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sobre Villanueva de la Serena
Ciudad moderna y puerta de la Serena; cuna de la tortilla de patatas y centro comercial y de servicios
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El jueves por la mañana, el aire en el mercado de abastos es denso y concreto. Huele a tomate maduro y a quese de oveja que empieza a sudar con el calor. Las mujeres mayores palpan los pimientos con la yema de los dedos, como si fueran tela, y al fondo alguien sacude un saco de patatas que cae en las cajas con un ruido seco, repetido. Voces que se cruzan, carros que chirrían. Quien llega a esa hora entiende rápido que buena parte del turismo en Villanueva de la Serena empieza aquí, entre puestos de fruta y conversaciones que llevan décadas repitiéndose.
El tiempo que se come
En esta parte de las Vegas Altas la comida no tiene prisa. El pan es denso, el aceite generoso y muchas recetas nacen de aprovechar lo que quedó del día anterior.
Las migas extremeñas siguen apareciendo algunas mañanas, sobre todo cuando refresca. Pan asentado, un poco de agua para devolverle la vida, aceite de oliva y ajos. Luego llegan los torreznos, que crujen de verdad, y a veces pimientos fritos. La sartén grande se mueve despacio, como si alguien estuviera removiendo arena caliente.
Con el queso conviene afinar un poco más. Aquí lo habitual es el queso de La Serena, hecho con leche de oveja merina y cuajo vegetal. Tiene ese punto amargo y profundo que deja olor a campo en las manos. Cuando está bien curado se abre con facilidad y la pasta queda cremosa, casi para extender. En muchas casas lo ponen simplemente con pan y nada más.
Si quieres probarlo, acércate al mercado o a alguna tienda de alimentación del centro por la mañana. Suele haber más variedad que a última hora del día.
La plaza donde se guarda el tiempo
La Plaza de España es amplia y clara, con el suelo claro que devuelve la luz hacia arriba. A primera hora la piedra tira a gris; al caer la tarde se vuelve más cálida y las fachadas parecen cambiar de tono.
En el centro está la fuente conocida como los Cuatro Caños. Los bancos de alrededor están gastados en los bordes, pulidos por años de sentarse a mirar pasar la tarde. Aquí todavía es normal ver a grupos que se juntan cada día a la misma hora, comentando si el invierno vendrá seco o si este año el tomate ha salido mejor.
El ayuntamiento ocupa uno de los lados de la plaza. No es un edificio monumental, pero tiene ese aire de casa consistorial antigua que marca el ritmo del centro: gente entrando a hacer un trámite, otros esperando a la sombra cuando aprieta el sol.
Un cerro bajo desde el que se entiende la vega
A las afueras hay pequeños altos desde los que se aprecia bien cómo se abre la llanura de cultivo alrededor de la ciudad. Uno de ellos es Castilnovo, un cerro discreto que desde abajo casi pasa desapercibido. Cuando subes, el paisaje se ordena: parcelas grandes, caminos rectos y el verde intenso de los regadíos.
El acceso suele hacerse por pistas de tierra que salen de la zona deportiva. No es una excursión larga, pero conviene evitar las horas centrales en verano: aquí el sol cae sin obstáculos y la sombra escasea.
En primavera el aire trae olor a hierba húmeda y a tierra removida. En julio, en cambio, lo que domina es el zumbido constante de las cigarras.
Pedalear hacia el Zújar
Desde Villanueva también se puede enlazar con tramos de la vía verde que sigue el antiguo trazado ferroviario hacia Logrosán. Muchos vecinos la utilizan para caminar o salir en bici al atardecer.
Los primeros kilómetros atraviesan terreno abierto, con encinas sueltas y campos de cultivo. No hace falta hacer grandes distancias para notar el cambio: en cuanto sales del núcleo urbano el ruido desaparece y solo quedan ruedas sobre grava y algún tractor a lo lejos.
Si vas en verano, salir temprano o esperar a que baje el sol tiene su recompensa. Las tardes largas de la vega tienen una luz suave que vuelve dorados los caminos.
Fiestas que llenan las calles
A comienzos de febrero, coincidiendo con la festividad de la Candelaria, el centro se llena desde muy temprano. Es el día de La Carrerita, una celebración muy arraigada en la ciudad. Las calles se llenan antes de que amanezca y la gente espera en silencio hasta que llega el momento de la carrera de la imagen. Cuando termina, la plaza vuelve a llenarse de conversación y comida compartida.
En verano llegan las fiestas patronales. Durante varios días el centro cambia de ritmo: música por la noche, familias que salen a pasear después de cenar y puestos que aparecen alrededor de las zonas más concurridas. El calor aprieta, pero la vida se desplaza hacia la noche, cuando el aire empieza por fin a moverse.
Cuándo ir y qué evitar
El verano aquí es serio. En julio y agosto el termómetro sube con facilidad y a mediodía las calles se vacían. Si vienes en esa época, organiza el día como hacen los vecinos: mañana temprano, pausa larga después de comer y paseo cuando cae la tarde.
El invierno es más tranquilo y la luz es más limpia, sobre todo después de un día de lluvia.
Y si puedes elegir momento, acércate un jueves por la mañana al mercado. No es un espectáculo preparado: es simplemente la vida diaria funcionando a su ritmo. A veces eso explica un lugar mejor que cualquier monumento.