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sobre Valverde del Fresno
El pueblo más grande del valle de Jálama donde se habla 'A Fala'; entorno de castaños y olivos
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El turismo en Valverde del Fresno empieza con una cosa simple: encontrar dónde dejar el coche y bajar andando. Llegas por la EX-390 después de varias curvas. El pueblo aparece de golpe, pegado a la ladera, con tejados de pizarra. Abajo corre el Jálama, ya muy cerca de Portugal. Arriba manda la sierra. Aquí también se oye otra lengua: la fala valverdeiru.
Cómo llegar y dónde dejar el coche
La carretera ha mejorado, pero sigue siendo estrecha. De noche conviene llevar GPS. El desvío no siempre se ve bien y la señalización es justa.
Dentro del pueblo hay un par de zonas donde dejar el coche. Una queda junto al polideportivo y otra más arriba, cerca del cementerio. Suelen ser gratuitas y normalmente hay sitio. En agosto cuesta más.
El centro se recorre andando. Las calles son estrechas y no tiene sentido intentar meterse con el coche.
Lo que realmente compensa
La iglesia de la Asunción domina la plaza. Empezaron a levantarla en el siglo XV y el proyecto quedó a medias. Se nota en la fachada y en el pórtico, que parece inacabado. Dentro hay retablos barrocos y una pila bautismal antigua. Correcto, sin más. El exterior tiene más interés, sobre todo por las vistas al valle.
Bajando por la calle Real aparece la ermita del Cristo del Humilladero. Es pequeña, del siglo XVI según suele contarse, y marca uno de los accesos antiguos al pueblo. La puerta suele estar abierta. Dentro huele a cera y a madera vieja. Silencio.
El casco se ve rápido. Calles cortas, casas de granito y tejados oscuros. Algunas fachadas llevan escudos. También hay una casa grande del siglo XVIII con balcón de forja que llama la atención. El resto es vivienda normal. Pueblo de trabajo, no de escaparate.
El bosque que rodea el pueblo
Una parte del término municipal está dentro de la Red Natura 2000. Eso, en la práctica, significa monte bien conservado. Hay castaños, robles y quejigos. En otoño aparecen setas y la gente sale a por castañas.
Desde el propio pueblo salen varios senderos. Uno de los más conocidos recorre arroyos cercanos y vuelve al punto de partida tras unos pocos kilómetros. No tiene gran desnivel y sirve para caminar un rato entre bosque.
Si quieres alargar la caminata, la carretera del puerto de Jálama permite moverse hacia zonas más altas de la sierra. Conviene llevar agua. En muchos tramos no hay nada alrededor.
Comida sin nombres
Aquí el pimiento morrón se seca con humo de encina. Luego se hidrata y acaba en tortillas, guisos o revueltos. Es uno de los productos más reconocibles del pueblo.
También hay aceite de oliva de la zona de Sierra de Gata, con ese punto picante al final. El queso suele ser de cabra o mezcla con oveja y todavía se hace de forma bastante artesanal. Preguntando en el pueblo siempre aparece alguien que vende.
La miel de brezo suele ser muy oscura y fuerte. Y en temporada no faltan las castañas asadas o cocidas en casa.
Cuándo ir y qué esperar
Durante el año hay varias fiestas ligadas al calendario religioso y al campo. Algunas se celebran en el propio pueblo y otras implican salir andando hasta ermitas cercanas. Son celebraciones sencillas, con vecinos, música y comida compartida.
El momento más tranquilo suele llegar después del verano. A principios de otoño la sierra está más verde, el calor baja y el monte empieza a moverse con la recogida de castañas y setas.
Un consejo simple: sube al mirador que hay cerca del cementerio cuando caiga la tarde. Desde allí se ve todo el valle del Jálama y los tejados de pizarra del pueblo. Luego baja andando al centro. Si te sientas un rato en la plaza, es fácil oír a alguien hablar en fala. No siempre se entiende, pero tampoco hace falta.