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sobre Valdastillas
Pueblo del Jerte con arquitectura popular y cerezos en bancales
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A media mañana, cuando el sol empieza a calentar las piedras del camino, el aire huele a tierra húmeda y a hierba recién movida. Algún gallo todavía canta desde un corral cercano y, si te detienes un momento, se oye correr el agua de un arroyo entre los cerezos. Así suele aparecer Valdastillas, en el Valle del Jerte: sin prisa, con un silencio que solo se rompe por cosas pequeñas.
El pueblo se asienta en la ladera, a más de seiscientos metros de altitud, y eso se nota en seguida: casi todas las calles tienen cuesta. Las casas son de mampostería, con tejados oscuros y balcones donde a veces cuelgan herramientas del campo o cajas de fruta en temporada. En la plaza, la iglesia parroquial —sencilla, de piedra— ocupa el centro de la vida cotidiana. No hay grandes monumentos alrededor; lo que hay es movimiento lento de vecinos que pasan, saludan y siguen su camino.
Desde el casco urbano basta caminar unos minutos para encontrarse con los primeros bancales. Los muros de piedra sujetan terrazas de tierra donde se cultivan cerezos y pequeñas huertas. El agua baja fría desde la sierra por gargantas y regatos que cruzan los caminos.
Caminar entre bancales y arroyos
Los senderos que salen del pueblo conectan con otros caminos del Valle del Jerte. Algunos están señalizados y otros no tanto, así que conviene llevar el recorrido claro en el móvil o preguntar antes a algún vecino.
Son caminos de tierra y piedra suelta, con pendientes que se notan en las piernas. A cambio, el paisaje cambia a cada curva: hileras de cerezos, muros antiguos cubiertos de musgo, algún cobertizo de aperos medio escondido entre los árboles. En días tranquilos apenas pasa nadie, más allá de algún agricultor subiendo con el coche hacia su finca.
Si ha llovido recientemente, el barro aparece rápido. Un calzado con buena suela se agradece.
Cuando florecen los cerezos
En primavera el valle cambia por completo. La floración del cerezo suele caer entre finales de marzo y primeros de abril, aunque depende mucho del frío del invierno y de cómo venga la lluvia. Durante unos días los bancales se cubren de blanco y el olor dulce de la flor se mezcla con la humedad del suelo.
Es también cuando llega más gente. Se nota en los coches que suben por la carretera y en los paseos entre las fincas buscando la foto entre ramas cargadas de flores. Si prefieres caminar con calma, lo mejor es venir temprano entre semana.
Unas semanas después empieza la campaña de la cereza. Entonces el paisaje sigue siendo el mismo, pero el ritmo cambia: cajas apiladas, tractores entrando y saliendo de los caminos y cuadrillas trabajando en las fincas.
Un paseo corto por el pueblo
Valdastillas es pequeño. En menos de una hora puedes recorrer las calles principales, subir y bajar alguna cuesta y volver a la plaza. Pero merece la pena hacerlo despacio: fijarse en los portones de madera gastada, en las escaleras exteriores que suben a las viviendas, en los pequeños huertos que aparecen entre casas.
A veces la iglesia está abierta durante el día, aunque no siempre. Si coincide, asomarse un momento permite ver el interior sencillo, muy acorde con el tamaño del pueblo.
Después, lo más agradable suele ser salir otra vez hacia los caminos que rodean el casco urbano. En pocos minutos el sonido del pueblo desaparece.
Fiestas y vida del pueblo
Las celebraciones principales suelen concentrarse en verano, cuando regresan familiares que viven fuera y las calles se llenan algo más de lo habitual. Hay procesiones y actos organizados por los vecinos, de esos en los que casi todo el mundo participa de una manera u otra.
La Semana Santa es más tranquila, acorde con el tamaño del lugar. Sin grandes despliegues, pero con bastante presencia del vecindario.
Llegar y aparcar en Valdastillas
La forma más directa de llegar suele ser a través de Plasencia y después por la N‑110 que recorre el Valle del Jerte. Desde esa carretera salen los desvíos hacia los pueblos del valle, incluido Valdastillas.
Al entrar se nota enseguida que el casco urbano no se pensó para mucho tráfico. Las calles son estrechas y con pendientes, y durante la campaña de la cereza pueden circular tractores y vehículos de trabajo. Lo más práctico suele ser dejar el coche en algún espacio amplio a la entrada o en la parte baja y terminar el recorrido a pie.
Cuándo merece más la pena acercarse
La primavera concentra la mayor parte de visitas por la floración del cerezo. Es un momento muy bonito, pero también el más concurrido.
El otoño tiene otro ritmo: menos gente, hojas rojizas en algunos bancales y días templados para caminar. En invierno el valle se vuelve más silencioso y las mañanas pueden ser frías, sobre todo a primera hora.
Valdastillas no necesita mucho tiempo para recorrerse, pero gana cuando se combina con un paseo por los caminos que lo rodean o con otros pueblos del Valle del Jerte. Aquí lo interesante no está en un punto concreto del mapa, sino en la suma de cuestas, huertas y agua corriendo entre los cerezos.