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sobre Villar del Pedroso
Municipio grande en extensión con encinas milenarias y carnaval de ánimas
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Te juro que el GPS se pone nervioso antes de llegar. Empieza a recalcular rutas como si también dudara de que haya un pueblo ahí delante. Curva, encinas, algún olivo viejo… y de repente aparece Villar del Pedroso, en plena comarca de Villuercas‑Ibores‑Jara. Uno de esos sitios donde llegas pensando “¿y aquí qué habrá?” y al rato te das cuenta de que precisamente por eso merece la pena el desvío.
No es grande. Viven algo más de quinientas personas. Pero el entorno y un par de historias curiosas hacen que el lugar tenga más fondo del que parece cuando aparcas el coche en la plaza.
El pueblo que se cree catedral
La iglesia de San Pedro es la razón de que a Villar del Pedroso le llamen a veces la “catedral de La Jara”. Cuando te plantas delante entiendes el apodo. Para un pueblo de este tamaño, el edificio impone.
La construcción se fue alargando durante siglos, así que el resultado parece una mezcla tranquila de estilos: algo de gótico, partes renacentistas y detalles posteriores que se añadieron cuando tocaba arreglar o ampliar. Nada raro en iglesias rurales grandes.
Dentro hay ese olor a piedra húmeda que tienen los templos antiguos. Y silencio. El tipo de silencio que solo se rompe cuando alguien entra y la puerta resuena por toda la nave.
La torre se ve desde buena parte de los caminos de alrededor. Es una referencia constante cuando caminas por la zona, como si el pueblo estuviera siempre vigilando desde lejos.
Vetones, musulmanes y un castillo que no es castillo
A unos kilómetros del casco urbano está el llamado Castillo de Castros. El nombre suena a fortaleza enorme, pero conviene ajustar expectativas. No es una muralla de película. Son restos de una posición defensiva antigua que probablemente tuvo origen musulmán.
Lo interesante es el lugar. Está colocado en un punto alto desde el que se domina buena parte del territorio cercano y el valle del Tajo. Cuando llegas arriba entiendes la lógica militar sin necesidad de leer ningún panel.
Antes de todo eso ya había gente aquí. Los vetones dejaron en la zona algunos verracos de granito, esas esculturas de animales que aparecen por media Extremadura y parte de Castilla y León. Siguen generando debate entre arqueólogos: quizá marcaban zonas de pasto, quizá tenían algún significado simbólico.
Hoy están ahí, plantados entre rocas y encinas, como si llevaran dos mil años esperando a que alguien pase y se pregunte qué demonios hacían exactamente.
Carnavales que asustan al muerto
En invierno el pueblo tiene una tradición que rompe bastante con la imagen tranquila del resto del año: el Carnaval de Ánimas.
Aquí los disfraces no van de superhéroes ni de personajes de televisión. La gente se viste con máscaras sencillas, telas viejas y campanas. La idea tiene que ver con las ánimas del purgatorio que bajan a pedir limosna.
Existe incluso un pequeño centro de interpretación dedicado a esta tradición. Es diminuto, casi más grande una cocina de casa. Pero sirve para entender el origen de la fiesta y cómo se ha mantenido con el paso de los años.
La escena puede ser un poco inquietante si no la conoces. De noche, con las máscaras y las campanas, parece más una historia de pueblo antiguo que un carnaval al uso.
El desfiladero y las marmitas de gigante
El Desfiladero del Pedroso es la caminata más directa que se puede hacer desde el pueblo. No es larga. De hecho, se hace rápido si vas con paso normal.
El arroyo ha ido excavando la roca durante siglos y ha formado las llamadas marmitas de gigante. Son huecos redondos en la piedra, como si alguien hubiera metido una cuchara enorme y se hubiera puesto a girar.
Cuando llevan agua el sitio gana bastante. El sonido del agua corriendo entre las rocas cambia completamente el ambiente. Si ha llovido poco, sigue siendo un paseo agradable entre granito, encinas y silencio.
Desde allí también salen caminos que conectan con otras zonas del geoparque de Villuercas‑Ibores‑Jara. No todo está señalizado como en un parque urbano, así que conviene ir con tiempo y sin prisas.
Comer aquí: cocina de sierra, sin demasiados rodeos
En esta parte de Extremadura la cocina es directa. Platos de cuchara, carne de cordero, migas cuando el día aprieta o cuando el frío se mete en los huesos.
La caldereta de cordero es bastante habitual en la zona. También aparece la chanfaina en algunas mesas, una receta contundente que mezcla arroz con ingredientes del cerdo y especias. Suena fuerte cuando la lees, pero en realidad es cocina tradicional de aprovechamiento, de cuando no se tiraba nada.
Y luego están los productos de la sierra: aceite, embutidos, quesos de oveja de la zona de Ibores. Cosas que no necesitan demasiada explicación cuando te sientas a comer.
Llegar y cuándo venir
Para llegar desde Madrid lo normal es bajar por la A‑5 hasta la zona de Navalmoral y luego meterse por carreteras comarcales. El paisaje va cambiando poco a poco. La llanura deja paso a sierras suaves, dehesas y pueblos pequeños cada ciertos kilómetros.
Primavera suele ser buen momento. La dehesa está verde y caminar por los senderos se hace más llevadero. En verano el calor aprieta bastante y conviene moverse temprano.
Al final el momento que más recuerdo siempre es el mismo. Estar en la plaza, con la iglesia detrás, mirando alrededor y pensando que el pueblo va a su ritmo. Nadie tiene prisa.
Das una vuelta más por las calles, vuelves a pasar por la plaza, y cuando te quieres dar cuenta llevas allí más tiempo del que pensabas. Villar del Pedroso tiene un poco de eso: parece una parada rápida, pero al final te quedas un rato más de lo previsto. Y tampoco pasa nada.