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sobre Segura de Toro
Pueblo serrano famoso por el Toro Celta de piedra en su plaza y castaños milenarios
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Al caer la tarde, en los caminos de tierra que rodean Segura de Toro, el aire suele oler a leña y a humedad de monte. La luz baja entra entre castaños y robles y se queda pegada a los muros de piedra del pueblo. Desde lejos se ve pequeño, recogido, con tejados oscuros y paredes claras que resaltan sobre el verde del Valle del Ambroz.
Dentro, las calles son estrechas y algo irregulares, de esas que obligan a caminar despacio y mirar al suelo de vez en cuando. El granito aparece en casi todas partes: en las fachadas, en los escalones gastados, en los muros que separan pequeños patios. Algunas ventanas tienen macetas con hierbas o flores sencillas. Otras permanecen cerradas la mayor parte del día. A menudo se escucha el golpe seco de la leña al partirse o el ruido de una puerta que se abre y se vuelve a cerrar.
En pleno Valle del Ambroz, Segura de Toro funciona más como un lugar donde parar que como un sitio lleno de planes. El pueblo es pequeño —no llega a doscientos vecinos— y el ritmo se nota desde el primer momento. Conviene venir sin prisa y, si es posible, fuera de las horas centrales del verano, cuando el calor cae con fuerza sobre las calles empedradas.
Un toro de piedra en mitad del pueblo
Hay un elemento que llama la atención incluso antes de fijarse en las casas: el verraco de piedra que se encuentra en el centro del casco urbano. Es una escultura zoomorfa de origen vetón, tallada hace más de dos mil años. El granito está desgastado y oscuro, pero aún se distinguen las formas del animal.
No es un monumento aislado ni protegido tras vallas; está integrado en la vida cotidiana del pueblo. La gente pasa a su lado al ir a comprar el pan o al sentarse un rato en la plaza. Esa mezcla entre pieza arqueológica y objeto cotidiano le da una naturalidad rara de ver en otros sitios.
Muy cerca se levanta la iglesia parroquial, dedicada a la Asunción. Su presencia organiza el pequeño núcleo urbano. El edificio ha tenido reformas a lo largo del tiempo y por dentro conserva retablos y algunas tallas religiosas que todavía se usan en las celebraciones del calendario local.
El trazado del pueblo sigue la pendiente del terreno: calles que suben y bajan, esquinas estrechas, chimeneas cónicas sobresaliendo por encima de los tejados. En invierno esas chimeneas se notan enseguida por el olor a humo que queda suspendido en el aire frío de la mañana.
Caminos que salen del pueblo
Basta alejarse unos minutos andando para encontrarse con senderos entre muros de piedra seca y pequeñas parcelas. Los castaños dominan buena parte del paisaje. En otoño el suelo se cubre de hojas y erizos abiertos, y el ruido al caminar cambia: cruje, se rompe, se hunde un poco bajo las botas.
Hay varios caminos tradicionales que comunican con otros pueblos del valle o con zonas de monte bajo. No todos están señalizados, así que conviene llevar un mapa o alguna referencia si se pretende caminar largo rato.
A primera hora del día es frecuente ver niebla baja en el valle mientras el sol empieza a tocar las copas de los árboles. Por la tarde ocurre lo contrario: la luz cae desde el oeste y las laderas se vuelven más oscuras, casi azuladas.
Quien quiera subir más alto tiene cerca la Sierra de Béjar, donde el terreno cambia y los senderos se vuelven más exigentes. Ya no hay tanto castaño y aparecen zonas de roca y piorno. Son excursiones que conviene preparar con algo de tiempo.
Lo que se come cuando llega la temporada
La cocina de la zona sigue muy ligada a lo que da el entorno. En otoño las castañas aparecen en muchas recetas, tanto en platos salados como en dulces. También es época de setas en los montes cercanos, aunque siempre con la precaución habitual si no se conocen bien.
En invierno son comunes los guisos contundentes: migas, carnes de caza cuando la temporada lo permite, platos de cuchara que se agradecen después de una mañana fría en el campo. No es una cocina complicada, pero sí muy ligada al producto local y a las estaciones.
Cuándo venir y qué tener en cuenta
El otoño suele ser uno de los momentos más agradecidos para acercarse a Segura de Toro. Los castañares cambian de color y el valle huele a hoja húmeda. En verano el pueblo recibe más gente, sobre todo los fines de semana y durante las fiestas de agosto, cuando muchos vecinos que viven fuera vuelven unos días.
Si se llega en coche, hay que tener en cuenta que las calles del centro son estrechas. Lo más práctico suele ser aparcar en la parte baja y recorrer el casco urbano andando. En realidad, todo se ve en un paseo tranquilo.
Segura de Toro no es un lugar de grandes monumentos ni de actividad constante. Tiene más que ver con sentarse un rato en la plaza, escuchar el viento en los castaños o caminar sin rumbo por los caminos que salen del pueblo. A veces eso es suficiente.