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sobre Burguillos del Cerro
Villa histórica declarada Bien de Interés Cultural; dominada por un potente castillo templario y con un casco antiguo lleno de casas solariegas
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Las campanas de la iglesia dan las doce cuando el agua del Pilar Grande todavía está fría entre los dedos. En la plaza, una mujer mayor murmura que a estas horas, si te lavas los ojos, se curan. Nadie parece hacerle mucho caso, pero ella insiste. Es viernes, las calles están tranquilas y el aire huele a tierra removida de alguna huerta cercana.
Desde el castillo, la dehesa se extiende en ondas de verde oscuro hasta donde alcanza la vista. Encinas y alcornoques rodean Burguillos del Cerro, un pueblo de algo menos de tres mil habitantes donde las calles suben y bajan sin demasiada lógica. Desde arriba se ven los tejados de teja roja, las callejuelas empedradas que serpentean hacia la plaza y, dominándolo todo, la torre del homenaje recortada contra el cielo.
El olor a espárrago en las calles
Abril suele traer espárragos. En los bordes de los caminos aparecen los trigueros, finos y con la punta algo morada. Los blancos —más gruesos— se cuecen en agua con sal y se aliñan con aceite de oliva de la zona.
En esas semanas se organizan jornadas y encuentros alrededor del espárrago, y el ambiente se nota en la plaza: cestas de mimbre, manos que enseñan cómo pelarlos sin romper la punta, conversaciones que van y vienen. El olor mezcla tierra húmeda, hierba recién cortada y espárragos salteándose en alguna cocina cercana. El revuelto suele comerse caliente, con pan del día, sentado donde se pueda mientras los niños cruzan la plaza de un lado a otro.
El castillo en lo alto del cerro
El castillo de Burguillos del Cerro no tiene aspecto de decorado. La piedra es áspera y el cerro sobre el que se levanta es empinado de verdad, así que la subida se nota en las piernas.
La fortaleza actual se consolidó en época medieval y durante un tiempo estuvo vinculada a la Orden del Temple, algo que aquí todavía se recuerda cuando se habla del castillo. Se entra por un arco sencillo y, una vez dentro, las escaleras son estrechas y frescas incluso en verano.
Arriba suele soplar viento. Desde las almenas se ve el pueblo entero: chimeneas, patios interiores que apenas se adivinan desde la calle y, más allá, la dehesa abierta hacia el sur. A media tarde la luz cae de lado sobre las murallas y la piedra toma un tono dorado que dura apenas unos minutos.
Si subes en verano, mejor hacerlo a primera hora o cuando el sol ya empieza a bajar. No hay mucha sombra en el cerro.
Las cruces que aparecen en las esquinas
En Burguillos es fácil fijarse en las cruces de hierro que aparecen en algunas esquinas o pequeños rincones del casco antiguo. Algunas están oxidadas, otras tienen flores —a veces frescas, a veces de plástico— que el viento mueve sin mucho cuidado.
Aquí se cuenta que cada cierto tiempo se levanta una cruz nueva para sustituir a la anterior, una tradición que muchos vecinos vinculan a tiempos antiguos. La última colocación se recuerda todavía en el pueblo y, según dicen los mayores, pasarán muchas décadas hasta la siguiente.
Más allá de la historia exacta, estas cruces forman parte del paisaje cotidiano del casco histórico.
El Jueves Santo que huele a romero
Aún de madrugada, el Jueves Santo tiene un olor muy concreto en Burguillos del Cerro: romero pisado y cera caliente.
Hay procesiones que salen cuando todavía es de noche. Las calles quedan en silencio, con las paredes blancas devolviendo la luz de los cirios. Los pasos avanzan despacio, acompañados por vecinos que llevan años repitiendo el mismo recorrido.
Es un momento muy distinto al del resto del año. No hay prisa y casi todo ocurre en voz baja.
Cómo llegar y cuándo ir
Burguillos del Cerro está en el sur de la provincia de Badajoz, en la comarca de Zafra‑Río Bodión. Se llega por carreteras comarcales que atraviesan dehesas y pequeños olivares; al atardecer no es raro ver algún animal cruzando, así que conviene conducir con calma.
La primavera suele ser buena época para caminar por los alrededores: el campo está verde y el aire todavía es fresco. Aun así, por la noche baja la temperatura más de lo que parece durante el día, así que una chaqueta ligera se agradece.
En agosto el ritmo cambia. Parte del pueblo se marcha unos días y las tardes se quedan más silenciosas, aunque las fiestas de verano —normalmente alrededor de San Lorenzo— llenan las calles de música durante varias noches.
Si buscas ver el pueblo con calma, prueba a venir entre semana. Sube al castillo al final de la tarde y luego baja hacia el Pilar Grande. A esa hora el agua sigue fría y siempre hay alguien que se acerca a charlar un rato antes de volver a casa. Puede que oigas de nuevo lo de lavarse los ojos a las doce. Aquí esas historias siguen circulando como si el tiempo fuera un poco más lento.