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sobre Montijo
Cabeza de comarca de las Vegas Bajas; villa agrícola y de servicios con casas solariegas y actividad cultural
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Las campanas de San Pedro Apóstol dan las ocho cuando el sol todavía no ha terminado de levantar la niebla sobre los tomateros de la vega. En la plaza, los primeros cafés del día llegan con olor a migas recién hechas que se queda flotando entre las acacias. El turismo en Montijo empieza así, con algo tan sencillo como ese cruce de olores: pan frito, tierra removida y, cuando el viento gira hacia el sur, un rastro húmedo que recuerda que el Guadiana corre relativamente cerca.
La iglesia y la historia que atraviesa el pueblo
Dentro de la iglesia de San Pedro Apóstol la luz cambia. Afuera el blanco es duro; aquí dentro es más lento, más dorado. La penumbra huele a cera y a piedra fresca incluso en verano. Al final de la nave, cuando el sol entra bajo por la tarde, el retablo recibe una franja de luz que se queda quieta unos minutos, como si alguien hubiese abierto una ventana invisible.
El templo empezó a levantarse a finales del siglo XV y ha pasado por ampliaciones y reparaciones a lo largo de los siglos. Las paredes gruesas guardan ese silencio típico de las iglesias grandes de pueblo, donde se oyen pasos desde la otra punta de la nave.
Montijo suele aparecer en los libros de historia por el título nobiliario de los condes de Montijo, vinculado a la familia de Eugenia de Montijo, la emperatriz que acabaría viviendo en la corte de Napoleón III. La relación con el pueblo forma parte de ese entramado de linajes y títulos que recorren media España, y aquí se recuerda sobre todo como una curiosidad histórica más que como un episodio concreto ligado a un lugar preciso.
El convento y el olor dulce que sale a la calle
A pocos pasos, tras una tapia blanca que en primavera se llena de olor a azahar, está el convento de Santa Clara. La presencia de las clarisas se nota incluso sin entrar: a ciertas horas de la mañana el aire de la calle huele a azúcar tostado y almendra.
Tradicionalmente las monjas han preparado dulces que se venden a través del torno del convento. No siempre es fácil acertar con el momento en que se pueden comprar; en los pueblos este tipo de cosas funciona más por costumbre que por horarios escritos. Si tienes interés, lo mejor es preguntar a la gente de la zona y acercarte por la mañana.
La iglesia del convento guarda también algunas piezas de imaginería que llaman la atención de quien entra con calma. Son de esas esculturas religiosas que muestran el desgaste de siglos de devoción: madera oscurecida, dedos pulidos por el contacto de generaciones.
Una casa que mira hacia otros mares
Caminando hacia la parte más abierta del pueblo, donde la trama urbana empieza a mezclarse con naves agrícolas y almacenes de la vega, aparece una casa que rompe un poco el paisaje. Aquí la conocen como la Casa del Navegante.
La levantó, según suele contarse, un vecino que regresó de América en el siglo XIX con dinero y con ganas de dejarlo claro en la fachada. Entre los adornos se distinguen anclas, cadenas y otros motivos marineros poco habituales en un pueblo de interior. El edificio sigue siendo de propiedad privada, así que solo se puede observar desde la calle.
Al atardecer la luz se queda pegada a los relieves de la cornisa y las sombras hacen que esos detalles —barcos diminutos, figuras gastadas— aparezcan y desaparezcan según te mueves por la acera.
La laguna y las historias que circulan en voz baja
En los alrededores de Montijo hay varios caminos que se adentran en la dehesa y en zonas húmedas cercanas al Guadiana. Uno de los lugares que suele mencionarse es la llamada laguna de las Encantadas.
La tradición popular dice que en la noche de San Juan, o en otras noches de verano especialmente tranquilas, se oyen ruidos en la orilla: agua que se mueve sin viento, risas lejanas, algo parecido al roce de una tela mojada. Son historias que circulan desde hace tiempo en el pueblo y que todavía se cuentan cuando cae la noche.
El paseo hasta esa zona se hace por pistas de tierra entre eucaliptos y matorral bajo. Conviene llevar linterna si vas al anochecer y tener en cuenta que el terreno puede estar húmedo en ciertas épocas del año.
Tierra de pan, tomate y mercado
Montijo vive pegado a la vega. Se nota en el paisaje y también en la cocina. Cuando amanece, en muchos bares del centro todavía se preparan migas con pan del día anterior y torreznos que crujen al romperlos con el tenedor. En temporada de uva o de mosto, no es raro que alguien sugiera acompañarlas con un vaso pequeño.
El mercado semanal llena de ruido una de las plazas del pueblo. Los puestos de fruta y de queso se montan temprano, antes de que el sol empiece a caer de plano sobre el asfalto. Los quesos de oveja de la zona suelen aparecer envueltos en paños o papeles sencillos, y el vendedor corta la pieza con hilo o con un cuchillo largo que ya ha pasado por cientos de manos.
Si vienes en primavera verás otro movimiento: tractores cargados con plantones de tomate que cruzan el pueblo camino de los campos. Desde lejos parecen ramos verdes alineados en remolques.
Cómo llegar, cuándo ir y qué conviene tener en cuenta
Llegar
Montijo está a pocos kilómetros de Mérida y relativamente cerca de Badajoz. Se llega por carretera cómoda desde la autovía A‑5 y las vías comarcales que atraviesan las Vegas Bajas del Guadiana. El último tramo es completamente llano, con campos abiertos a ambos lados.
Cuándo
La primavera suele ser el momento más agradecido: temperaturas suaves y la vega empezando a moverse con las plantaciones. A comienzos de otoño el calor ya afloja y los atardeceres se alargan sobre los campos. En pleno verano el termómetro puede subir bastante durante el día.
Qué evitar
En días de fiestas o romerías el pueblo cambia mucho de ritmo: más tráfico, música, calles llenas. Si lo que buscas es caminar tranquilo y escuchar el sonido de las campanas o de las cigüeñas en la torre, conviene elegir una jornada más normal entre semana.
Cuando cae la tarde y las cigüeñas regresan a los nidos de la iglesia, Montijo baja el volumen. Desde alguna terraza llega el murmullo de una radio y el olor de la cena que empieza a salir de las cocinas. La luz se queda un rato sobre los silos y luego desaparece detrás de la vega. Aquí el tiempo no se llena de grandes escenas; se queda en esos pequeños momentos que pasan despacio.