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sobre Foz
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Las gaviotas te despiertan antes que el despertador. No es que sean especialmente ruidosas; es que en Foz el silencio de primera hora es tan denso que cualquier sonido rebota entre las fachadas. Desde una ventana cerca de A Rapadoira, el Cantábrico parece una plancha gris que alguien va puliendo con cada ola. Son las siete y media de un martes de agosto y la playa ya tiene movimiento: un padre arrastra una nevera azul eléctrico sobre la arena todavía fría, dos surfistas caminan con la tabla bajo el brazo como si fuera un bolso más, una mujer mayor recoge algas en una cesta de mimbre. Nadie corre. Aquí el tiempo se mide más por el oleaje que por el reloj.
El olor a sal y a pimentón
Bajar hacia el puerto temprano es como entrar en una cocina abierta al mar. Primero llega el olor: salitre, gasóleo de las barcas que arrancan y, a ratos, pimentón caliente que sale de alguna ventana. En el muelle, los vecinos comentan la pesca del día mientras descargan cajas. Uno levanta un bonito plateado que todavía se mueve y la luz de la mañana le rebota en la piel como en un espejo.
A esas horas apenas hay gente de paso. Se ven sobre todo manos curtidas, jerseys finos de lana incluso en verano —el viento de la ría suele traer fresco— y conversaciones que van saltando del tiempo al precio del pescado.
La caldeirada que se prepara por aquí suele ser un guiso espeso, con patatas que se rompen en la cazuela y pimentón que lo tiñe todo de rojo oscuro. Se come despacio, con pan cerca y la ventana abierta al puerto. No esperes una carta larguísima ni platos complicados: en muchos sitios la cocina gira alrededor de lo que ha entrado ese día.
San Martiño de Mondoñedo, la iglesia antigua de la ría
A pocos minutos del centro, entre prados y casas dispersas, aparece la basílica de San Martiño de Mondoñedo. No está en la ciudad de Mondoñedo, como mucha gente cree, sino aquí, en una parroquia de Foz. La carretera llega sin ruido y de repente se abre el pequeño conjunto: la iglesia románica, el campo alrededor y un puñado de árboles que se mueven con el viento del norte.
Durante siglos fue sede episcopal y a menudo se menciona como una de las catedrales más antiguas de España. Dentro huele a piedra húmeda y a cera apagada. Los frescos románicos conservan colores inesperados —verdes, ocres, rojos apagados— y las figuras miran desde los muros con esa expresión fija que tienen las pinturas medievales.
Desde aquí salen varios caminos que suben hacia el monte. Uno de ellos conduce a la llamada fuente de A Zapata. El sendero no es largo, pero cuando ha llovido se vuelve resbaladizo y el barro se pega a las suelas. La tradición local cuenta que San Gonzalo perdió aquí un zapato y que del suelo brotó agua. La fuente sigue manando, escondida entre vegetación baja y piedras cubiertas de musgo.
El castro de Fazouro frente al Cantábrico
El castro de Fazouro está en un lugar poco habitual para este tipo de asentamientos: casi tocando el mar. Las casas circulares se asoman a una pequeña cala de cantos y al Cantábrico abierto. El viento sopla con fuerza algunos días y trae olor a algas secas.
Es uno de los pocos castros costeros de Galicia excavados que se pueden recorrer con bastante libertad. Los muros de piedra dibujan las plantas de las viviendas y, si te paras un momento, se entiende bien por qué eligieron este sitio: desde aquí se vigila la costa y el movimiento de la ría cercana.
Al atardecer suele aparecer gente del pueblo con la bici o simplemente a sentarse un rato en la hierba. El mar cambia de color cada pocos minutos y el ruido de las olas tapa casi cualquier conversación.
Caminar junto a la ría
Un paseo muy habitual entre los vecinos sigue el curso del río y conecta el puerto con zonas más tranquilas del estuario. El camino es prácticamente llano y se puede hacer andando o en bicicleta. A ratos pasa junto a huertas, a ratos entre árboles que en otoño sueltan castañas y hojas húmedas que crujen bajo las zapatillas.
Por el camino todavía se ven restos de antiguos molinos. En alguno queda la rueda metálica oxidada y el olor a madera mojada cuando el aire se queda quieto.
Si coincides con el mercado semanal —suele celebrarse por la mañana— verás puestos de fruta, pan y castañas cuando llega el frío. Es un buen momento para comprar algo y bajar luego a comerlo mirando la ría.
Cuándo ir y qué conviene saber
Septiembre suele ser un buen momento para acercarse a Foz. El mar todavía guarda el calor del verano y la playa recupera espacio cuando bajan las multitudes. Por la mañana se ven surfistas entrando al agua con neopreno; por la tarde, gente pescando desde las rocas y perros corriendo por la arena mojada.
En agosto el ambiente cambia bastante. Los fines de semana llegan muchos coches y aparcar cerca de la playa puede volverse complicado. Si vienes en esos días, compensa madrugar: antes de las diez la luz es suave y la arena todavía está medio vacía.
La playa de Llas es la más larga y abierta al viento. A Rapadoira queda más recogida por el propio casco urbano. Desde las casas cercanas cuelgan neoprenos secándose en los balcones y a última hora de la tarde la arena se llena de paseos cortos, gente que baja a mirar el mar un rato y vuelve a casa.
Y si te pilla un día de lluvia —algo bastante normal en la costa cantábrica— sube hasta el cementerio que queda en una pequeña colina sobre la ría. Desde allí se ve el estuario entero, las barcas diminutas y la línea gris del mar al fondo. Cuando el viento mueve los eucaliptos, el sonido de las hojas secas es casi lo único que se oye. Foz, en esos momentos, vuelve a quedarse en silencio.