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sobre Mengabril
Pequeña población agrícola situada en la vega del Guadiana; destaca por su iglesia y la tranquilidad de sus calles
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—Oye, ¿y si vamos a Mengabril?
—¿A qué?
—Mengabril, el pueblo de los ajos.
—Ah, vale, pensaba que era un jarabe para la tos.
Así empezó mi viaje. Turismo en Mengabril suena a plan raro si lo dices en voz alta. Un nombre que parece de farmacia y un pueblo pequeño en las Vegas Altas. Algo más de quinientos vecinos, mucho campo alrededor y una iglesia que no te esperas cuando entras.
No es un sitio que aparezca en muchas rutas. Y quizá por eso funciona.
La carretera que parece no terminar
Llegar es fácil sobre el mapa. Desde Don Benito tiras hacia Campanario y en algún punto aparece el desvío. Luego empiezan los carteles que anuncian el pueblo cada pocos kilómetros.
La sensación es curiosa. Ves el nombre, sigues conduciendo, y el pueblo no termina de aparecer. Todo es llano. Parcelas de cultivo, tractores, alguna nave agrícola.
Cuando por fin entras, todo se concentra rápido. Aparcas en la plaza sin darle muchas vueltas. Aquí no hay lío de tráfico ni calles imposibles.
Bajas del coche y lo primero que notas es el olor del campo. Si has estado por esta zona de regadío sabes a qué me refiero.
La iglesia que parece demasiado grande
La parroquial de Santa Margarita rompe un poco el guion del pueblo. Esperas algo pequeño y te encuentras un edificio de piedra bastante serio.
Es una iglesia antigua, de esas que en los pueblos de Extremadura aparecen cuando menos lo esperas. Puerta pesada, muros gruesos, y dentro ese silencio que hace que hables más bajo sin darte cuenta.
No hay montaje turístico. Si está abierta, entras, miras un rato y ya. Un paseo corto que sirve también para refugiarse del calor cuando aprieta.
El Lunes de Pascua y la salida al campo
Si coincides con el Lunes de Pascua verás otra cara del pueblo. Ese día mucha gente sale al campo cercano.
Hay música tradicional, tamboril, familias enteras con mesas plegables y comida hecha en casa. Nada organizado como un festival. Más bien lo de siempre: juntarse, comer y pasar el día fuera.
Recuerdo a un hombre asando carne en un bidón metálico cortado por la mitad. Me dio un trozo de pan con carne y dijo algo que se me quedó: “Esto es lo que había antes de las fotos de comida”.
No le faltaba razón.
Comer cabrito, cuando toca
En esta parte de Extremadura el cabrito aparece mucho en las conversaciones. Y cuando preguntas por él, siempre hay alguien que dice algo como: “Aquí se ha comido toda la vida”.
En Mengabril no hay una zona llena de restaurantes ni nada parecido. Lo normal es entrar en el bar de la plaza, preguntar qué hay ese día y sentarte.
Si hay cabrito, lo sabrás enseguida porque media barra estará comiendo lo mismo. Plato sencillo, ración generosa y conversación alrededor.
Ese tipo de comida que no necesita explicación.
Calles tranquilas y vida de pueblo
Mengabril no tiene un casco antiguo de esos que obligan a ir mirando fachadas todo el rato. Son calles amplias, casas bajas y muchas puertas abiertas cuando cae la tarde.
A última hora salen las sillas a la puerta. Gente hablando, alguien que pasa en bicicleta, un tractor que vuelve del campo.
Si vienes de una ciudad grande, te pasará una cosa curiosa. Al principio caminas rápido. A los diez minutos ya vas al mismo ritmo que los demás.
Enseguida alguien te pregunta de dónde vienes. Y cuando dices una ciudad grande, la respuesta suele ser algo como: “Pues aquí se descansa”.
Una vuelta rápida por Mengabril
Mengabril se ve en poco tiempo. Entra en la iglesia si está abierta. Pasea por la plaza. Acércate andando hacia el río Ortigas por los caminos cercanos.
El paisaje es el de las Vegas Altas: tierra fértil, parcelas largas y horizonte plano. Muy agrícola, muy cotidiano.
Luego vuelves al centro, te sientas un rato y miras cómo pasa la tarde. Con eso ya entiendes bastante bien el pueblo.
Mengabril no es de los sitios que te dejan boquiabierto. Es más bien como ese amigo tranquilo con el que quedas a tomar algo y, sin darte cuenta, se te pasan dos horas hablando.