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sobre Zorita
Pueblo agrícola cercano a zonas de avistamiento de aves y embalse
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Las campanas de San Pablo repican hacia las siete y media de la mañana, cuando la niebla todavía se queda enganchada en los tejados. Desde la plaza llega olor a pan reciente. La calle baja en pendiente hacia las afueras, y en ese aire frío de primera hora también se mezcla el olor seco de la encina. En Zorita el día empieza antes de que el sol levante la bruma sobre los campos.
El pueblo se asienta sobre una peña baja. Abajo, el arroyo Pizarroso abre una franja más verde entre olivares y cercas de piedra. En las manchas de dehesa se ven rebaños de merinas moviéndose despacio, con el tintineo irregular de los cencerros. Las casas blancas trepan por la ladera hacia lo que queda del castillo.
Las ruinas del castillo y el paisaje alrededor
Subir hasta el castillo es un paseo corto pero con pendiente. El camino serpentea entre muros antiguos y trozos de mampostería que asoman entre las hierbas. De la fortaleza quedan varios lienzos de muralla y una plataforma desde la que se entiende bien por qué se levantó aquí: la vista alcanza las llanuras que rodean Trujillo y, con buena visibilidad, las sierras del sur.
El castillo tiene origen medieval y fue reformado en distintas épocas, algo que se nota en las piedras. No todo está señalizado. A media tarde la luz cae de lado sobre las paredes y marca las grietas y los huecos de antiguas estancias.
A poca distancia del casco urbano está la ermita de Fuente Santa. En uno de sus muros hay piezas de piedra reutilizadas de épocas anteriores. A sus pies brota una fuente pequeña, rodeada de vegetación, que sigue siendo lugar de paseo para los vecinos.
La cocina de casa
A mediodía el pueblo huele a guiso. En muchas casas todavía se cocina despacio. La caldereta de cordero aparece con frecuencia en reuniones familiares, con ese fondo rojo del pimentón que se nota desde la puerta.
También son comunes las migas, que cada casa prepara a su manera. Algunas llevan uvas o algún toque de fruta cuando es temporada. El queso de oveja, procedente de ganaderías de la zona, suele aparecer en la mesa junto a pan de corteza gruesa.
Cuando llegan las ferias ganaderas del otoño o las fiestas del pueblo, los puestos de comida y los corrillos alrededor de las planchas convierten la plaza en un lugar más ruidoso.
Caminos cortos entre dehesas
Desde el propio pueblo salen varios caminos de tierra que usan a diario agricultores y gente que sale a andar. Uno sube hacia la peña del castillo y continúa entre jaras y tomillos. En primavera el monte bajo se llena de flores y el olor a jara caliente se nota incluso con viento.
Hacia el otro lado, el camino que baja al arroyo Pizarroso atraviesa encinas viejas y pequeñas charcas donde a veces se ven garzas. No es un recorrido largo ni especialmente señalizado, pero se camina fácil si no ha llovido mucho.
Si te gusta observar aves, el embalse de Sierra Brava queda relativamente cerca en coche.
Un pueblo que ha cambiado mucho
A mediados del siglo XX Zorita tenía muchos más habitantes. Como en tantos pueblos, la emigración redujo la población durante décadas. Aun así, sigue teniendo movimiento: el ayuntamiento, el colegio y las explotaciones agrícolas mantienen actividad.
Algunos edificios antiguos siguen en pie, como el pósito municipal. En las casas más viejas todavía aparecen vigas oscuras, patios interiores y corrales donde antes se guardaban animales.
Las fiestas principales suelen concentrarse entre la primavera y el verano. La romería de la Virgen de Fuente Santa, que se celebra a finales de mayo, reúne a vecinos y familias que vuelven esos días al pueblo. Más adelante, en verano, la plaza se llena de sillas al caer la noche.
Cuándo ir: La primavera es un buen momento para caminar por los alrededores. La dehesa está verde y las temperaturas permiten moverse sin el calor fuerte posterior.
Qué tener en cuenta: En los meses centrales del verano el sol cae con fuerza en las horas centrales del día. Si quieres subir al castillo o caminar por los caminos cercanos, hazlo temprano por la mañana o al final de la tarde.
Cuando la luz se va apagando, las sombras de las casas se alargan sobre la peña y el pueblo vuelve a quedarse en silencio. Se oyen algunos coches pasar por la carretera, algún perro ladrando a lo lejos y, si el aire está quieto, el murmullo del arroyo Pizarroso. Zorita, a esa hora, recupera su ritmo.