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sobre Alía
Extenso municipio en el Geoparque Villuercas con impresionantes paisajes geológicos y arquitectura mudéjar
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A las ocho de la mañana, el sol se cuela entre encinas y alcornoques en las afueras de Alía. El suelo está cubierto de hojas secas y alguna piedra suelta; al pisarlas crujen con un sonido seco que se oye a varios metros. Desde aquí la sierra de las Villuercas se ve en capas: lomas oscuras, crestas de cuarcita y un cielo muy limpio que cambia de color rápido cuando el día empieza a calentar.
Alía ronda los setecientos habitantes, y el pueblo se mueve a un ritmo tranquilo incluso en verano. Las calles del centro son estrechas, algunas con tramos empedrados y otras simplemente de asfalto gastado. Hay fachadas encaladas, portones de madera algo combados y tejados de teja curva que por la tarde cogen un tono rojizo. La plaza principal funciona más como lugar de paso que como escenario: bancos a la sombra, vecinos que se paran un momento a hablar y coches que entran despacio buscando dónde aparcar.
La iglesia de Nuestra Señora de los Remedios
En una de las calles centrales aparece la iglesia parroquial de Nuestra Señora de los Remedios. No es un edificio monumental; más bien sobrio, con muros gruesos y una torre que se ve desde varios puntos del pueblo. La piedra y el encalado muestran parches de distintas épocas, señal de reparaciones hechas con el tiempo.
Dentro domina la penumbra fresca que se agradece cuando fuera aprieta el calor. Los bancos de madera están muy pulidos por el uso y la luz entra por ventanas altas y estrechas. A última hora de la tarde, cuando el sol cae hacia el oeste, se forman franjas doradas sobre el suelo y el polvo queda suspendido unos segundos en el aire.
Calles y rincones del casco antiguo
El casco antiguo no sigue un trazado muy regular. La calle Mayor organiza buena parte del movimiento, pero enseguida aparecen callejones que suben o bajan con pequeñas cuestas. En algunos balcones hay macetas de geranios o hierbas aromáticas; cuando sopla algo de aire, el olor a albahaca o a tomillo llega hasta la acera.
Todavía se ven portales con aperos antiguos colgados o guardados en un rincón. A media mañana es fácil cruzarse con vecinos que bajan a la fuente pública con garrafas o que vuelven de pequeñas huertas cercanas.
Las sierras alrededor de Alía
El paisaje que rodea Alía forma parte del Geoparque Villuercas‑Ibores‑Jara, conocido por sus crestas de cuarcita que dibujan líneas largas en el horizonte. Desde los caminos que salen del pueblo se ven claramente esos relieves: laderas cubiertas de monte bajo, manchas de encinar y, entre medias, pequeños valles donde aparecen huertos o prados.
No todos los caminos están señalizados, así que conviene salir con algo de orientación o preguntar antes a algún vecino. Después de una noche de lluvia el terreno huele a tierra húmeda y a jara, un olor intenso que se queda en la ropa durante horas.
En el cielo suelen aparecer buitres leonados planeando muy alto, aprovechando las corrientes de aire de la sierra. En el suelo es más difícil ver animales grandes, aunque en los bordes de los caminos a veces quedan huellas recientes de jabalí.
Sabores de cocina rural
La cocina aquí sigue muy ligada a lo que se cría o se cultiva cerca. Los embutidos de matanza siguen siendo habituales en muchas casas, acompañados de pan contundente y queso de oveja o cabra de la zona.
Cuando llega el frío aparecen platos más de cuchara: guisos con patatas, carne de caza menor o legumbres. Las migas también son habituales en desayunos largos de invierno, hechas con pan asentado, aceite, ajo y pimientos. Son platos sencillos, pensados para jornadas de campo.
Fiestas y costumbres
Las fiestas principales suelen celebrarse en septiembre, en torno a la patrona, Nuestra Señora de los Remedios. Durante esos días el pueblo cambia de ritmo: hay procesiones, música en la calle y muchas familias que vuelven desde otras ciudades.
En mayo todavía se montan cruces adornadas con flores en algunas calles. Son pequeños altares levantados por vecinos del barrio, una costumbre que sigue viva aunque cada año participen menos manos.
Cómo llegar y cuándo ir
Alía se encuentra en la carretera EX‑102, la misma que atraviesa buena parte de la comarca de Villuercas‑Ibores‑Jara. Desde Guadalupe el trayecto es corto y con curvas suaves entre sierras. El paisaje cambia poco a poco: encinares, laderas pedregosas y alguna explotación ganadera dispersa.
La primavera suele ser el momento más agradable para caminar por los alrededores: el monte bajo florece y las temperaturas aún son suaves. En verano, el calor aprieta desde media mañana, así que conviene salir temprano y buscar sombra a partir del mediodía. El pueblo, a esas horas, se queda casi en silencio. Solo se oye alguna persiana bajando y el zumbido de las cigarras en las encinas cercanas.