Artículo completo
sobre Ibahernando
Cuna de linajes históricos con una interesante estela de granito en su iglesia
Ocultar artículo Leer artículo completo
A las diez de la mañana, en la plaza principal, el aire aún conserva la humedad de la noche. Si uno llega con la idea de hacer turismo en Ibahernando, lo primero que encuentra es esto: silencio entre casas de piedra, la luz filtrándose por las ramas de algunos árboles y el sonido irregular de unas ruedas de bicicleta sobre el adoquinado. Un par de vecinos hablan despacio en un banco. Nadie parece tener prisa.
Situado en la comarca de Trujillo, en el interior de Cáceres, Ibahernando se mueve a otro ritmo. El pueblo ronda el medio millar de habitantes y eso se nota enseguida: las calles son cortas, muchas veces estrechas, y las puertas se abren directamente a la calle. En las fachadas se mezclan granito oscuro, tramos encalados y tejados de teja vieja. A unos 540 metros de altitud, las mañanas suelen arrancar frescas incluso cuando el verano ya aprieta en la llanura.
La iglesia de San Juan Bautista y la plaza
La iglesia parroquial de San Juan Bautista domina la plaza. El edificio actual se levanta, según suele indicarse en las referencias locales, en torno al siglo XVI, con una torre que se reconoce desde varios accesos al pueblo. Al acercarte se aprecia bien la piedra gastada y las juntas irregulares del muro, señales de muchas reparaciones a lo largo del tiempo.
La puerta no siempre está abierta. Si te interesa entrar, conviene preguntar antes a algún vecino o pasar a distintas horas durante el día; en pueblos pequeños las iglesias suelen abrirse cuando hay actividad parroquial.
La plaza funciona como punto de reunión. A media tarde aparecen más voces, alguien saca una silla a la puerta y los niños cruzan la plaza de lado a lado. No es raro que el ambiente cambie mucho entre semana y los fines de semana, cuando regresan familiares que viven fuera.
Calles de granito y patios escondidos
Al alejarse unos metros de la plaza empiezan calles donde el granito manda. Muros gruesos, ventanas pequeñas para protegerse del calor y portones de madera oscurecida por los años. De vez en cuando, una cancela deja ver patios interiores con macetas, alguna parra y el suelo de tierra apisonada.
No es un pueblo grande, así que el paseo se hace sin mapa. Aun así, merece la pena caminar despacio y fijarse en los detalles: aldabas gastadas, bancos pegados a las fachadas, cables que cruzan de una casa a otra. A primera hora de la tarde, cuando el sol cae casi vertical, muchas calles quedan en sombra y el ambiente se vuelve sorprendentemente fresco.
Caminos entre dehesas
En cuanto sales del casco urbano aparecen caminos agrícolas que se internan en la dehesa. Encinas, alcornoques dispersos y praderas que cambian mucho según la estación: muy verdes tras las lluvias y amarillentas cuando avanza el verano.
No todos los caminos están señalizados. Si te gusta caminar, es buena idea llevar una aplicación de mapas o preguntar antes por rutas habituales. Algunos senderos llevan hasta pequeñas charcas estacionales donde en primavera se oyen ranas y se ven aves acercándose al agua.
Durante el invierno es relativamente frecuente ver grullas en los alrededores de la comarca de Trujillo. Suelen moverse entre dehesas y campos abiertos; al amanecer y al atardecer se escuchan antes de verlas, con ese sonido ronco que cruza el cielo en bandada.
Cocina de casa y productos del cerdo
En las casas y bares del entorno siguen pesando mucho los productos del cerdo. Embutidos curados, morcillas y piezas adobadas forman parte de la despensa habitual en muchos pueblos de esta zona. También aparecen platos de cuchara: guisos espesos, migas hechas con pan asentado y recetas que cambian poco de una generación a otra.
En otoño, cuando el campo empieza a moverse después de las primeras lluvias, algunas setas silvestres entran en la cocina local. No todos los años salen igual ni en las mismas cantidades, así que lo mejor es preguntar qué se está cocinando esos días.
Fiestas del calendario local
Las celebraciones giran en torno al calendario religioso y a las reuniones vecinales. San Juan Bautista, patrón del pueblo, se celebra a finales de junio con procesiones y música en la calle. En febrero suele tener protagonismo San Blas, con actos ligados a la tradición agrícola.
La Semana Santa se vive de forma sobria, con recorridos cortos por las calles del casco antiguo. Y en verano, cuando regresan muchos vecinos que viven fuera, aparecen verbenas y reuniones nocturnas en plazas y patios, aprovechando el aire más fresco de la noche.
Cuándo venir con más calma
La primavera y el comienzo del otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por los alrededores. En abril y mayo el campo cambia de color casi cada semana; en septiembre y octubre la luz se vuelve más suave y el calor aprieta menos.
En pleno verano las horas centrales del día pueden ser duras. Si vienes entonces, lo mejor es madrugar para pasear por el pueblo o salir al campo temprano, y dejar las tardes para sentarse en la plaza cuando empieza a correr algo de aire.