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sobre Villa del Campo
Pueblo de transición entre la vega y la sierra; tradición vinícola
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A primera hora, cuando el sol empieza a tocar las laderas de la Sierra de Gata, Villa del Campo se despierta despacio. La luz entra entre tejados de pizarra y paredes de granito que guardan el frío de la noche. Alguna persiana se levanta, se oye una escoba arrastrando hojas en la calle y el olor húmedo de los castaños llega desde las huertas cercanas. Con poco más de cuatrocientos habitantes, el pueblo mantiene un ritmo que todavía gira alrededor de las estaciones y del campo.
El centro del pueblo y sus casas de granito
La iglesia de San Juan Bautista marca el corazón de Villa del Campo. La torre es robusta, visible desde casi cualquier calle, y las campanas siguen marcando las horas con un sonido que rebota en las fachadas de piedra. La construcción mezcla etapas distintas; se nota en los detalles: escudos gastados por los años, portones de madera gruesa con herrajes oscuros, muros donde el granito cambia de tamaño y textura según la época.
El casco antiguo se recorre en poco tiempo, pero conviene hacerlo sin prisa. Las casas conservan elementos que todavía hablan de cómo se vivía aquí: balconadas de madera, patios cerrados con muros altos y tejados inclinados de pizarra que brillan ligeramente después de la lluvia. En algunas fachadas aparecen escudos familiares tallados en piedra. No son abundantes, pero cuando los encuentras cuentan algo del pasado agrícola y de las familias que trabajaron estas tierras durante generaciones.
A veces, mirando a través de una puerta entreabierta, se ven interiores donde aún quedan rastros de antiguos oficios: telares guardados en un rincón, bodegas excavadas en la roca o antiguas dependencias donde se trabajaba el hierro.
Caminos entre castaños y encinas
Alrededor del pueblo el paisaje cambia rápido. En pocos minutos a pie aparecen los primeros castañares, mezclados con encinas y robles. Los caminos no siempre están muy señalizados, así que conviene mirar el recorrido antes de salir o preguntar a algún vecino por el trazado más claro.
En otoño el suelo se cubre de hojas húmedas y castañas abiertas. El olor es dulce y terroso, sobre todo después de una noche de lluvia. Al atardecer la luz baja por la sierra y vuelve cobrizos los troncos de los castaños. Es uno de los momentos más tranquilos para caminar por aquí.
Algunos senderos pasan cerca de arroyos que suelen llevar agua buena parte del año. También aparecen restos de molinos harineros y fuentes tradicionales que todavía se utilizan. No son monumentos preparados para visitas: forman parte del paisaje y, en muchos casos, siguen teniendo uso.
Pequeñas huellas de la vida tradicional
En Villa del Campo no hay grandes centros de interpretación ni edificios dedicados a contar la historia local. Lo que queda está repartido por el pueblo: un horno antiguo que aún se usa en ocasiones, herramientas agrícolas colgadas en una pared, algún lagar excavado en piedra que recuerda que antes también se cultivaba vid en la zona.
Si caminas atento por el casco viejo, esos detalles aparecen solos.
Lo que se come cuando manda el campo
La cocina local sigue muy ligada a lo que se produce en la zona. En temporada de castañas aparecen en muchas recetas, desde las asadas más simples hasta dulces densos que huelen a anís y a leña. También son habituales las setas cuando el otoño viene húmedo.
Platos contundentes como las migas o el cabrito guisado forman parte de la cocina de casa, la que se prepara cuando la familia se reúne o cuando llega alguna celebración.
Aves y silencio en la sierra
Los alrededores de Villa del Campo forman parte del mosaico de bosques mediterráneos de la Sierra de Gata. Si sales temprano es fácil oír rabilargos, trepadores azules o el tamborileo de algún pico. Sobre las peñas graníticas a veces se ven rapaces planeando cuando el aire empieza a calentarse.
No hace falta alejarse mucho del pueblo: el silencio del monte empieza casi en las últimas casas.
Cuándo venir
La primavera y el inicio del otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por los alrededores de Villa del Campo. El verano aquí puede apretar a mediodía, y en invierno algunos caminos se vuelven resbaladizos después de varios días de lluvia.
Si vienes en otoño, merece la pena madrugar. Entre los castañares la luz tarda un poco más en entrar, y durante un rato el pueblo queda envuelto en un silencio que ya cuesta encontrar en otros lugares de la sierra.