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sobre Villafranca de los Barros
Ciudad de la Música; importante centro industrial y vinícola con rico patrimonio monumental
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El turismo en Villafranca de los Barros empieza muchas veces por el olfato. Si llegas en época de vendimia, lo primero que notas es ese olor a mosto que se cuela por todas partes. No el mosto embotellado de tienda delicatessen, sino el de verdad: el que mancha las manos y deja el aire dulce y un poco pegajoso. Entonces entiendes rápido en qué tipo de sitio estás. Esto es Tierra de Barros, una comarca donde las viñas mandan bastante más de lo que parece en el mapa.
El pueblo que acabó siendo villa por decisión de la Orden de Santiago
La historia de Villafranca tiene algo de giro inesperado. Durante época andalusí parece que aquí hubo un pequeño asentamiento llamado Moncovil —eso dicen muchos estudios sobre la zona— y con el tiempo el lugar pasó a manos de la Orden de Santiago. En el siglo XIV, Don Fadrique de Castilla, que era el Gran Maestre, le dio rango de villa.
Dicho así suena solemne, pero imagina el momento de otra forma: un territorio agrícola que empieza a organizarse mejor, con más población y tierras trabajadas. Al final alguien decide que aquello ya funciona como pueblo serio y le concede el título.
En el casco antiguo todavía quedan pistas de ese pasado. Si vas mirando con un poco de calma las fachadas más antiguas aparecen cruces de Santiago o conchas de peregrino esculpidas en piedra. Son pequeños detalles que muchos pasan por alto, pero que cuentan bastante de quién mandaba aquí hace siglos.
La iglesia que mezcla estilos sin pedir permiso
La Iglesia de Santa María del Valle tiene algo curioso: no termina de encajar en un solo estilo. Empezó a levantarse en el siglo XVI con trazas góticas y luego se fueron incorporando elementos renacentistas. Es como esas casas antiguas que han ido ampliándose según había dinero o ganas de obra.
En la portada hay una figura de Santiago peregrino que lleva siglos mirando a la plaza. Si te acercas verás que tiene ese gesto cansado de quien lleva kilómetros a la espalda. No sé si fue intención del escultor, pero encaja bastante bien con la iconografía del camino.
A poca distancia está el Santuario de Nuestra Señora de la Coronada, muy ligado a la vida del pueblo. El edificio original es anterior, aunque con reformas posteriores que cambiaron bastante su aspecto.
Cuando llegan las fiestas de la vendimia, a finales de verano, esta zona se llena de ambiente. En esos días aparece un personaje tradicional llamado el Coronelo, que actúa un poco como maestro de ceremonias. Es una figura que se recuperó de celebraciones antiguas y hoy forma parte del ritual festivo.
Tierra de Barros: cuando el paisaje gira alrededor del vino
Si miras Villafranca desde fuera —desde la carretera o desde algún camino entre viñas— todo tiene bastante lógica. El pueblo está rodeado de viñedos y olivares que se pierden hasta el horizonte. La tierra arcillosa de la zona, la famosa “barro”, retiene bien la humedad y eso ha marcado la agricultura durante generaciones.
Los vinos de la zona, amparados por la denominación Tierra de Barros, llevan tiempo intentando hacerse un hueco fuera de Extremadura. No tienen la fama de otras regiones, pero cuando pruebas alguno entiendes por qué aquí el vino es tema de conversación habitual.
Durante la vendimia todavía se ven escenas bastante tradicionales. En algunas celebraciones se recrea la pisa de la uva en grandes recipientes, algo que recuerda a cómo se hacía antes de que todo se mecanizara. También se menciona a menudo una herramienta conocida como la campana de la quea, ligada a esas prácticas antiguas de bodega. No es algo que veas todos los días, pero forma parte del imaginario vinícola del pueblo.
Migas, caldereta y comida de campo de verdad
La cocina local sigue la misma lógica que el paisaje: platos contundentes, pensados para gente que trabaja al aire libre.
Las migas extremeñas aquí aparecen con lo que haya a mano: chorizo, panceta, a veces pimientos fritos o uvas si es temporada. Es la típica receta que nació para aprovechar pan duro pero que, cuando se hace bien, termina siendo casi un ritual de sartén grande y fuego lento.
Luego está la caldereta de cordero, muy habitual en reuniones y fiestas. Es de esos platos que piden pan desde el primer momento porque la salsa no se queda sola en el plato.
Y el queso de oveja merina… bueno, digamos que no es suave precisamente. Tiene carácter. De esos quesos que con un trozo pequeño ya entiendes todo el campo que hay detrás.
Un monumento que habla de memoria
En la entrada del cementerio hay un monumento dedicado a las víctimas de la represión franquista, con cientos de nombres grabados. Se levantó hace unos años y no es el típico lugar al que llegan los grupos con cámara.
Pero forma parte de la historia del pueblo y mucha gente de aquí lo considera un espacio importante para recordar lo que ocurrió. A veces los lugares que mejor explican un sitio no están en la plaza principal.
Cómo visitar Villafranca sin complicarte demasiado
Villafranca de los Barros está muy bien situada en la A‑66, la autovía de la Plata. Desde Mérida el trayecto ronda los tres cuartos de hora y desde Zafra apenas se tarda unos minutos más de veinte.
También pasa cerca el itinerario histórico de la Vía de la Plata, así que hay caminantes que llegan a pie atravesando campos de viñedos y olivares que parecen no terminar nunca.
Mi consejo es sencillo: ven con la idea de pasar unas horas tranquilas. Das una vuelta por el centro, entras en la iglesia, paseas sin prisa y luego comes algo contundente en algún bar del pueblo.
En primavera el paisaje está verde y muy vivo. A finales de verano, con la vendimia, el ambiente cambia completamente y el olor a uva aparece otra vez por todas partes.
Y cuando te marches, llévate una botella de vino de la zona. No porque sea un souvenir típico, sino porque al abrirla en casa volverá ese olor a mosto que te recibió al llegar. Y entonces te acordarás de Villafranca. De cómo un pueblo entero gira, todavía hoy, alrededor de la viña.