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sobre Coria
Antigua ciudad episcopal y romana con murallas intactas y una catedral que domina el río Alagón
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Hay pueblos que parecen un chiste interno de la historia. Coria es uno de ellos: tiene un puente medieval sin río, unos torreznos que se llaman "en cueros" y un bufón que acabó dando nombre al gentilicio. Si alguien te habla de los "bobos de Coria", no va con mala leche: viene de Juan de Calabazas, el bufón de Felipe IV que, según cuentan, nació aquí. Ya ves, empezamos bien.
La ciudad que se quedó sin agua (pero conservó el puente)
Llegas a Coria por la EX‑390 y lo primero que ves es la muralla rodeando el casco antiguo. Es de esas entradas que te hacen bajar la velocidad del coche sin darte cuenta. Parece que te vas a encontrar otro conjunto histórico más… y entonces aparece el puente.
El puente es de piedra, largo, con un montón de arcos —tradicionalmente se dice que son dieciséis— y está completamente seco. El río Alagón cambió de curso hace siglos tras una gran riada y dejó la estructura ahí, en medio del campo, como un escenario al que le quitaron el actor principal. Es una de esas cosas raras que recuerdas después del viaje.
Hoy funciona casi como mirador improvisado. Si caminas por el recinto amurallado —el perímetro ronda el kilómetro y medio— ves cómo el casco histórico se agrupa alrededor de la catedral. Casas bastante juntas, calles que suben y bajan sin demasiada lógica y, dominándolo todo, la torre.
La torre de la catedral es ancha, maciza. Los caurienses suelen llamarla "la rechoncha", y cuando la tienes delante entiendes perfectamente el apodo.
Entre vetones, romanos y muchas capas de historia
Coria lleva habitada muchísimo tiempo. Antes de romanos ya estaban por aquí los vetones, y luego llegó la ciudad romana de Caurium. Más tarde vendrían los musulmanes con Medina Cauria y, ya en el siglo XII, la conquista cristiana que reorganizó la ciudad.
En la catedral se notan todas esas capas. El edificio empezó a levantarse a finales del siglo XV y las obras se alargaron durante generaciones, algo bastante habitual en templos de este tamaño. Dentro se conservan restos arqueológicos y mosaicos romanos encontrados en la zona, que recuerdan que bajo las piedras actuales hay bastante más historia de la que se ve.
La torre que vemos hoy no es exactamente la original: el terremoto de Lisboa del siglo XVIII afectó a buena parte del oeste peninsular y aquí también hubo daños, así que se reconstruyó. De ahí ese aspecto robusto, casi exagerado.
Cuando los torreznos se desnudan
La gastronomía de Coria tira de cerdo sin demasiadas disculpas. La tapa más conocida es la "coria en cueros": trozos de careta o morro fritos hasta quedar crujientes. Grasientos, sí. Pero de esos que desaparecen del plato en dos minutos.
Luego están los dulces de convento. En el convento franciscano de la Madre de Dios preparan repostería tradicional que suele venderse directamente allí. Si te gusta el dulce clásico, de los de almendra y azúcar sin demasiados inventos, merece la pena acercarse.
Por la zona también es habitual la Torta del Casar, ese queso cremoso de oveja que casi se come con cuchara. No es barato y tampoco es ligero, pero forma parte de la despensa extremeña y aparece en muchas mesas.
En pueblos cercanos de la comarca también se cocina el llamado mojo de peces, un guiso de pescado con pimientos y especias bastante contundente. No es algo que vayas a encontrar siempre, pero cuando aparece en carta suele llamar la atención.
Sanjuanes: cuando Coria cambia de ritmo
Si caes por Coria en torno a San Juan, el ambiente cambia por completo. Las fiestas de los Sanjuanes giran alrededor del toro y llevan celebrándose generaciones. Durante varios días hay encierros y actos taurinos en el casco antiguo, y el pueblo se llena de gente.
No es una fiesta tranquila ni pensada para mirar desde lejos. Es intensa, ruidosa y muy local. A algunos visitantes les impresiona, a otros les cuesta más entrar en ese ambiente. Pero ayuda a entender cómo vive el pueblo sus tradiciones.
En otras épocas del año también se organizan rutas de tapas y actividades gastronómicas relacionadas con la famosa tapa "en cueros", aunque el calendario puede variar según el año.
Cómo aprovechar el día sin complicarte
Coria se ve bien en una jornada. No es un sitio para encerrarte tres días salvo que vengas con plan muy tranquilo.
Lo más lógico es empezar por el recinto amurallado y la catedral. El paseo por las murallas no es muy largo, pero con el sol de Extremadura puede hacerse pesado si vas en verano a mediodía.
Después puedes acercarte hacia el entorno del Alagón. Hay senderos que siguen el río y permiten estirar las piernas un rato. Algunos continúan hacia el santuario de Argeme o conectan con rutas más largas por la comarca, pero eso ya depende de las ganas de caminar que lleves ese día.
El antiguo edificio de la Cárcel Real alberga hoy un pequeño museo municipal que ayuda a entender la historia de la ciudad. No es enorme, pero completa bien la visita.
El resumen de amigo
Coria es como ese actor secundario que aparece en muchas películas y nunca recuerdas su nombre… hasta que alguien te lo señala. No compite con ciudades monumentales de Extremadura como Cáceres o Mérida. Juega en otra liga.
Pero tiene detalles que se te quedan: el puente sin río, la torre rechoncha de la catedral, las murallas rodeando el casco y esa tapa "en cueros" que termina apareciendo en la mesa aunque no la hayas pedido.
Vas, paseas un rato, comes bien y te vuelves a casa con la sensación de haber descubierto un sitio que no estaba intentando impresionarte todo el tiempo. Y eso, a veces, se agradece.