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sobre Zarza de Montánchez
Conocida por su encina 'La Terrona'; árbol singular de gran tamaño
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Las campanas dan las ocho cuando bajo del coche y el aire todavía conserva el frescor de la noche. Desde el mirador, la dehesa se abre en ondas suaves de verde grisáceo hasta donde alcanza la vista. Entre los chaparros y las encinas, algún cerdo ibérico mueve la cabeza con parsimonia, hozando bajo la hierba. En Zarza de Montánchez —apenas medio millar de vecinos— las casas blancas se agarran a la ladera y las mañanas empiezan despacio, con las persianas aún a medio bajar y el eco de los primeros coches subiendo la cuesta.
La encina que todos aquí conocen
Caminar hasta la Encina Terrona es adentrarse en la dehesa sin más ruido que las suelas sobre la tierra. El sendero pasa entre piedras claras de cuarzo y matas de jara que dejan un olor pegajoso en las manos si las rozas. A mitad de camino suele oler a hoja seca y a tierra removida por el ganado.
Y de pronto aparece.
La encina es enorme, de esas que obligan a levantar la cabeza para entender su tamaño. Se calcula que puede tener varios siglos —a menudo se habla de unos ochocientos años— y el tronco es tan ancho que forma un hueco oscuro en el centro. Durante mucho tiempo los animales se resguardaban ahí cuando venía mal tiempo.
La corteza es áspera, cuarteada como piedra vieja. Si apoyas la mano, se nota tibia cuando ya ha salido el sol. A veces alguien deja una moneda dentro del hueco del tronco. No hay demasiadas explicaciones alrededor: el árbol, el campo abierto y el viento moviendo las ramas.
Conviene ir temprano o al final de la tarde, cuando la luz entra de lado y la dehesa se queda en silencio.
El sabor de la dehesa
En la pequeña tienda del pueblo, detrás del mostrador de madera gastada, una mujer de delantal corta jamón con un gesto lento y preciso. Aquí el jamón forma parte del paisaje tanto como las encinas. Sale de las dehesas que rodean la Sierra de Montánchez y la gente lo trata con una naturalidad que sorprende al que viene de fuera.
Las lonchas son oscuras, con grasa brillante que empieza a ablandarse nada más sacarla al aire. En la misma tienda suelen tener también morcillas de las que se hacen en la zona, con cebolla y especias.
En la plaza, un hombre mayor deshoja un higo sentado en un banco mientras su perro duerme a la sombra. Dice que los higos de aquí salen dulces por la tierra y por lo poco que llueve en verano. Puede que sea conversación de plaza, pero al probar uno —piel fina, azúcar pegado en los dedos— cuesta discutirle nada.
Cuando el pueblo se viste de fiesta
A mediados de enero se celebra la fiesta del Pan y el Queso, una de esas tradiciones que siguen muy ligadas a la vida del pueblo. Desde temprano se encienden hornos y las calles empiezan a oler a pan recién hecho. La gente se reúne en la plaza, suenan panderetas y tambores, y los niños corretean entre los mayores con trozos de pan en la mano.
No hay grandes montajes. Es más bien una reunión grande de vecinos y de gente que vuelve esos días al pueblo.
En carnavales el ambiente cambia. Aparecen disfraces hechos en casa, muchos con telas viejas o sacos de arpillera. Más de una vez alguien se planta en la plaza con ramas de encina en el sombrero o la cara pintada con carbón. Nadie parece tomárselo demasiado en serio, que probablemente es la gracia.
La hora de la siesta
Entre las dos y las cuatro de la tarde Zarza de Montánchez se queda casi vacía. Las persianas bajan de golpe y las calles se quedan en silencio, con el calor pegado a las paredes.
En el entorno del antiguo castillo hay un muro bajo donde sentarse. Las piedras guardan el calor del mediodía y desde allí la vista se abre a toda la comarca: manchas de encinas, caminos de tierra clara, alguna casa aislada con corral y pozo.
Un buitre leonado suele aparecer planeando muy alto, girando despacio sobre el valle. Si sopla algo de viento llega olor a tomillo y, a veces, a leña de las chimeneas cuando refresca.
Es el momento más quieto del día. El pueblo parece quedarse en pausa.
Cómo llegar y cuándo venir
La carretera que sube desde Montánchez es estrecha pero está bien asfaltada. Tiene curvas cerradas y conviene tomársela con calma, sobre todo si no conoces la zona.
La primavera suele ser el momento más agradecido para caminar por la dehesa, con la hierba alta y flores entre los caminos. En verano el calor empieza pronto —muchos días antes de las diez ya aprieta— así que merece la pena madrugar o esperar a la tarde.
El otoño trae olor a hoja seca y a monte húmedo después de las primeras lluvias. En invierno, algunas mañanas la niebla se queda atrapada en el valle y el pueblo amanece como suspendido sobre una nube.
Si buscas tranquilidad, mejor evitar algunos fines de semana de agosto, cuando llega bastante gente de fuera y de familias que vuelven al pueblo. El resto del año, lo normal es escuchar más pájaros que coches.