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sobre Barreiros
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Hay un momento, justo cuando bajas de Foz y la carretera empieza a juguetear con las curvas, en el que el Cantábrico se abre como un paraguas. Ahí es cuando te das cuenta de que el turismo en Barreiros va mucho de mar y de espacio. Y no hablo en plan poético: hablo en plan “llevas tres días aquí y aún sacas arena de sitios donde jurarías que no puede haber arena”.
El truco de las playas
Barreiros tiene alrededor de quince playas. Quince. Para que te hagas una idea, es como si cada vecino tuviera su propio trozo de arena. La más conocida es Benquerencia, una lengua larga de arena fina que cambia bastante según la marea. Es de esas playas que juegan al escondite: a mediodía tienes que caminar un buen rato para mojarte los tobillos y unas horas después el agua está casi tocando la toalla.
La primera vez que fui me planté con una tabla de surf bajo el brazo y cara de “aquí aprende uno”. Me duró cinco minutos. El mar aquí no es de esos que te dan muchas oportunidades: o te subes bien o te revuelca. Acabé en la orilla mirando cómo un par de chavales locales hacían cosas con la tabla que yo solo consigo en la Wii.
Pero aquí está el truco: entre semana muchas playas están medio vacías, incluso en verano. Y si vienes en septiembre, con buen tiempo pero sin tanta gente, puedes tener tramos largos de arena prácticamente para ti. Eso sí, conviene traer agua o algo de comida. El núcleo del pueblo queda a unos minutos en coche y no siempre tienes nada cerca donde comprar algo.
Los castros que casi nadie busca
Aquí viene la parte que suena a libro de historia, pero está ahí. En el municipio se conocen varios castros; muchas veces se habla de hasta nueve asentamientos repartidos por la zona. El de Punta do Castro es de los más fáciles de localizar. Sales por una pista detrás de la playa de Sacido y en un paseo corto llegas arriba.
Las estructuras se intuyen más que otra cosa —no esperes murallas gigantes—, pero el lugar tiene lógica cuando estás allí. Desde el alto ves el Cantábrico por un lado y, si giras la cabeza, el valle que se abre hacia Mondoñedo con los prados extendidos como un mantel verde enorme.
Y luego está el círculo lítico de A Roda. Se suele fechar varios milenios antes de nuestra era y durante años se ha citado como una rareza arqueológica en la península. No está monumentalizado al estilo de otros yacimientos, así que lo interesante es más la idea: alguien eligió ese punto concreto hace miles de años para levantar algo que todavía hoy no se sabe muy bien para qué servía.
Pasear por San Cosme
San Cosme de Barreiros, el casco urbano, se recorre rápido. Pero tiene ese tipo de calles en las que vas mirando las fachadas sin darte cuenta. Hay varias casas levantadas por indianos que volvieron de América, con colores claros, galerías y balcones llenos de plantas.
No son palacetes gigantes. Más bien casas que intentan contar que a alguien le fue bien al otro lado del océano.
La iglesia de San Cosme suele datarse en el siglo XVII y guarda un retablo barroco bastante llamativo. Es de esos interiores con olor a cera y madera vieja, donde todo invita a hablar más bajo. En otra parroquia del municipio está la capilla de San Esteban, que se considera una de las construcciones religiosas más antiguas de la zona y que mantiene ese aire sencillo de templo rural.
Cuando el hambre aprieta
Aquí va la parte sincera. Barreiros no gira alrededor de la comida como pasa en otros sitios de Galicia. No hay un plato famoso que lleve el nombre del pueblo ni una ruta gastronómica organizada.
Lo que encuentras es cocina muy de la zona: parrillas con churrasco en raciones generosas, pescado y marisco que suele llegar desde el cercano puerto de Foz y empanadas de las que pesan como un ladrillo pero desaparecen en diez minutos.
Mi truco cuando paso unos días aquí es sencillo: comprar pan por la mañana, algo de queso o embutido en alguna tienda del pueblo y tirar para la playa. Picnic improvisado, marea bajando y tiempo de sobra. En ese contexto, la falta de estrellas Michelin deja de importar bastante.
El truco final
Mucha gente pasa por Barreiros casi sin darse cuenta. Van directos a la playa de As Catedrais —que está muy cerca, aunque ya pertenece a Ribadeo— o se quedan en Foz con su paseo marítimo y más ambiente.
Barreiros juega a otra cosa.
No tiene un casco histórico que te deje con la boca abierta ni fiestas que atraigan multitudes de toda Galicia. Lo que tiene es espacio. Espacio para caminar por una playa larga sin cruzarte con demasiada gente. Para subir a un castro y escuchar solo el viento y el mar. Incluso en agosto todavía hay rincones donde puedes bañarte sin sentir que estás en una piscina pública.
Mi consejo: ven cuando el verano empieza a aflojar. Coche, música y carretera tranquila por la costa. Aparca cuando veas una playa que te llame la atención, baja andando y deja que el tiempo pase un poco más despacio.
No es el lugar más espectacular de Galicia. Pero es de esos sitios que, cuando te vas, te hacen pensar: “oye, igual tenía que haberme quedado un día más”.