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sobre Alconera
Localidad dedicada a la extracción de piedra natural y agricultura; situada en un valle con un entorno tranquilo y arquitectura popular blanca
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Las campanas de San Pedro Apóstol dan las ocho cuando el sol todavía no ha salido del todo. En ese momento, el turismo en Alconera parece una idea lejana: la plaza del Magisterio está casi vacía y la dehesa alrededor se ve como una alfombra gris verdosa que todavía guarda la humedad de la noche. Un hombre cruza con paso tranquilo, brazo flexionado sobre una garrafa vacía de agua. Las persianas siguen bajadas, alguna chimenea empieza a oler a leña, y un perro ladra en una calle que no se ve.
Alconera se entiende mejor a esa hora. Las calles suben y bajan con pendientes cortas, a veces torcidas, y las casas encaladas se apoyan unas en otras como si buscaran sombra. Desde la terraza de la Casa de los Duques de Feria, un edificio antiguo que lleva siglos mirando la misma plaza, se domina casi todo el casco urbano: tejas rojizas, tendederos que se mueven despacio cuando corre algo de aire, el campanario marcando el ritmo de la mañana.
El mármol que duerme bajo los pies
Caminar por Alconera es caminar sobre piedra que ha dado trabajo durante generaciones. Bajo muchas de estas calles hay mármol rojizo, una variedad que ya se explotaba en época romana según la documentación que suele citarse sobre la zona.
Las canteras están a las afueras, visibles desde la carretera que va hacia Zafra. Desde lejos parecen cortes claros en la tierra. Durante décadas han sido uno de los motores del pueblo, y todavía hoy se ven naves de elaboración y camiones entrando y saliendo. Cuando sopla el viento seco, a veces queda en el aire un polvo blanquecino que se pega a la ropa y al coche aparcado.
En un banco de la plaza, una mujer mayor me cuenta que su padre trabajó allí toda la vida. Mientras habla, mueve las manos como si todavía estuviera sacudiendo migas de un mantel. “El polvo se te metía en todas partes”, dice. “Pero era lo que había”.
La estación, a un paseo del pueblo
La estación queda a algo más de un kilómetro del centro, en una zona abierta donde el campo empieza enseguida. El edificio es bajo, de ladrillo, con andén largo y bastante silencio alrededor.
El ferrocarril llegó aquí en el siglo pasado, cuando muchas localidades de la comarca esperaban que la línea trajera más movimiento. Hoy pasan sobre todo trenes de mercancías. Cuando atraviesan el tramo cercano al pueblo se oye primero un rumor grave y después el silbido breve antes de que desaparezcan hacia el sur.
Hay quien sigue acercándose a la estación a dar un paseo o a ver pasar los trenes. El camino es recto y fácil, pero conviene evitar las horas centrales en verano: la sombra escasea y el calor cae a plomo sobre los campos.
Migas y otras cosas de mesa
La cocina que se repite en muchas casas del pueblo es sencilla y contundente. Migas hechas con pan del día anterior, ajo, aceite de oliva y lo que haya a mano: chorizo, panceta, a veces uvas cuando es temporada. Son platos que piden sartén grande y paciencia, porque el pan hay que moverlo despacio para que quede suelto.
Los domingos por la mañana todavía es habitual ver grupos en la plaza o en los merenderos cercanos preparando comida juntos. Cada uno trae algo de casa, alguien se encarga del fuego y las conversaciones van y vienen mientras el aceite empieza a chisporrotear.
Cuándo acercarse y cómo moverse
La primavera suele ser el momento más agradecido para pasear por Alconera. En marzo y abril la dehesa alrededor se pone verde y el aire huele a tierra húmeda después de las lluvias. Mayo tiene tardes largas y una luz suave que cae de lado sobre las fachadas blancas.
Agosto es otra historia. El calor aprieta fuerte y muchas persianas permanecen cerradas buena parte del día. Si vienes en verano, merece la pena madrugar y dejar los paseos para primera hora o ya al caer la tarde.
Una subida corta lleva hasta el cerro de la Cruz, desde donde se ve el pueblo entero: la torre de la iglesia marcando el centro, los tejados irregulares y, alrededor, la dehesa abierta donde a menudo se ven cerdos ibéricos pastando entre encinas. Cuando sopla algo de viento llegan olores de monte seco y el sonido lejano de alguna campana de ganado.
A media tarde los bancos de la plaza se van llenando poco a poco. Conversaciones tranquilas, gente que pasa y saluda, algún coche que cruza despacio. No ocurre gran cosa, pero quizá ahí está la gracia: en mirar cómo la luz cambia sobre las paredes y cómo el pueblo sigue su ritmo, sin demasiadas prisas.