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sobre Navalvillar de Pela
Conocido por la fiesta de La Encamisá; situado entre embalses y sierras con un entorno natural privilegiado
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Turismo en Navalvillar de Pela no empieza en el embalse. Empieza, más bien, en un episodio oscuro del verano de 1936. A las afueras del pueblo fusilaron a varios vecinos que habían salido de la cárcel local. La fosa queda cerca del cementerio. Una cruz de hierro recuerda el lugar.
No es un punto señalizado en rutas ni folletos. Aun así, ayuda a entender el tono del pueblo. Navalvillar de Pela ronda los cuatro mil habitantes y mantiene una cierta gravedad. Parte de su historia reciente pesa todavía.
La frontera invisible
Navalvillar de Pela se sitúa en el borde oriental de las Vegas Altas del Guadiana. El terreno cambia aquí con bastante claridad. La llanura agrícola empieza a romperse contra la Sierra de Pela.
Esta sierra funciona como límite natural con la comarca de La Siberia. No es una cordillera alta. Son lomas calizas cubiertas de encinas, jaras y manchas de quejigo.
La carretera que llega desde Don Benito refleja bien ese cambio. Durante kilómetros domina la planicie agrícola. Cerca del pueblo el trazado se curva y aparecen los montes.
Buena parte de la sierra tiene protección ambiental como zona para aves. Ese marco ha frenado urbanizaciones dispersas que sí aparecieron en otros embalses extremeños.
Desde algunos cerros se abre una vista amplia sobre el embalse de Orellana. El agua aparece al fondo, entre manchas de dehesa.
El arte de no crecer
El casco urbano se adapta a la ladera. Las calles suben hacia la parte alta y se estrechan en varios tramos. La plaza Mayor concentra los edificios principales.
Allí se levanta la iglesia de San Juan Bautista. El edificio actual corresponde sobre todo al siglo XVIII. Sustituyó a una construcción anterior más modesta.
En el interior hay un retablo neoclásico de finales del mismo siglo. Según la tradición local, reemplazó a otro dañado tras el gran terremoto del siglo XVIII.
Muchas casas antiguas mantienen estructuras sencillas. Muros encalados, plantas bajas amplias y dependencias para animales o herramientas. No era arquitectura pensada para lucirse. Era práctica.
La apicultura tuvo bastante peso en la economía local. El Catastro de Ensenada del siglo XVIII menciona un número alto de colmenas para un pueblo de ese tamaño. Durante generaciones la miel fue un ingreso importante.
Cuando los caballos despiertan
Cada enero el pueblo cambia de ritmo con la fiesta de San Antón. Es conocida como La Encamisá. Los jinetes recorren las calles con camisas blancas y antorchas.
La escena tiene algo antiguo, casi teatral. Durante años se dijo que recordaba combates contra incursiones moriscas. Los documentos conservados apuntan a un origen más sencillo.
Parece que comenzó como una procesión nocturna para bendecir los campos. Hay referencias escritas desde el siglo XVIII. Con el tiempo la celebración creció y atrajo visitantes de toda la comarca.
Aun así, la organización sigue muy ligada a las familias del pueblo. Muchos jinetes ocupan el lugar que antes tuvieron sus padres o abuelos.
El tiempo de los embalses
A pocos kilómetros aparecen los restos de Lacimurga. Fue una ciudad romana situada en un punto estratégico del Guadiana. Controlaba caminos y explotaciones mineras de la zona.
Hoy quedan cimientos, fragmentos de muros y restos dispersos. El lugar se conoce como Cogolludo. El interés no está tanto en las ruinas como en la posición del asentamiento.
Desde allí se entiende el territorio. El río, las sierras bajas y las rutas naturales de paso. Los romanos elegían bien estos emplazamientos.
La construcción del embalse de Orellana cambió bastante la economía local durante el siglo XX. Antes predominaban el cereal y los trabajos de temporada. Después llegaron empleos ligados a la presa y a los regadíos.
Aun así, el paisaje agrícola sigue muy presente. Los olivares y las parcelas de cereal alcanzan las afueras del casco urbano.
Cómo llegar y cuándo
Navalvillar de Pela se comunica por carretera con Don Benito y con Mérida. El coche sigue siendo la forma más sencilla de llegar.
La primavera suele ser el momento más agradable para caminar por la sierra cercana. La vegetación aromática cubre muchos caminos y el calor todavía no aprieta.
Uno de los recorridos conocidos baja hacia el arroyo de la Sierra por un antiguo camino ganadero. El trazado ronda los seis kilómetros y forma un pequeño circuito. En el recorrido aparece un molino harinero del siglo XIX ya en desuso.
Conviene llevar agua. En muchos tramos de la sierra no hay fuentes. El terreno es fácil, pero el sol cae con fuerza cuando avanza el día.