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sobre Xinzo de Limia
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Llegué a Xinzo de Limia un sábado de enero pensando que vería un pueblo medio dormido, de esos donde solo se oye algún coche y el murmullo del bar de la plaza. Error. Había más gente en la calle que en mi barrio el día del partido del Sevilla. Resulta que era fin de semana de entroido y medio pueblo andaba disfrazado de pantalla, con esos trajes que parecen sacados de una película de terror de serie B pero que aquí son tradición pura. Me crucé con un señor que llevaba una ristra de cencerros colgada al pecho. “¿No oye?”, me gritó. “¡Pues esto es nada, espere al próximo domingo!”
El pueblo que vive del cuarto de kilo
Xinzo es uno de esos sitios donde la patata no es solo un cultivo: es conversación diaria. Estás en un bar, alguien menciona la cosecha y en cinco minutos hay debate técnico. Como cuando tus amigos discuten de fútbol, pero con patatas.
La comarca de A Limia es una gran llanura —algo poco habitual en Galicia— y esa tierra negra, bastante fértil, lleva décadas dedicada a la patata. Mucha de la que se consume en Galicia sale de estos campos. Cuando atraviesas la zona en coche se entiende rápido: parcelas enormes, rectángulos de tierra oscura y tractores que parecen tener más trabajo que tiempo.
La llamada Pataca de Galicia tiene reconocimiento de calidad desde hace años, y aquí se la toman en serio. Un tipo en la barra me explicaba que las de A Limia tienen más almidón y por eso funcionan tan bien en guisos. Lo decía con el mismo tono con el que alguien describe un motor V8.
Y luego llega el momento de comer y todo cuadra. Un cocido con patatas que se abren al pincharlas. Cachelos acompañando cualquier plato que tenga algo de salsa. Ese tipo de comida que parece sencilla hasta que la pruebas y entiendes por qué la defienden tanto.
Cinco domingos de entroido
El entroido de Xinzo funciona un poco como las fiestas del colegio cuando eras crío: empieza un día y, cuando te quieres dar cuenta, llevas semanas con lo mismo. Aquí la cosa se alarga varios domingos seguidos y el pueblo entero gira alrededor del carnaval.
La figura más conocida es la pantalla. Blusa blanca, capa roja, máscara sonriente y un montón de cencerros atados a la cintura o al pecho. Además llevan unas vejigas infladas —sí, de cerdo— con las que van “marcando” a quien no se disfraza. Suena gracioso hasta que te toca.
Cuando caminan todos juntos el ruido es constante, como si alguien hubiera soltado un rebaño de vacas metálicas por las calles. Y lo curioso es que nadie parece molesto. Al contrario: es el sonido normal de estas semanas.
Si quieres entender bien todo esto, el Museo Galego do Entroido está en la Casa da Cultura. No es grande, pero ayuda a poner contexto: trajes antiguos, fotos de otras décadas y bastante explicación sobre por qué el carnaval aquí se vive con tanta intensidad.
El Barrio de Abaixo y la conversación infinita
Después de un rato viendo pantallas necesitas sentarte y bajar pulsaciones. Mucha gente acaba en el Barrio de Abaixo, una calle corta donde se concentran varios bares uno detrás de otro. Los vecinos lo llaman la ruta del vino.
No es un sitio pensado para hacerse fotos. Es más bien esa calle donde entras a tomar algo y acabas hablando con alguien que lleva media vida sentándose en el mismo taburete.
A mí me pasó algo parecido. Terminé discutiendo sobre si la patata de A Limia queda mejor hervida o asada con un señor que juraba llevar cuarenta años entrando al mismo bar cada tarde. “Aquí no necesitamos Netflix”, dijo levantando el vaso. “Con la puerta abierta ya nos entretenemos”.
Caminar por la llanura de A Limia
Xinzo está en pleno altiplano de A Limia, así que el paisaje cambia bastante respecto a otras zonas de Galicia. Menos montes cerrados y más horizonte abierto. Eso hace que caminar por aquí sea bastante agradecido: terreno fácil y caminos largos.
Hay varias rutas sencillas por los alrededores. Algunas siguen trazados antiguos que conectaban pueblos de la comarca y que hoy se usan para pasear o ir en bici. No esperes senderos espectaculares ni grandes desniveles; es más bien caminar tranquilo entre campos, con el cielo enorme encima.
Si te alejas un poco del núcleo urbano aparecen lugares como el entorno del monasterio de Trandeiras o la Torre da Pena, restos de otras épocas que recuerdan que esta llanura siempre fue zona de paso.
Cuándo ir
Fuera del entroido, Xinzo es una villa tranquila de unos diez mil habitantes donde la vida gira alrededor del campo, el comercio y los servicios de la comarca.
En verano suelen celebrarse las fiestas patronales, con verbenas y ese ambiente de plaza llena que en Galicia se repite cada año. También hay romerías por los alrededores cuando aprieta el buen tiempo.
Y luego está la patata, claro. Cuando llega la época de la cosecha —finales del verano o principios del otoño— el movimiento en la comarca se nota. A veces se organizan jornadas o celebraciones alrededor del producto, y el pueblo se llena un poco más de lo habitual.
Mi consejo: venir en una de esas semanas de otoño. Los campos están en plena faena, el aire huele a tierra removida y el ritmo del pueblo se entiende mejor. Comes un buen plato caliente, das un paseo sin prisa y te sientas un rato en la plaza a ver pasar a la gente.
Y si vienes en entroido, trae tapones para los oídos. Y algo de ibuprofeno. Aquí los cencerros no se andan con bromas.