lejos del pueblo. Entre olivares, parcelas de regadío y almendros aparece ese paisaje tan llano de las Vegas Bajas. Aquí el agua del Guadiana y de los canales de riego manda mucho. Cambia el color del campo y también el ritmo del año.
Y están las cigüeñas. Muchas. En tejados, en espadañas y sobre todo en los postes de la luz que cruzan la vega. Ves una fila de torres eléctricas con nidos enormes encima y parece que alguien haya colocado coronas de ramas a propósito. Se supone que son aves migratorias, pero algunas llevan aquí tanto tiempo que uno diría que ya pagan impuestos municipales.
Una vuelta por el casco
El centro se recorre rápido. Empiezas en la plaza, donde está el ayuntamiento, y de ahí salen varias calles cortas que llevan casi siempre al mismo sitio.
Por la calle Real acabas llegando a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Desde fuera no parece gran cosa, más bien sobria. Pero dentro guarda una pieza curiosa: un sagrario de mármol del siglo XVI, con un trabajo muy fino en la piedra. De esos detalles que no esperas encontrar en un pueblo pequeño.
Cerca está la torre del reloj, que sigue marcando las horas con bastante carácter. Si te asomas hacia la vega desde los puntos más abiertos del pueblo, entiendes rápido cómo es esta parte de Badajoz: terreno plano, campos que se pierden a lo lejos y carreteras rectas que conectan pueblos muy cercanos entre sí.
Matanza, romería y calendario en la pared
Cuando preguntas qué se hace aquí durante el año, casi siempre aparece el calendario de fiestas.
En febrero suele celebrarse San Blas, con la tradición de bendecir panecillos y con mucha presencia de productos de la matanza. El carnaval llega poco después, bastante casero: disfraces hechos con lo que hay por casa y bastante sentido del humor.
La feria dedicada a la Virgen de la Caridad se celebra en fechas próximas a la Semana Santa. En mayo llega San Isidro y mucha gente sale al campo a pasar el día. En septiembre, el Cristo marca el final del verano con verbenas y ambiente en las calles.
También se organizan actividades alrededor de las grullas cuando llega el invierno. A veces aparecen muchas en el embalse, otras menos. Pero la escena se repite: familias caminando hacia el pantano, bocadillos en la mochila, prismáticos colgando del cuello y alguien señalando aves en el cielo mientras discuten si son grullas o cualquier otra cosa.
Cuándo ir y cómo acercarte
La primavera suele sentarle bien a la vega. Los campos están verdes y el paisaje cambia bastante respecto al verano. Cuando aprieta el calor, el llano se nota más y las horas centrales del día se hacen largas.
La Garrovilla está muy cerca de Mérida. En coche se tarda poco desde la capital extremeña siguiendo las carreteras que cruzan las Vegas Bajas. También hay estación de tren a las afueras del pueblo; desde allí se llega andando al centro en un paseo corto, aunque conviene mirar antes los horarios.
Si vas con tiempo, entra en la iglesia, date una vuelta por las calles del centro y acércate después hacia el entorno del embalse de Los Canchales o a los caminos que salen hacia la vega. En unas horas te haces una idea bastante clara del lugar.
La Garrovilla funciona bien así: como parada breve cerca de Mérida, de esas que te enseñan cómo se vive en esta parte de Extremadura sin demasiados adornos. Sales, das un paseo, miras el campo alrededor… y sigues camino. Y oye, a veces eso es justo lo que apetece.