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sobre Casas del Castañar
Pueblo del Jerte rodeado de castaños centenarios y cerezos; paisaje cambiante en cada estación
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Hay algo de honesto en un pueblo que tiene el tamaño de un supermercado medio. Vas por la CC‑168, subes un repecho, y de pronto estás dentro. No hay carteles gigantes ni aparcamientos enormes. Solo un cruce de dos calles, algún bar que abre cuando toca, y un olor a leña que te dice que has llegado a Casas del Castañar. Un puñado de vecinos repartidos entre casas de piedra que parecen agarradas a la ladera por si acaso el viento se lleva todo lo demás.
El castaño que se hizo pueblo
La historia del lugar suena a esas decisiones prácticas que en el campo se toman sin darle demasiadas vueltas. El asentamiento antiguo estaba en Asperilla, un par de kilómetros más arriba, pero los castaños tiraban mucho. Ya sabes: sombra en verano, castañas en otoño y leña cuando hace falta. Así que el pueblo acabó bajando hacia donde estaban los árboles.
El despoblado de Asperilla todavía se menciona por aquí, como ese trastero al que vas de vez en cuando para recordar de dónde vienen las cosas. Hoy Casas del Castañar está a unos 675 metros de altura, rodeado de castaños viejos que dan la sensación de llevar aquí más tiempo que casi todo lo demás.
En el término hay varios catalogados como Árboles Singulares: el Condelobo, el de la Fuente de las Escobachas y el de los Raelengos. Si quieres verlos, toca caminar un poco. No están en la plaza ni junto a la carretera. Están donde siempre han estado: en el monte, creciendo a su ritmo.
Cuando el pueblo huele a pan y a humo
Lo primero que notas es el silencio. Ese silencio que en realidad no es silencio del todo, porque huele. A veces a leña, otras a pan, y muchas veces a fruta secándose.
Subes una de esas calles empinadas y aparecen las solanas: los pisos altos con barandillas donde se ponen a secar pimientos, higos o melocotones. Filas rojas y anaranjadas colgando al sol, como si alguien hubiera decidido decorar el pueblo con comida.
Las casas tienen puertas pequeñas y muros gruesos. Algunas cocinas siguen siendo el centro de todo: olor a ajos fritos, cazuelas al fuego y esa sensación de que entras en un sitio donde la vida va a otro ritmo. Si te cruzas con alguna vecina en la puerta, la mirada suele ser clara: “este no es de aquí”. Pero tampoco pasa nada. En el valle están acostumbrados a que la gente venga a curiosear.
Senderos sin paraguas turísticos
Aquí no hay grupos siguiendo un guía con banderín ni rutas señalizadas con luces neón. Lo que hay son senderos que arrancan justo donde termina la última casa.
Uno bastante usado es el PR‑CC‑24, que sube hacia la Era de San Bernabé. Antiguamente se trillaba allí; ahora funciona como mirador natural sobre los bancales del Jerte.
También hay recorridos cortos entre castaños viejos. La ruta llamada ‘de los milenarios’ va saltando de árbol en árbol como quien visita conocidos del barrio. No están juntos; aparecen después de una curva o al borde de un prado.
Lleva agua y calzado cómodo.
La iglesia con animales tallados
La iglesia parroquial es blanca y sencilla; lleva ahí desde el siglo XVI.
Lo curioso está fuera: figuras talladas en piedra salpican algunos ángulos del atrio —un burro por aquí, otro animal por allá— sin mucha explicación oficial pero con siglos encima.
A las afueras está otra ermita más pequeña —la del Cristo— cuya puerta suele abrirse solo para fiestas locales o celebraciones concretas.
Blanco cerezo y fiestas familiares
Cuando florecen los cerezos cambia bastante lo que se ve desde las laderas —y también lo que se ve circulando por las carreteritas comarcales— porque llega más gente desde fuera buscando ese paisaje blanco tan fotografiado.
Casas del Castañar no suele ser su primera parada; normalmente pasan camino hacia otros núcleos más conocidos dentro del valle… lo cual permite pasear aquí sin aglomeraciones incluso esos días señalados.
En verano celebran sus fiestas patronales —como todos sus vecinos— llenándose durante unos días principalmente con familias e hijos del pueblo venidos desde fuera para reencontrarse… música tradicional incluida pero nada demasiado masivo ni pensado para turistas foráneos realmente…
Mi consejo personal sería venir después —cuando ya ha pasado toda esa explosión primaveral— hacia mediados o finales octubre quizás… cuando caen erizos bajo los castaños grandes mientras huele intensamente tanto humedad como madera quemándose ya temprano al atardecer…
Si caminases hasta alguno esos ejemplares singulares —el Condelobo quizás— párate junto su tronco rugoso mirándolo bien antes volver bajar sentarte plaza esperando chimenea alguna empezase echar humito azulado…
Esa combinación final —humareda dulzona mezclada aroma tierra mojada— define bastante bien qué tipo sitio este realmente…