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sobre La Cumbre
Municipio situado en un altozano con una casa-palacio renacentista y tradición ganadera
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Hay un momento, justo cuando dejas atrás Trujillo y el coche empieza a subir, en el que la carretera se convierte en un balcón sobre Extremadura. A tu izquierda, la dehesa se abre como una alfombra verde con manchas de encinas y algún olivo perdido. A la derecha aparece un cartel medio despintado que dice “La Cumbre”. Si vas distraído, casi ni lo ves. Y eso sería una pena.
Porque el turismo en La Cumbre funciona un poco como ese compañero de trabajo que apenas habla en las reuniones y luego descubres que toca la guitarra en un grupo de blues. No hace ruido, no intenta llamar la atención, pero cuando paras un rato entiendes que aquí hay algo.
El pueblo que se subió a la meseta
Lo primero que notas al llegar es el silencio. No el silencio incómodo de un ascensor, sino el de verdad: pájaros, alguna puerta que se cierra, una conversación lejana en la plaza.
La Cumbre está a unos 480 metros de altura. Sobre el papel no parece gran cosa, pero cuando bajas del coche se nota que el aire corre distinto que en la llanura. El pueblo se coloca sobre una loma suave, con calles que suben y bajan sin demasiada lógica, como pasa en muchos pueblos antiguos: primero se vivía y luego ya, si eso, se ordenaban las calles.
Las casas tiran mucho de granito y de paredes gruesas, de esas que aguantan bien el verano extremeño. Caminando por el centro te da la sensación de que el color de las fachadas y el de las piedras del campo es casi el mismo.
Y un aviso práctico: el casco antiguo es de calles estrechas. Si vienes en coche, lo más cómodo suele ser dejarlo en alguna zona abierta del centro o cerca de la plaza y moverte andando. No es un sitio grande y en diez minutos te has orientado.
El rollo de justicia en la plaza
En la plaza aparece uno de esos elementos que te recuerdan que el pueblo lleva aquí mucho tiempo: el rollo de justicia. Un pilar de granito que, históricamente, servía para mostrar la jurisdicción de la villa y, en épocas menos amables, también para castigos públicos.
Hoy está ahí con bastante más calma que en su época. Es de esas piezas que muchos pasan por alto, pero si te paras un momento te das cuenta de que ha visto pasar generaciones enteras del pueblo.
Desde la parte alta se levanta la iglesia de San Pedro, levantada en el siglo XVI. La torre cuadrada se ve desde varios puntos del pueblo y funciona un poco como referencia para orientarte. Dentro suele encontrarse ese ambiente típico de iglesia de pueblo: olor a cera, piedra fría y silencio respetuoso, incluso si entras solo a curiosear.
Jamón, dehesa y vida normal
La dehesa manda en todo lo que rodea a La Cumbre. Encinas, pasto y, cuando toca temporada, cerdos ibéricos moviéndose a su ritmo por el campo.
Aquí el jamón ibérico no se vive como un producto de escaparate. Es parte de la vida cotidiana. En muchas casas todavía es normal tener piezas curándose o guardadas para ir tirando durante el año. No hay mucha parafernalia alrededor: simplemente forma parte de la despensa.
Si vienes de ciudad, llama la atención ver lo cerca que está el campo del propio pueblo. Sales un poco del casco urbano y ya estás entre cercas, caminos de tierra y encinas.
Fiestas que hacen volver a la gente
Como en muchos pueblos de la zona, el calendario se anima bastante cuando llegan las fiestas.
Alrededor de San Isidro, a mediados de mayo, suele celebrarse una romería muy ligada al campo. Es uno de esos días en los que aparecen vecinos que viven fuera y vuelven para pasar la jornada con familia y amigos.
En verano, hacia agosto, llegan las fiestas principales del pueblo. Durante varios días la plaza se convierte en el centro de todo: verbenas, reuniones largas al fresco y ese ambiente de reencuentro típico de los pueblos cuando regresan los que se fueron a trabajar fuera.
Una calzada antigua escondida entre el campo
A unos kilómetros del núcleo, por la zona conocida como La Puente, se conservan restos de una antigua calzada que suele atribuirse a época romana. No es un gran monumento ni un lugar preparado como atracción, más bien lo contrario.
Parte del trazado aparece entre vegetación y caminos rurales, y no siempre está bien señalizado. Lo normal es preguntar en el pueblo cómo llegar o por qué camino acercarse. Es de esos sitios donde, si das con él, probablemente estés completamente solo.
Y tiene su gracia: caminar por unas piedras que llevan ahí siglos mientras alrededor solo hay campo.
El momento de irse
La Cumbre no es un sitio al que venir con una lista de cosas que “hacer”. Es más bien un lugar para parar un rato, dar una vuelta por el centro, sentarte en la plaza y mirar cómo transcurre la mañana.
Sabes cuando llegas a un pueblo y en media hora ya has entendido el ritmo del sitio. Pues eso pasa aquí.
Si vienes desde Trujillo, una visita corta encaja bien en la ruta. Paseo, plaza, iglesia, una vuelta por las calles y listo. Y cuando vuelvas a bajar por la carretera, eches un último vistazo atrás: el pueblo se queda arriba, sobre la loma, rodeado de dehesa. Quieto, sin prisa, como lleva haciendo mucho tiempo.