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sobre Barrado
Mirador natural entre el Jerte y la Vera conocido por sus robledales y cerezos; pueblo de montaña auténtico
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La primera luz entra por la ladera y tarda un rato en tocar las calles de Barrado. A esa hora el pueblo aún está medio en sombra y se oye más el agua de la garganta que los coches. Turismo en Barrado, si se quiere llamar así, empieza justo ahí: con el sonido del agua bajando entre piedras y el olor húmedo de los castaños.
Barrado está en la parte alta del Valle del Jerte, apartado del fondo del valle donde se concentran los cerezos. Aquí mandan más los castaños y las huertas pequeñas. El pueblo se agarra a la pendiente con casas de piedra oscura y tejados de pizarra. Las calles suben y bajan sin demasiada lógica, estrechas, con escalones gastados y balcones de madera que crujen cuando sopla viento de la sierra.
La iglesia y las calles del centro
Al entrar por la carretera aparece la iglesia de San Sebastián, construida en piedra. Suele situarse su origen en el siglo XVI, aunque el edificio ha tenido arreglos posteriores. No es grande ni recargada. El campanario de madera llama la atención desde lejos, sobre todo al atardecer, cuando la luz se queda enganchada en las tablas.
Alrededor de la iglesia las calles se enredan entre casas antiguas. Algunas conservan portales de granito y pequeñas bodegas en la planta baja. En invierno es fácil ver leña apilada junto a las puertas. El silencio aquí no es total: se oyen gallinas, algún tractor que sube despacio y el eco de las campanas.
La garganta de Barrado
Desde el centro del pueblo se baja caminando hacia la Garganta de Barrado. El camino ronda el cuarto de hora si se anda sin prisa, aunque la vuelta cuesta más porque la pendiente se nota. Conviene llevar calzado con suela firme; algunas zonas tienen tierra suelta y raíces.
El agua corre entre rocas grandes y forma pozas. En verano mucha gente del pueblo baja a refrescarse o a sentarse cerca del agua. La sombra de los alisos y los castaños mantiene el ambiente fresco incluso en días de calor fuerte. El agua suele estar fría todo el año.
Castaños, huertas y estaciones
Las laderas alrededor del pueblo están llenas de castaños. En otoño el suelo se cubre de hojas gruesas y erizos abiertos. Es época de movimiento en las fincas. Muchas son privadas y conviene respetar cierres y caminos.
La primavera se nota más en los bordes del pueblo que en los grandes paisajes. Brotan hierbas entre las piedras de los muros y aparecen flores pequeñas en los caminos. Los cerezos se ven sobre todo más abajo, en el fondo del valle del Jerte.
En verano el calor aprieta a partir del mediodía. Si se quiere caminar, mejor salir temprano. A primera hora el aire aún baja fresco de la sierra y el pueblo está tranquilo.
Pasear sin salir demasiado lejos
Barrado no es grande. En menos de una hora se recorren sus calles principales. Aun así conviene ir despacio y mirar los detalles: antiguos lagares, corrales pegados a las casas o pequeños huertos detrás de tapias de piedra.
Desde el propio pueblo salen senderos que conectan con caminos tradicionales de la zona. Algunos bajan hacia gargantas cercanas y otros suben hacia zonas de monte. No todos están señalizados, así que es fácil acabar dando la vuelta antes de lo previsto.
Algunas cosas a tener en cuenta
La carretera de acceso tiene curvas y tramos estrechos. Nada complicado, pero conviene conducir con atención, sobre todo de noche o con lluvia.
En el pueblo los servicios son pocos y la vida sigue un ritmo tranquilo. Si se planea caminar varias horas por la garganta o por el monte, mejor llevar agua y algo de comida.
Barrado no vive pendiente del visitante. Es un pueblo pequeño, de menos de cuatrocientos vecinos, donde lo normal es ver huertas trabajadas, perros durmiendo a la sombra y humo saliendo de alguna chimenea en invierno. El resto lo pone el paisaje: piedra, agua y castaños alrededor.