Artículo completo
sobre Miajadas
Capital europea del tomate; villa industrial y agrícola dinámica
Ocultar artículo Leer artículo completo
A las seis de la mañana, el aire de Miajadas huele a tomate verde y tierra recién removida. Todavía es de noche cuando empiezan a pasar los primeros camiones por la carretera que cruza el pueblo rumbo a los almacenes. Desde una ventana cualquiera del centro se ve cómo el sol empieza a raspar los campos de regadío de alrededor, algunos convertidos en láminas de agua donde el cielo se refleja a trozos. A esa hora los jornaleros se agrupan junto a las máquinas con el paso lento de quien sabe que el día será largo.
Miajadas no se anda con presentaciones. Es un pueblo agrícola de algo menos de diez mil habitantes que vive pegado al ritmo de las campañas del campo, sobre todo del tomate que después acaba convertido en salsa o concentrado en las industrias de alrededor. Aquí no hay casas colgadas ni callejones pensados para la foto; lo que hay es una plaza mayor amplia, pavimentada con losas de granito gastadas por años de mercado, y una iglesia que se sostiene sobre cuatro pilares como si fuera un pequeño desafío a la gravedad.
El olor que llega antes que el pueblo
Entrar en Miajadas por la mañana suele venir acompañado de un olor dulzón que se queda flotando en el aire. A ratos llega de las fábricas de transformación, otras veces de los remolques cargados que esperan turno en los almacenes. Se mezcla con el olor más seco de la dehesa que empieza en cuanto se alejan los regadíos.
Cuando el tomate está en plena campaña, a mediados de verano, ese olor se vuelve más intenso y forma parte del paisaje igual que el ruido de los tractores. En primavera, en cambio, el pueblo respira de otra manera: el aire es más ligero y los campos alrededor están verdes o cubiertos de agua, según el cultivo.
La Plaza Mayor concentra buena parte de la vida diaria. No es una plaza pensada para pasear despacio sino para sentarse un rato, hablar y mirar quién pasa. Las terrazas sacan sillas a la acera, los mayores se arriman a la sombra y a mediodía se oyen platos y cubiertos mucho antes de que el calor apriete. Aquí se come temprano y con producto cercano: gazpacho espeso cuando llega el buen tiempo, migas en los meses fríos, arroz de los regadíos cercanos que a veces aparece acompañado de setas de la dehesa cuando la temporada viene buena.
Una iglesia sostenida por cuatro pilares
La iglesia de Santiago Apóstol aparece en el centro del pueblo con una estructura poco habitual. El edificio original empezó a levantarse entre los siglos XV y XVI y, después de incendios y daños en distintas épocas, terminó adoptando esa solución extraña: el templo se sostiene básicamente sobre cuatro grandes pilares que sostienen las bóvedas.
Dentro huele a cera y a piedra fría. La luz entra por las ventanas altas y cae sobre el suelo irregular, donde algunas losas están ligeramente hundidas por el paso de los años. No suele haber demasiada gente; si la puerta está abierta, se entra y se sale en silencio.
Enfrente se levanta el palacio del obispo Solís, de fachada clara y rejas oscuras. Hoy es una propiedad privada y se ve solo desde la calle. A última hora de la tarde, cuando el sol baja, la fachada toma un color dorado que dura apenas unos minutos. Muy cerca queda también la llamada Casa de los Casillas‑Trespalacios, con restos de pinturas murales y un aire de edificio que ha ido cambiando de manos y de usos con el tiempo.
Caminos entre regadíos y dehesa
Al salir del casco urbano basta caminar unos minutos para entender cómo funciona el paisaje de Miajadas. Primero aparecen los regadíos: parcelas grandes, canales de agua, caminos de tierra por los que pasan tractores dejando una nube de polvo claro. Más allá empiezan las encinas y los terrenos más secos.
Por los alrededores hay varias ermitas pequeñas repartidas entre fincas y caminos agrícolas. Una de ellas, dedicada a San Bartolomé según cuentan en el pueblo, queda a unos kilómetros del núcleo urbano y suele aparecer al final de una pista de tierra entre encinas. El edificio es sencillo, casi una caja de piedra con una cruz metálica en lo alto. Muchas veces está cerrado.
Desde esos caminos se ve bien la llanura del entorno: rectángulos verdes o encharcados según la época, plásticos de invernadero que brillan con el sol, y al fondo el perfil bajo de Miajadas.
Si sales a caminar, mejor hacerlo temprano. A partir de media mañana el calor empieza a apretar buena parte del año y la sombra escasea en muchos tramos. Lleva agua: en los caminos agrícolas no hay fuentes.
Cuándo venir y qué esperar del pueblo
El turismo en Miajadas tiene más que ver con entender el paisaje agrícola de la zona que con buscar monumentos uno detrás de otro. El pueblo funciona como centro de una comarca muy ligada al regadío y a la industria del tomate.
La primavera suele ser el momento más agradable para pasear por los alrededores: temperaturas suaves, campos verdes y agua en muchos de los cultivos. En verano el pueblo cambia de ritmo porque coincide con la campaña del tomate y con algunas celebraciones populares que suelen llenar la plaza por la noche.
Agosto puede hacerse pesado si no estás acostumbrado al calor de esta parte de Extremadura. Durante el día las calles quedan casi vacías y la vida se mueve a la sombra o dentro de las casas.
Y no esperes tiendas de recuerdos pensadas para turistas. Lo que la gente se lleva de aquí normalmente es mucho más simple: latas de tomate, arroz de los campos cercanos o embutido comprado para el camino. El olor del tomate, eso sí, suele viajar contigo unos cuantos kilómetros más.