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sobre Lourenzá
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A las ocho de la mañana, en el monasterio de San Salvador de Lourenzá, el silencio huele a piedra templada y a cera vieja. Los primeros rayos entran por el rosetón y se posan en el sarcófago del Conde Santo, un bloque de mármol muy anterior al edificio que lo guarda ahora, como si alguien lo hubiese dejado allí para que el tiempo siguiera pasando alrededor. Afuera, en el pórtico, un gato naranja se estira entre las columnas: es el único guardián despierto de Vilanova de Lourenzá.
Las fabas que crecen con la niebla
En Lourenzá la mañana suele empezar despacio. En muchas casas hay pucheros al fuego desde temprano, y el olor se escapa a la calle cuando se abren las puertas. Las fabas —alubias blancas, redondas, de piel fina— se cocinan aquí con una naturalidad que sorprende al que llega de fuera: costilla de cerdo, algo de unto y paciencia.
El grano lleva generaciones adaptándose al valle del Masma, a sus nieblas matutinas y a un clima que rara vez aprieta demasiado. Por eso las fabas de Lourenzá tienen fama en toda Galicia.
En octubre el pueblo gira alrededor de la Festa da Faba. En la plaza del Conde Santo suelen aparecer mesas largas y cazos que pasan de mano en mano mientras suenan gaitas. Si vienes ese día, conviene acercarse con tiempo: a media mañana ya hay bastante movimiento y el pueblo cambia de ritmo.
El Masma, siempre al fondo
El río Masma baja entre prados húmedos, helechos altos y algún molino que se adivina medio escondido entre la vegetación. Desde el entorno del monasterio sale un camino que lo sigue durante un buen tramo, cruzando pequeñas pasarelas y zonas donde el agua se ensancha en pozas tranquilas.
Si te quedas quieto en silencio, a veces se ven truchas moverse entre las sombras del fondo. El agua aquí es clara, pero engaña: después de varios días de lluvia el sendero se vuelve resbaladizo y el barro se pega a las suelas. Un calzado que agarre bien se agradece.
Un monasterio que mezcla siglos
El conjunto monástico tiene muchas capas. Hubo aquí un monasterio medieval importante, pero lo que se ve hoy pertenece en gran parte al gran momento barroco gallego. La fachada de la iglesia y buena parte del interior se levantaron en el siglo XVIII, cuando el arquitecto Fernando de Casas y Novoa trabajaba también en Santiago.
Dentro, el contraste es evidente: muros sobrios y un retablo que parece moverse con la luz, lleno de dorados, columnas retorcidas y figuras que miran hacia arriba. En el claustro aún se encuentra el llamado Pozo do Santo, ligado a la figura del Conde Santo y a historias populares de curaciones que todavía se cuentan en el pueblo.
A determinadas horas del día —sobre todo cerca del mediodía— la iglesia queda casi en penumbra y el sonido de los pasos rebota en las bóvedas. Suele haber bastante silencio, salvo cuando pasan peregrinos del Camino del Norte que se desvían unos kilómetros para acercarse hasta aquí.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
– Primavera: los prados alrededor del Masma están muy verdes y el valle tiene ese olor húmedo a hierba recién crecida.
– Octubre: coincide con la fiesta dedicada a la faba y el ambiente en el pueblo es distinto, con más gente en la calle.
– Días muy húmedos: el empedrado y los senderos cercanos al río pueden resbalar bastante, algo que se nota sobre todo al caer la tarde.
Si bajas hacia el puente de Cazolga y te giras un momento antes de cruzarlo, el monasterio aparece al fondo del valle, entre casas bajas y huertas. A esa hora el aire suele traer olor a leña de las cocinas. Y, cuando el viento cambia, también un rastro salado que llega desde la costa, que aquí queda a pocos kilómetros aunque no se vea.