Artículo completo
sobre Fuente del Maestre
Villa con un casco histórico declarado Bien de Interés Cultural; destaca por su palacio del Gran Maestre y tradición aceitunera
Ocultar artículo Leer artículo completo
Las doce del mediodía en la Plaza de España tienen el color del trigo seco. El sol cae a plomo sobre los soportales del ayuntamiento y las paredes encaladas devuelven la luz como un espejo. Desde alguna callejuela llega el olor a migas recién hechas, a pan rallado y ajo dorándose en aceite. En Fuente del Maestre, el tiempo todavía se mide en cosechas y en campanas: las del mediodía acaban de sonar mientras escribo esto.
El trazo romano que casi nadie mira
A veces se dice que Augusto levantó aquí un asentamiento llamado Castra Vinaria, relacionado con los viñedos de la zona. No está del todo claro cuánto hay de historia y cuánto de tradición repetida, pero la idea encaja cuando caminas por las calles abiertas hacia la llanura. Antes o después alguien eligió este alto para asentarse.
Luego llegaron los siglos árabes —en algunos textos aparece como Fuente Roniel— y más tarde la conquista cristiana en el XIII. Lo que hoy ves no es un decorado histórico: es una localidad viva, con algo más de seis mil habitantes y barrios que terminan casi de golpe en el campo.
De la antigua muralla medieval quedan algunos tramos integrados entre casas. No siempre están señalizados y hay que fijarse: piedra vieja, irregular, donde en primavera suelen posarse las golondrinas. Cerca de la iglesia se encontraron hace años varias tumbas excavadas en la roca que suelen relacionarse con población mozárabe. No es un lugar monumental; más bien un detalle que aparece cuando ya llevas un rato caminando.
La torre que se reconoce desde lejos
La iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria domina el perfil del pueblo. La fachada y buena parte del interior responden a reformas barrocas, pero la torre gótico‑mudéjar —levantada en el siglo XV, según la mayoría de estudios— sigue marcando la silueta.
Si entras cuando no hay mucho movimiento, el retablo mayor llama la atención por la cantidad de dorado y de figuras entrelazadas. Se construyó a comienzos del siglo XVIII y está trabajado con una minuciosidad que obliga a acercarse despacio: ángeles pequeños, columnas retorcidas, nubes talladas que casi parecen de tela.
A unos minutos andando aparece el llamado Palacio del Gran Maestre, edificio vinculado históricamente a la Orden de Santiago. Hoy tiene otros usos cotidianos. Es uno de esos lugares donde la historia sigue ahí, pero mezclada con la vida diaria: gente entrando y saliendo, conversaciones en la puerta, coches aparcados alrededor.
Cuando el campo entra en el pueblo
A última hora de la tarde es fácil ver tractores atravesando algunas calles. Los remolques vuelven del campo con grano o paja y el olor se queda flotando un rato, sobre todo si el aire está quieto. Aquí la frontera entre casco urbano y campo es difusa: sales por una calle y en pocos minutos estás entre parcelas.
Todavía se ven escenas que en otros sitios desaparecieron hace tiempo: ovejas cruzando hacia los corrales, agricultores que aparcan el tractor como quien deja el coche un momento, vecinos que vuelven con sacos pequeños de aceituna en el maletero.
En una panadería de la calle Real siguen sacando hogazas grandes, de corteza dura. Pan de los que aguantan varios días y crujen al partirlos. Muchas mujeres mayores lo llevan a casa envuelto en un paño, como se ha hecho siempre.
Las migas de los domingos
Aquí las migas no se anuncian en carteles ni en cartas elaboradas. Son más bien comida de casa, de mañana fría. Pan del día anterior, humedecido y desmigado, con ajos dorándose primero en la sartén. Luego llegan el chorizo, algo de panceta y el pimentón.
Se remueven sin prisa. Media hora larga de dar vueltas con la rasera hasta que las migas quedan sueltas y tostadas. El olor suele salir por las ventanas los domingos por la mañana, mezclado con el sonido de las campanas.
Si vienes en los meses de otoño o a comienzos del invierno es más fácil encontrarlas en muchas casas. Coincide con el aceite nuevo y con los días en que el frío pide comida caliente desde temprano.
La hora tranquila de la plaza
Cuando cae la tarde y las sombras empiezan a cubrir los soportales, la plaza cambia de ritmo. La gente que estaba sentada charlando se levanta poco a poco, las persianas de las tiendas bajan con un golpe seco y queda ese silencio breve de los pueblos cuando termina el día de trabajo.
Desde algún patio llega el chirrido de una puerta o el ruido metálico de una silla arrastrándose por el suelo. La torre de la iglesia se queda oscura contra el cielo.
Si decides quedarte a dormir en el pueblo —hay algunos alojamientos sencillos— merece la pena salir un rato por la noche. La plaza vacía, las fachadas blancas bajo la luz amarillenta y la llanura alrededor casi sin ruido ayudan a entender cómo es realmente este sitio cuando se apagan los motores.
Cómo llegar: Desde Zafra se llega en coche por carreteras comarcales que cruzan campos de cereal y olivares. El trayecto es corto y bastante recto, típico paisaje de la campiña del sur de Badajoz.
Cuándo ir: En verano el calor aprieta desde media mañana. Si no lo llevas bien, mejor venir en otoño o a comienzos de primavera. En octubre, por ejemplo, los días todavía son largos pero las noches empiezan a refrescar. La plaza vuelve a llenarse al atardecer.