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sobre La Zarza
Situada en la falda de la Sierra de las Peñas; destaca por sus pinturas rupestres y tradición zapatera
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Las migas extremeñas empiezan a olerse desde las ocho de la mañana, cuando el pan de ayer se desmiga sobre la mesa de madera con un sonido seco, como hojas muertas. En el turismo en La Zarza ese olor aparece pronto: ajillo caliente, torreznos recién fritos, humo saliendo por alguna chimenea baja. Se cuela por las rendijas de las puertas y acaba alcanzándote en cualquier esquina. Es el olor de un pueblo que desayuna sin prisa.
La luz de marzo derrama un oro tenue sobre los trigales que rodean el pueblo. Desde la carretera de acceso, La Zarza parece un barco de tejas encaladas anclado en medio de un mar ondulado de verde pálido. Las casas se juntan alrededor de la iglesia de San Martín, con su campanario de ladrillo rojizo levantándose por encima de los tejados. A ciertas horas —sobre todo al caer la tarde— el sonido de las campanas rebota contra las fachadas blancas y se queda flotando unos segundos en la plaza.
El tiempo de los arrieros
Si bajas por la calle Carrera, los soportales dan una sombra agradecida cuando el sol ya empieza a apretar. Las columnas de piedra tienen ese brillo mate que dejan los años y las manos. Durante mucho tiempo esta calle fue paso de arrieros que cruzaban la zona con burros cargados de mercancía entre pueblos cercanos.
En el pueblo hay un pequeño recuerdo a ese oficio, una figura que representa al arriero con su animal, mirando hacia el camino. No es raro oír a los mayores contar historias de aquellos viajes lentos por caminos de tierra.
A finales de primavera suele celebrarse una fiesta dedicada al burro y a la tradición arriera. El pueblo se llena de animales engalanados, niños montando con cuidado y conversaciones que empiezan con “mi abuelo llevaba tres…” o “aquellos sí que eran caminos”. Más que una recreación histórica, tiene algo de reunión vecinal alrededor de una memoria compartida.
Queso, dulces y cocina de casa
En algunas casas todavía se preparan quesos de oveja de forma muy sencilla, con leche de rebaños cercanos. Se curan en despensas frescas que huelen a humedad y a madera. Cuando preguntas por ellos, a veces aparecen envueltos en papel o guardados en una fiambrera vieja. No siempre están a la venta; muchas veces son para consumo familiar.
También es frecuente encontrar tortas de queso traídas de pueblos cercanos, que aquí se abren con cuidado y se comen con pan tostado. En las cocinas del barrio alto, cuando se calientan un poco, el aroma llena la habitación entera.
En el barrio más llano se han hecho tradicionalmente dulces caseros. Mantecados, roscas o bollos que se preparan en fechas señaladas, sobre todo alrededor de la fiesta de San Martín, en noviembre. La noche anterior suele ser de cocina encendida y bandejas entrando y saliendo del horno mientras en la calle empieza a notarse el frío del otoño.
Caminos alrededor del pueblo
Detrás del cementerio sale uno de los caminos que se internan en la dehesa. La senda avanza entre encinas, con el suelo cubierto de hierba baja y piedras claras. En primavera el aire huele a tomillo y romero, y no es raro oír cencerros a lo lejos o ver alguna piara moviéndose entre los árboles.
Conviene llevar agua: durante bastante tramo no hay fuentes. Más abajo, ya cerca de la zona de vega, aparecen algunas pilas antiguas donde tradicionalmente se llevaba el ganado o se lavaba la ropa.
Hacia la sierra del Calvario el camino se vuelve más empinado. La subida no es larga, pero tiene tramos de piedra suelta. Desde arriba el pueblo se ve compacto, casi redondo, rodeado por campos de cereal que cambian de color según la hora del día: verde al amanecer, dorado cuando el sol cae a plomo, más oscuro cuando empieza a bajar la tarde.
Algunos fines de semana se ven grupos de jóvenes sentados en las piedras del alto, charlando mientras cae el sol.
San Antón y la romería de verano
En enero, alrededor de San Antón, es habitual ver animales reunidos en la plaza. Perros, gatos, algún caballo, incluso gallinas en cajas de madera. Los vecinos se acercan para la bendición y el ambiente es más de encuentro que de ceremonia: conversaciones largas, niños correteando y perros oliéndose entre sí.
En verano la romería de Nuestra Señora de las Nieves sube hasta el cerro de la Calderita. Durante ese día aparecen coches aparcados en caminos donde normalmente solo se oye el viento entre las jaras. La imagen permanece en su ermita y luego baja en procesión entre cantos y ramos de albahaca. Los mayores cuentan que antiguamente la romería estaba ligada a pedir lluvia para el campo.
Cuándo acercarse
Marzo y abril suelen ser buenos meses para caminar por los alrededores. El campo está verde y el aire todavía no pesa. Las tardes se alargan y el pueblo mantiene su ritmo tranquilo.
Agosto es otra historia. El calor cae seco sobre las calles blancas y durante el día cuesta encontrar sombra fuera de los soportales o de algún portal abierto. Por la noche el ambiente se anima más y llega gente de Mérida y de otros pueblos cercanos.
Aquí no hay hoteles grandes ni calles pensadas para el turismo. Se aparca donde se puede, muchas veces en mitad de la calle sin que nadie proteste. Y si preguntas dónde comer, lo más probable es que te manden a una casa de comidas sencilla donde ese día haya lo que haya salido de la cocina: caldereta si es domingo, sopa caliente si ha llovido.
La Zarza no intenta llamar la atención. Pero hay momentos —una mañana fría con olor a leña, el sonido de las campanas al atardecer, el campo verde después de la lluvia— que se quedan rondando en la memoria bastante tiempo después de haberte ido.