Artículo completo
sobre Valdelacalzada
Pueblo de colonización famoso por la floración de sus frutales; paisaje espectacular en primavera
Ocultar artículo Leer artículo completo
Llegué a Valdelacalzada un martes a media mañana y el pueblo olía a pan recién hecho y a tierra mojada. No es que hubiera llovido —es Extremadura en mayo—, pero estaban regando los naranjos de la entrada. Ese olor a suelo húmedo siempre me recuerda al patio de mi abuela cuando sacaba la manguera. Fue lo primero que pensé al empezar a caminar por aquí: el turismo en Valdelacalzada va más de vida cotidiana que de monumentos.
El pueblo que no se vende
Valdelacalzada ronda los 2.743 habitantes. Suena a cifra del INE —y lo es—, pero traducido a la práctica significa que aquí no hay esa sensación de sitio desbordado que a veces tienen otros pueblos conocidos de la zona. Es un pueblo agrícola de verdad, de los que siguen funcionando porque hay campo alrededor.
Los almendros, los olivos y las huertas llegan casi hasta las últimas casas. Y los tractores aparcan en la calle como si fueran un coche más. Cuando pasé por la plaza, por ejemplo, había uno junto a la acera mientras un par de vecinos hablaban apoyados en el capó.
La plaza es recogida: la iglesia de San Juan Bautista, algunos bancos y el ir y venir de la gente que hace recados. Nada de carteles en varios idiomas ni menús pensados para guiris. En un bar de la zona sonaba la radio y la puerta estaba abierta de par en par. Entré a por café y me cayó esa mirada rápida de “este no es de aquí”. Dura dos segundos. Luego todo vuelve a la normalidad. Ese tipo de sitio.
La iglesia que no necesita filtros
La iglesia de San Juan Bautista es de las que te encuentras en muchos pueblos de Extremadura: sobria por fuera y más interesante cuando entras. El edificio actual se levantó hace varios siglos —creo que sobre base del XVI, aunque aquí conviene no jugar a historiador— y tiene una torre cuadrada que se ve desde bastantes puntos del pueblo.
Las campanas marcan el tiempo con ese sonido irregular de las de verdad, no el tono limpio que sale de un altavoz. Si la puerta está abierta —suele pasar por las mañanas— merece la pena entrar un momento.
Dentro no hay paneles explicativos ni recorrido marcado. Solo bancos de madera, vigas en el techo y ese olor mezcla de cera, piedra y humedad que tienen muchas iglesias antiguas. La luz entra desde arriba y tiñe todo de un tono amarillento que parece sacado de una foto vieja.
El gazpacho que no es el de Instagram
Aquí el gazpacho no tiene nada que ver con el que ves en redes. El gazpacho extremeño es más espeso y se come casi con tenedor: pan, tomate, pimiento, ajo, aceite y agua. Plato hondo y listo.
La primera vez que lo probé pensé algo tipo: “esto está a medio camino entre una sopa fría y el salmorejo, pero sin tanto teatro”. Y además cada casa lo hace a su manera.
Un amigo de aquí me contaba que su abuela le pone huevo duro picado. Otros añaden jamón. Y en el bar donde lo probé lo terminaban con un buen chorro de aceite crudo por encima. Cuando preguntas por la receta, la respuesta suele ser una sonrisa y un cambio rápido de tema.
Cuando el pueblo se anima un poco
La primavera es cuando mejor se entiende el paisaje alrededor de Valdelacalzada. Los campos están verdes durante unas semanas, los almendros ya han pasado la floración y el aire todavía no tiene el calor serio del verano extremeño.
Por las tardes se ve una escena bastante común en muchos pueblos de la zona: gente sacando la silla a la puerta de casa y charlando mientras cae el sol. Si vienes de ciudad, al principio te parece una costumbre curiosa. A la media hora ya te dan ganas de hacer lo mismo.
En estas fechas también suelen organizarse encuentros y ferias relacionadas con el campo y la maquinaria agrícola. No siempre caen en las mismas fechas, pero cuando coinciden el pueblo se mueve bastante más: tractores nuevos expuestos, agricultores mirando motores como quien mira coches deportivos, y familias paseando entre los puestos.
El detalle que te lo cambia todo
Lo que más me gustó de Valdelacalzada es algo difícil de explicar: nadie está pendiente de que hayas venido.
No hay tiendas de recuerdos, ni rutas señalizadas pensando en visitantes, ni aparcamientos reservados. Llegas, dejas el coche donde encuentres sitio —normalmente no cuesta— y caminas.
A las afueras hay una pequeña elevación desde la que se abre la vista hacia las vegas del Guadiana. No es un mirador construido como tal; más bien un punto alto al que se llega andando desde la zona deportiva en pocos minutos. Arriba hay un banco y campo abierto alrededor.
Es el típico sitio donde te sientas un rato y te quedas mirando las parcelas y las acequias sin hacer mucho más. Durante cinco minutos te planteas lo de mudarte al pueblo. Luego recuerdas el trabajo, la fibra de internet y esas cosas.
El consejo de amigo
Si pasas por Valdelacalzada, tómalo con calma. No porque haya una lista de cosas que ver, sino porque el ritmo del sitio va más despacio.
Date una vuelta por las calles que salen de la plaza, escucha las conversaciones a media voz desde las puertas abiertas y párate a tomar algo sin mirar el reloj. Si alguien te pregunta de dónde vienes —pasa a menudo—, contesta y deja que la charla fluya.
Calzado cómodo, paseo corto y pocas expectativas. Con eso basta.
Y si es temporada, pregunta por la fruta de las huertas de alrededor. A mí me hablaron de los nísperos con un entusiasmo sospechoso. No los probé porque no era época, pero la forma en que lo decían me dejó claro que, cuando salen, vuelan.