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sobre Valadouro
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Las campanas de Ferreira suenan temprano y el eco se pierde entre las casas bajas antes de subir hacia el Cuadramón. En invierno, cuando el cielo está limpio, desde la plaza se adivina la línea de la sierra del Gistral, a veces con una franja de nieve que parece trazada con tiza sobre el gris. El aire suele oler a leña encendida y a pan caliente; ese olor que todavía aparece en pueblos donde el horno de leña sigue formando parte de la rutina.
Cuando el tiempo se mueve despacio
En Valadouro el día arranca sin prisa. Las persianas se levantan poco a poco y los primeros cafés llegan cuando el pueblo ya está despierto. Frente al ayuntamiento, en el bar de la plaza, los vasos de zumo todavía conservan dibujos gastados de frutas y el café se sirve en tazas de loza gruesa. Tres o cuatro mesas ocupadas, conversación baja: el tiempo, el precio del pan, si ha llovido suficiente en el Gistral.
Ferreira, la capital municipal, se cruza caminando en pocos minutos, pero entre una calle y otra aparecen rincones donde la tarde parece quedarse más tiempo. La iglesia neogótica domina el conjunto con sus agujas finas. Su construcción se alargó durante décadas —en el pueblo todavía se recuerda— y aunque lleva ya muchos años terminada, el edificio mantiene algo de obra reciente, como si la piedra clara aún no hubiera envejecido del todo bajo el cielo húmedo de A Mariña.
Subir y bajar, la geografía de la costa interior
La carretera que sube hacia el Cuadramón es de esas que se estrechan sin avisar. A medida que gana altura, el valle se abre detrás: prados pequeños, tejados de pizarra, humo saliendo de alguna chimenea. No es raro encontrarse con caballos del monte bajando por la ladera. No son completamente salvajes —pertenecen a ganaderos de la zona— pero se mueven con la calma de quien sabe que la carretera también es suya. A veces se quedan quietos en mitad del asfalto y miran al coche con una tranquilidad que obliga a frenar.
Arriba, cuando el día está claro, la vista alcanza buena parte de A Mariña: pueblos blancos dispersos, las curvas de los ríos que bajan hacia la ría de Viveiro y, al fondo, una franja de mar.
Bajando del Cuadramón, en la sierra del Gistral, aparece el Pozo da Onza. La cascada no siempre se oye desde lejos; depende de la época del año y de cuánta agua baje del monte. En invierno y primavera el sonido llena el valle. El salto ronda la quincena de metros y cae sobre rocas cubiertas de musgo oscuro. El acceso es sencillo pero sin grandes acondicionamientos: sendero de tierra, raíces, barro cuando ha llovido. Conviene llevar calzado con suela firme.
Huellas antiguas, piedras que hablan
En lugares como Chao da Cruz o As Penas do Carballido se han encontrado restos del Paleolítico. No hay demasiada señalización y a menudo pasan desapercibidos para quien no sabe lo que busca. Las piedras están mezcladas con los muros de cierre de las fincas o dispersas en los prados, como parte del paisaje de siempre. Los arqueólogos han trabajado aquí en distintas campañas, aunque sobre el terreno apenas quedan pistas visibles.
En la parroquia de Santa Cruz, los vecinos llevan tiempo encontrando fragmentos de cerámica antigua cuando se remueve la tierra. Aparecen al arar o después de lluvias fuertes. Algunos hablan de piezas romanas, pequeñas lascas rojizas o trozos de borde que acaban guardados en cajones de casa, junto a monedas o herramientas viejas. Son hallazgos pequeños, pero recuerdan que estos valles llevan mucho más tiempo habitados del que parece a primera vista.
Cuándo ir y qué no esperar
La primavera suele ser el mejor momento para caminar por la zona. Los prados están muy verdes y los bordes de las carreteras se llenan de flores silvestres. Los días alargan y todavía no hace calor. En verano el ambiente es más movido, sobre todo cuando regresan los vecinos que viven fuera.
Conviene venir con la idea clara de dónde estás. Aquí no hay tiendas de recuerdos ni calles llenas de terrazas. El alojamiento es escaso y la vida del pueblo sigue su ritmo habitual. Si llueve —algo bastante frecuente— tocará esperar a que escampe en el coche o en el bar de la plaza, viendo cómo la gente entra y sale sin demasiado apuro.
Valadouro funciona mejor cuando uno acepta ese ritmo. Conducir despacio por las carreteras del valle, parar donde apetezca, escuchar el agua de los regatos después de la lluvia. A veces lo más interesante del lugar no está señalado en ningún sitio. Aparece simplemente al doblar una curva.